A la luz de la vela: Amparo Dávila, por Edith Cano Castillo



No sé decir las cosas que siento. Tal vez algún día te las escriba sentada frente a otra ventana.

Amparo Dávila


La muerte y la infancia son casi antónimos, sin embargo, para la muerte sólo existe el requisito de tener vida. La niñez de Amparo Dávila transcurrió rodeada de muerte: nació el 21 de febrero de 1928, en plena guerra cristera; tiempo después falleció su hermano menor, Luis Ángel, lo que la sumió en una profunda tristeza, soledad y enfermedad. Debido a constantes fiebres y el clima de Pinos, Zacatecas, tuvo que mantenerse recluida en casa, donde su mayor entretenimiento venía de la biblioteca de su padre.


La futura escritora no tenía la edad suficiente para leer, así que sólo hojeaba los libros, especialmente aquellos con ilustraciones. En una ocasión, casi como un augurio, Amparo se encontró La Divina Comedia con ilustraciones de Gustave Doré. Quedó horrorizada. Este hallazgo le causó pesadillas vívidas y oníricas con demonios, un hombre con pata de palo y mujeres vestidas de blanco con veladoras en sus manos.


Con el encierro vino también una nueva forma de entretenimiento para Amparo, la muerte como espectáculo. Cuenta ella misma cómo se sentaba desde su ventana a observar los cortejos fúnebres, los cuerpos acaecidos en rancherías cercanas que debían pasar frente a su casa rumbo al panteón, algunas veces sobre carretas y otras sobre el lomo de una mula.


Como si la muerte no fuese suficiente, la infancia de Dávila fue, además, marcada por el insomnio crónico que padecía su madre debido a la inquietud que le ocasionaba su padre adúltero.


Muchos años después, sus diversas habilidades la llevarían a relacionarse con grandes escritores, el más destacado fue Alfonso Reyes, de quien fue secretaria durante tres años, mientras él vivió en la Ciudad de México. El escritor no sólo fungió como su empleador, cuenta la propia Amparo que fue su Virgilio, quien la llevó de la mano por el mundo literario. La autora a diferencia del regiomontano decía que no escribía diariamente como le había aconsejado Reyes, sin embargo, ella pensaba diariamente en nuevas ideas y personajes para sus cuentos.


La vida literaria de Dávila comenzó desde la poesía, su primera publicación fue el libro Salmos a la luna en 1950, sin embargo, lo que posicionó a la autora en el lugar que hoy tiene en la literatura hispánica fueron sus cuentos.


Es en 1959 cuando ve la luz su primera antología de cuentos Tiempo destrozado, libro que le valió el reconocimiento y además la amistad de grandes autores como Alejandra Pizarnik y Julio Cortázar. Con este último mantuvo una estrecha relación a través de cartas. Recordaba ella misma sus aficiones compartidas como el jazz y los gatos.


Posteriormente la zacatecana obtuvo una beca del Centro Mexicano de Escritores, que resultó en la publicación del libro Árboles petrificados; de esta etapa, ella recordaba con especial cariño las intervenciones de sus maestros y asesores Julieta Campos, Salvador Elizondo, José Agustín, Juan José Arreola y Juan Rulfo. Fue este texto lo que la hizo acreedora al premio Xavier Villaurrutia en 1977.


La cuentística de Amparo Dávila, etiquetada como fantástica, puede resultar remotamente similar a la de Edgar Allan Poe, como en alguna ocasión dijo Julio Cortázar, sin embargo, la autora logra equilibrar lo que otros autores del género no han logrado: la sensibilidad, lo emocional y la intimidad; con el horror y la fantasía. En palabras de la autora, nunca se propuso escribir literatura fantástica, ella sólo escribía, plasmaba su idea y el cuento avanzaba solo.


Hace un par de años, en el marco de los festejos de su cumpleaños noventa, la escritora declaró que seguía escribiendo, esta vez avocada a la poesía. Durante este evento resonó la voz de Amparo Dávila: “[…] Quiero irme un día soleado de una primavera reverdecida llena de brotes y de pájaros y de flores, para buscar mi jardín del Edén, mi paraíso perdido y gozar de los frutos de la vid y de la higuera, el perfume de los cerezos y los naranjos en flor, el calor del sol que no se oculta nunca […]”, fragmento del poema Semblanza de mi muerte, que sería publicado en una antología poética.


En marzo del presente año, la Universidad de Guanajuato reconoció a la autora con el Tercer Premio Jorge Ibargüengoitia por su labor narrativa. Posteriormente, como un eco premonitorio, el 18 de abril de este año, falleció una de las mayores autoras mexicanas, narradora de lo fantástico, lo siniestro y lo sublime. Partió un día soleado de primavera reverdecida.



Edith Cano Castillo (Ciudad de México, 1994). Egresada de Lengua y Literatura hispánicas en FES Acatlán, UNAM. Participó como coordinadora del área de literatura en el 1er Encuentro Nacional de Estudiantes de Lengua y Literatura Hispánicas. Un año más tarde participó como ponente en el área de Teoría Literaria del mismo encuentro. Ha presentado su trabajo literario en el en la Universidad Autónoma de Morelos, en la Universidad Autónoma de Yucatán y en el Congreso Nacional de Creadores Literarios. Recientemente fue publicada en la revista Los Demonios y los Días. Ferviente amante y admiradora de la poesía, y neófita en su creación.