Águilas y cóndores y otros poemas de Juan Ramón Molina




Águilas y cóndores

A Alejo Lara

Para ti, gran inteligencia y gran corazón, que -en el augusto

silencio de la amistad- enfloraste mi lira y me tendiste

la mano. -Mi espíritu augur- a través de la diaria vida

mediocre- hace un signo a tu alma patricia -

veneta o florentina- triplemente capaz de amar, sentir y comprender.

J. R. M.

Portaliras ilustres de nuestro Continente:

miremos el futuro con ojos de vidente,

con ojos que irradiasen de sus cuencas sombrías

la luz de las más grandes y fuertes profecías;

la luz de Juan con su águila y su delirio a solas

frente al eterno diálogo de las convulsas olas,

que oyeron bajo un cielo de horror y cataclismos

las cosas que le dijo la lengua del abismo;

voces de Dios: hipérboles, parábolas y elipsis,

¡que truenan en el antro del negro Apocalipsis!

¿Hermanos no seremos en la América?

Todos

nacimos de gérmenes vitales de los lodos:

desde el rubio hiperbóreo que en el norte domina

hasta el centauro indómito de la pampa argentina,

que rige los ijares de su salvaje potro

como las ruedas rítmicas de su máquina el otro,

cual si quisieran ambos henchidos de arrogancia

suprimir el obstáculo del tiempo y la distancia.

Para Dios que los orbes con su palabra crea;

que, antes que el viejo cosmos, hizo el fiat de la idea,

dando así en la medida de su alto pensamiento

más valor a una sílaba que a todo el firmamento,

porque hay una mecánica más divina y completa,

en una hermosa idea que en el mejor planeta;

para ese Dios que todo lo ve, lo pesa o traza,

no hay en el Nuevo Mundo más que una sola raza,

raza que tiene sones de próxima marea

a los pies de los Andes: muralla ciclopea,

dragón en cuyo dorso se erizan cien volcanes,

que barre con su apéndice el mar de Magallanes,

y tritura en sus dientes en la región del bóreas

un enorme oso blanco: las tierras hiperbóreas.

¿Quién habla de conquistas fatales?

El destino

nos lleva a grandes pasos de luz por el camino

que se hunde en las abruptas gargantas de la historia.

Calienta nuestros éxodos un almo sol de gloria;

de otras razas cargamos los cíclicos escombros

para oprimir en ellos nuestros hercúleos hombros;

cortamos en los bosques las más ilustres palmas;

fundimos en las almas antiguas nuestras almas;

seguimos, como norma de vida, los ejemplos

máximos; el Dios único se adora en nuestros templos;

somos los herederos de un mundo amortajado:

¿Qué hacer con ese enorme depósito sagrado?

¡Un manantial de bienes, magnífico y fecundo!

Cuando Dios nos donara este soberbio mundo;

cuando trazó a Colombo su misteriosa estela,

soplando desde el cielo la lona de su vela;

cuando le envió del fondo de incógnitas orillas

como señal de tierra, sus algas amarillas;

cuando empujó benigno, con invisibles manos,

la popa en que los graves patriarcas puritanos,

confiándose en su Biblia, iban cantando en coro,

sobre las turbias aguas del piélago sonoro,

para que en la enormes y hostiles soledades

alzaran sus soberbias y cíclicas ciudades;

cuando envió sus ciclones y sus borrascas fieras

a Cabral arrojándole a costas brasileras

para que las sublimes trompetas de la fama

proclamasen su nombre con el del alto Gama,

y el genio lusitano brillara prepotente

desde el remoto Oriente al lejano Occidente,

no fue para dar vida a razas de Caínes:

¿cómo iban a ser esos sus misteriosos fines?

Fue para que de América en el feliz regazo

nos diéramos eterno y fraternal abrazo

de amor de los dos mares al gigantesco arrullo;

de sus florestas tórridas al lírico murmullo,

donde el Pan del futuro ensayará su flauta

ajustando sus sones a una divina pauta

de paz.

Junto a los ríos de milenarios cauces,

donde abrevar pudieran sus sitibundas fauces,

sin que faltara un átomo de su raudal ameno

¡los corceles de Atila, de Tamerlán y Breno!

¡Razas del Nuevo Mundo! Pueblos americanos:

en este continente debemos ser hermanos,

bajo el techo de estrellas de nuestro Eterno Padre

la madre de nosotros es una misma madre,

es una misma Niobe, que nos brindó su seno,

de calor y de leche, y de dulzura lleno;

inagotable seno cuyo licor fecundo

dará la vida a todos los huérfanos del mundo.

Que la discordia huya de esta fragante tierra;

cerremos las dos puertas del templo de la guerra;

en el Tártaro ruede la Caja de Pandora.

¿Acaso nos alumbra una feliz aurora?

Ya despuntó. Un Apolo más joven y bizarro

sujeta a su cuadriga el argentino carro.

Parte como un relámpago. En el azul sereno

repercute su fuga como un alegre trueno.

Una luz de milagro en el Oriente asoma.

Voló del arca sobre la tierra una paloma

para escrutar el légamo de los viejos diluvios.

Un viento matutino, pletórico de efluvios,

sobre todas las frentes de la América avanza.

Cada pecho es como urna de paz y de esperanza;

florecen nuevas rosas en agresivos cardos;

las llagas se suavizan con ungüentos de nardos;

los crótalos de la ira no vierten sus ponzoñas;

aceites de consuelo se ven en las carroñas;

Caín con su salvaje melena alborotada

no blande enloquecido su criminal quijada;

un cántico armonioso preludian las mares...

¿Qué miro?

Grandes hordas de pueblos y de ideas

viven sobre la música de las mareas sordas;

revueltas muchedumbres, cosmopolitas hordas,

y gentes, y mesnadas y pueblos y naciones.

Escucho la pisada febril de sus talones,

el latir de su pechos hirvientes como fraguas

sus lenguas; como el grave rumor de muchas aguas;

oigo sonar sus místicos y melodiosos bronces

glorificando al Dios del Universo.

Entonces

El ha de ver del fondo de su divino cielo

pasar, bajo las nubes, un fragoroso vuelo,

un gran tropel de pájaros de gritos resonantes:

una bandada de águilas y cóndores gigantes,

unánimes, encima de los más altos montes,

perdiéndose en sublimes y azules horizontes.

¡Y ante esa visión de aves, fortísimas y hurañas,

tendrá como un gran gozo de miel en las entrañas!

El rey Lear

Bajo la fiera tempestad que brama

camina el viejo rey como un demente:

el irritado cielo de repente

de lívidos relámpagos se inflama.

Con voz de angustia el infeliz exclama

retando a la Natura indiferente:

—¡Hundid el mundo y abrazad mi frente

terrible trueno y calcinante llama!


Mientras los elementos apostrofa,

el fiel bufón —que su pesar desdeña—

de sus desgracias íntimas se mofa.

Y, como insulto a su vejez adusta

con mano osada el huracán desgreña

el viejo bosque de su barba augusta.

Pesca de sirenas

Péscame una sirena, pescador sin fortuna,

que yaces pensativo del mar junto a la orilla.

Propicio es el momento, porque la vieja luna

como un mágico espejo entre las olas brilla.

Han de venir hasta esta ribera, una tras una,

mostrando a flor de agua el seno sin mancilla,

y cantarán en coro no lejos de la duna,

su canto, que a los pobres marinos maravilla.

Penetra al mar entonces y coge la más bella,

con tu red envolviéndola. No escuches su querella,

que es como el llanto aleve de la mujer. El sol

la mirará mañana entre mis brazos loca

morir bajo el divino martirio de mi boca

moviendo entre mis piernas su cola tornasol.




Juan Ramón Molina (Honduras, 1875-1908). Fue un poeta, crítico social, periodista, narrador y ensayista. Podemos ubicarlo dentro de la corriente del Romanticismo tardío en Hispanoamérica, aunque su auge estético lo encuentra en el Modernismo. Esta corriente artística es propiciada en su obra quizá por la gran amistad y afinidad intelectual que sostuvo con Rubén Darío. Ambos comparten una vocación genuina por la expresión natural de América y al mismo tiempo una ahincada inclinación por la universalidad, siendo tal vez ésta la razón por la que es considerado el escritor hondureño más representativo. Su compromiso social y su valor político lo llevan al exilio y muere en El Salvador en el año de 1908.