Apuntes sobre la amistad femenina (literaria y no literaria)


Dans le lit , de Henri de Toulouse-Lautrec, 1892






Llora y llorarás sola

Edna O´Brien


Dos niñas juegan con sus muñecas de trapo en un sitio perdido de la Italia napolitana. Dos niñas son echadas de un colegio de monjas, después de planear el escape y escribir frases obscenas, en la Irlanda rural. Dos niñas interceptan cartas y mandan mensajes sugestivos, para crear un amorío por travesura malévola, en el Canadá profundo. Dos mujeres, echadas sobre una cama, charlan sobre qué se pondrán esa noche, intercalando frases sobre artículos femeninos y penas amorosas. Dos mujeres están sentadas en una sala, riéndose a carcajada limpia, esperando entrar al ginecólogo.


Estas son líneas que intentan densificar grandes historias, de tres mujeres diferentes: Alice Munro, Elena Ferrante y Edna O´Brien.


También son historias cotidianas. Historias que desmadejan el vínculo real y fortísimo que es la amistad femenina.


Dos mujeres se toman un café… Y un mundo acaba de crearse. Un lenguaje vasto, cargado de promesa, cargado de chispa. Una se bebe un café y sabe que otras posibilidades de vida serán vislumbradas, que tendrá acceso al corazón mismo de la comunicación (chisme, le decimos las irredentas y disolutas). Se sabrá escuchada y sabrá escuchar. Es el lugar perfecto para decir: ¡Ay, qué idiota! Sin ninguna culpa. O reírse por todo lo alto, escandalizando a los baristas y a los hombres de boina. También es el lugar perfecto para aprender el silencio. En resumidas cuentas, el corazón mismo de la comunicación se da entre dos (o más) amigas, al abrigo de una bebida estimulante.


Antes de ciertos dolores, no sabía apreciar esto. Creía que las conversaciones importantes eran aquellas que hablaban sobre Marx, la caída del Imperio Romano, los escritores del siglo XII, el protestantismo en USA, la economía mundial, el pentámetro yámbico, etc. Las conversaciones importantes eran aquellas demostraciones del conocimiento ególatra. Y no es que esté mal hablar de Hegel mientras uno se da aires de escozor enciclopédico, cigarrillo en mano, escuchando con desinterés el mundanal ruido, sino que en nuestro sistema de valores estas conversaciones tienen más peso, más importancia, que aquella cháchara reservada a la cocina. La cháchara, el chisme, las pláticas de mujeres. La charla detallada.


En mi experiencia, los hombres no eran así. Los hombres apartaban la vista del horror lo antes posible, y actuaban como si de nada valiera mencionar las cosas o pensar de nuevo en ellas una vez que habían pasado. No querían escarbar dentro de ellos ni escarbar en los demás.

Odio, amistad, noviazgo, amor, Alice Munro


Antes de ciertos dolores, también creía que el amor sólo podía vivirse de una forma. Una sola forma de amar, como si eso fuera posible. Así pasa con la mayoría de la gente: creemos en lo que nos es posible entender, como si no hubiese un mundo allá afuera, inabarcable, incomprensible aún. Menos occidental que este Occidente cargado de fórmulas seculares. Uno ama y ya.


¿A quién? Con frecuencia, cuando hablamos de amor, la respuesta subraya un sólo nombre.


Hoy no creo lo mismo. Sería ofensivo pensar lo mismo después de sentir dolor. El dolor transforma todo aquello que es materia y sentimiento. Si hay dolor es porque algo está cambiando. El cuerpo lo siente y la mente también. El resultado: transformación (hasta del IMC, porque el dolor adelgaza).


En este estado distinto es que me percaté de cosas que no vi. No pude sopesar antes. Por ejemplo, que la amistad (añado, femenina) es una de las relaciones más sólidas que hay. Es de los lugares en los que se puede hablar con una confianza que envidiaría cualquier confesor.


También una de las más problemáticas.


Y no me refiero al cliché de “las mujeres no pueden ser amigas”. Al contrario, es problemática, porque no se prioriza como lo que es: uno de los vínculos más importantes y nobles. Ser amiga es hacer gala de una comunicación ilimitada. De ayuda segura. La posibilidad de ser y de decir, sin tapujos. Sin miedo. Hablar, en este mundo acostumbrado a la sordera, es una virtud.


Por supuesto, menciono esto sin pretender un romanticismo. Elena Ferrante, al escribir la saga “Las dos amigas”, pensaba en que la amistad femenina, hoy en día y feminismo en apogeo, sigue siendo un sitio sin reglas. Parafraseo: los hombres saben con mayor certeza cuáles son los límites de la amistad, qué está bien y qué no, cuáles son los pactos. La amistad femenina es un campo minado.


Cuando leí aquello recordé a mis amigos masculinos, quienes tienen reglas de oro sobre la amistad y las relaciones. “No, es desleal salir con la ex de tu amigo”. “No, aquél es enemigo declarado del grupo porque alguna vez le hizo un desaire al sujeto número tres de la tribu”, etc. Tampoco voy a legitimar ese sistema de reglas, porque no me interesan las pedagogías de lo antediluviano, pero pienso en lo dicho por Elena Ferrante… y coincido. No, no todo está permitido, ni debería. Y ni siquiera es que hagamos el decálogo de la buena amiga en nuestra próxima Ciudad de las damas, pero me parece importante una palabra en todo esto: prioridad. Así pues, se trata de que nuestras amistades femeninas tengan el cuidado que merecen, el mimo indispensable, un respeto fundamental, porque la soledad femenina es atacada por muchos flancos. En grupo y sin crueldad, somos más fuertes.


La soledad femenina es espantosa. Y no me refiero a esa soledad, tú sabes, la de estar echada en un sillón escuchando aquél disco que todo el mundo debería oír, con los trastes limpios en el fregadero, sin aquellas almas irruptoras que merecen su propio círculo en la imaginación de Dante. Sino a la soledad que vivimos las mujeres cuando no tenemos en dónde esconder el alma, porque llegaron los días del abandono; la soledad intelectual, porque sigue existiendo una desvalorización al conocimiento y creación femeninos; la soledad del cuerpo, cuando extenuamos hasta el tobillo por cumplir estándares de belleza. La soledad que bien dibujaron las autoras al pintar a Lina y Lenu en La amiga estupenda; y a Baba y a Kati en Las chicas del campo. La soledad que experimentaron Lina y Lenu al traicionarse entre ellas, la soledad que sintieron Baba y Kati al distanciarse, al tratarse con ferocidad. La soledad que sentimos cuando nuestras grandes amigas se diluyen, por la vida, el trabajo, la pareja, las responsabilidades.


Y entendí en ese momento que si alguien podía salvarme de la locura, era Baba, con su vocecilla irritante y parlanchina.

La chica de ojos verdes, Edna O´Brien


Hace poco, por cierto dolor, tuve que llorar. Descubrí que nunca volvería a llorar sola.


Mis amigas tampoco.



Por Xochipilli Hernández





Xochipilli Hernández (Tamazunchale, SLP, 1995). Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la FES Acatlán UNAM. Ha publicado en Revista Literaria Taller Ígitur, Primera Página, Liberoamérica y en la antología Basta, cien mujeres contra la violencia de género editada por la UAM. Forma parte del consejo editorial de la revista De-lirio y de la Congregación Literaria de la CDMX. Es autora del poemario Declaración de vida (Reverberante, 2020).