“Concibo a toda poesía como una lucha contra el silencio”: Entrevista con Violeta Orozco

Actualizado: 27 de jul de 2020


Por: Anahí GZ

Violeta Orozco (Ciudad de México, 1989) asegura que escribir en tiempos de caos es una alternativa para no dejar que la muerte arrase con todo, para transformar la realidad y recuperar el sentido de las cosas que nos rodean. La autora, al igual que Audre Lorde, nos recuerda que el silencio no nos salvará de nada y que la poesía no es un lujo, sino una herramienta para aferrarse a la vida. A través de su obra la poeta se reapropia simbólicamente de la noche, de la calle, del río corporal y de todos esos espacios que les han sido negados históricamente a las mujeres.


El pasado jueves 16 de julio, la también activista feminista y ganadora del Premio Nacional Universitario de Poesía José Emilio Pacheco 2014, presentó su primer poemario titulado El Cuarto de Luna (Proyecto literal, 2020). Se trata de un libro que oscila entre la nostalgia, el erotismo y la violencia que habita los espacios cotidianos: “mi lengua dejó de hablar y se puso a lamer / la larga herida el Alarido / Soy un alarido / que rompió el muro del silencio y se hizo sangre / rasgada en el cielo / Yo soy la venida, yo soy la avenida violada / en su primera noche a la intemperie”. Su poemario es una búsqueda constante de dirección, un cuestionamiento sobre el significado del tiempo, un canto para escuchar el llamado de nuestros corazones solitarios. El escritor Iván Cruz Osorio sostiene que “El cuarto de la luna es el primer libro de una poeta que crece vertiginosamente y que ya nos ofrece, en esta entrega, poemas para mirar nuestro entorno con absoluta sedición”.


En un esfuerzo por romper con la soledad pandémica, la revista De-lirio contactó virtualmente a la autora para conversar en exclusiva sobre su libro, la reconquista de la palabra, el feminismo y la escritura en medio de la vorágine.


¿Cómo fue tu proceso afectivo al escribir El cuarto de la luna?


Fue muy discontinuo. Fueron varios procesos. Primero porque muchos de los poemas ahí recopilados tienen más de cinco años de ser escritos. Ha cambiado mucho mi mirada, mi poética. Cada poema es un instante, muchos de ellos nacen de la angustia ante la fugacidad. Otros los escribí en la costa, como el de Acapulco. Algunos de ellos los elaboré mientras escuchaba ensayar a mis amigos músicos de la Orquesta Juvenil Carlos Chávez, la Superior y la Facultad de Música de la UNAM. Para mí escribir es un proceso afectivo ligado a la música, a la mano izquierda del piano, que acompaña a la melodía principal, es ese ritmo subterráneo que se percibe mientras se mira con atención el entorno natural, la ciudad en su vaivén ensordecedor y fragmentado, esa sinfonía estridente pero fascinante. Me interesaba mucho la búsqueda espiritual y filosófica de la poesía, pero creo que sobre todo me interesaba su cadencia. A la fecha, si el sonido de ese río me seduce, no me fijo tanto en lo que dice, sino en cómo lo dice. Si hay algo que unifica a este libro, más que el tema es el soundtrack imaginario que tenía en la cabeza al escribir cada poema, las imágenes cimentadas una vez que se apaga el sonido.

¿Cuál es esa relación íntima que tienes con la luna?


Es un símbolo arquetípico en la poesía y en la literatura, el romance de la luna de Lorca, la canción de la lavandera de Violeta Parra, además de que en los cuentos tradicionales tiene un rol primario, es muchas veces protagonista, hechicera y alcahueta. Me interesaba este último significado, de ahí el poema que le da nombre al libro, en donde la luna busca su propia libertad más allá de la hora prohibida de cenicienta. Buscaba reapropiarme simbólicamente del espacio nocturno, que en ciudades como la nuestra es cada vez más amenazante para las mujeres. La posibilidad de reapropiarse de un espacio público como la calle en la noche era la posibilidad de desarrollar una expresión propia, ver el revés de las cosas con la lente inestable del espacio nocturno. El cuarto de la luna es un espacio mental. Y es también el cuarto en donde yo vivía en la ciudad insomne, desde donde escuchaba los sonidos de la noche que describo en “Carpe Noctem”, los paisajes sonoros de la ciudad insomne: el trolebús, el metro, las sirenas del hospital contiguo, la música del bar de al lado, los desvelados hablando toda la noche frente a mi ventana, los vendedores interminables. Figurativamente también creo que la poesía es ese cuarto en donde podemos detenernos a mirar el río del tiempo, un cuarto para soñar.

Aunque El cuarto de la luna es el primer poemario de la autora, ella nos cuenta que ya prepara su segundo libro, el cual será publicado en edición bilingue.

¿Podrías compartir algunos de los descubrimientos personales que te fueron revelados mientras escribías este libro?


Este libro fue escrito hace más de cinco años y en distintas etapas. Por aquél entonces tenía una visión más metafísica de la poesía. Me interesaba descubrir metáforas para describir al tiempo, fijarlo en su trayectoria para retratarlo. Concebía a la poesía como un conjunto de imágenes y estaba muy influenciada por Huidobro y otros surrealistas como Eluard y Aleixandre. Quería representar la percepción humana con asociaciones de sensaciones e ideas. Quería al mismo tiempo, jugar en el libro no sólo con imágenes sino con esta idea del tiempo de la existencia como algo prestado, me interesaba explorar la forma del tiempo, la silueta que dejaba atrás de sí. Y eso lo encontraba en la niebla, el mar, las montañas. Eran como metáforas naturales, alegorías de algo que sólo descubría cuando lo escribía, cuando le daba forma a esos ecos visuales que se me presentaban en esos viajes por la ciudad de México o fuera de ella. El tema que más se repite es el tiempo porque me interesaba explorar la percepción humana del mismo. Es una exploración extraña, la poesía, porque busca aclarar cosas tremendamente oscuras. Creo que el descubrimiento que yo quería transmitir en ese libro era el de un sujeto que no tenía miedo a mirar fijamente los paisajes solitarios de la conciencia, de describir un cierto tipo de desolación, la conciencia temprana de la vejez, la fugacidad y la nocturnidad. Quizá es la visión del insomne, por eso la luna.

En tu poesía hay una fuerte presencia de la naturaleza, ¿podrías contarnos sobre este vínculo?


Pasé todos los veranos de mi infancia al lado del mar en las playas de Punta de Mita, Nayarit con mi abuelo y mis primos, capturando ranas y luciérnagas en las noches. Era un clima selvático el de aquella región, además había playas casi vírgenes, agrestes y desconocidas antes de que las cadenas de hoteles norteamericanas privatizaran todo bahía de Banderas. Buceábamos mucho, había arrecifes de coral prístinos, preciosos, llenos de anémonas, langostinos, barracudas, peces globo, estrellas de mar, aguamalas. En el poemario no escribo mucho del mar, pero esos veranos me enseñaron a mirar y sobre todo a escuchar: el compás intermitente del mar, los coros de ranas en las noches de tormenta, las cigarras ensordecedoras en la selva. Mita para mí son sus sonidos y sus imágenes. Intento recrear en mi poesía las imágenes que han perdurado en mi retina, las sensaciones que se desvanecen si no las escribo.


También viajaba muchísimo de niña con mi familia dentro de la república. Me impactaban mucho los ecosistemas tan diversos del país, la diferencia entre la sierra madre occidental y la sierra gorda, por ejemplo. Las formaciones rocosas de la Sierra de Órganos en Zacatecas, la Sierra de San Pedro Mártir en Baja California, los bosques de cada región tan diferentes el uno del otro. De hecho, en El cuarto de la luna escribo sobre el Nevado de Toluca. Iba con mucha frecuencia al Ajusco, El Nevado, El Ixta y el Popo con mi papá y mi hermano, sobre todo cuando había nieve. La nieve me parecía un espacio mental, un espacio lleno de silencio que invitaba a ser observado, tocado, sobre el que podía escribir, dibujar y experimentar, un lienzo en blanco.


La poeta se mantiene en constante conexión con la naturaleza, una de sus principales fuentes de inspiración.

¿Cuál es tu motor para dejar el silencio y hacerte con la palabra?

Concibo a toda poesía como una lucha contra el silencio. Sobre todo, me parece, en el caso de las escritoras mujeres en México, que solemos dudar frecuentemente sobre la validez de nuestra experiencia, sobre nuestra autoridad, en ocasiones dudosa para nosotras mismas aún como autoras. Solemos autocensurarnos, en ocasiones amputar o sanitizar nuestra experiencia, neutralizar lo escandaloso. Yo tengo la impresión de que siempre estoy reescribiendo, corrigiendo, editando obsesivamente porque no escapo de la sensación de que lo que escribí no es definitivo, cambia de valencia y de forma. Me ayuda leer a poetas excéntricos porque me recuerdan que en la poesía en ocasiones lo que más vale es la extrañeza, la capacidad de sorprender al lector redibujando un mundo que en algún momento le pareció engañosamente familiar. Cada autora que escribe sobre temas tabú me obliga a escribir sobre aquello que me incomoda, y ahí es donde se rompe el silencio, porque es forzarse a escribir fuera de la zona de confort, de la solución prevista. Era como si esas escritoras me dijeran "esto también se vale, ¿ves lo que estoy haciendo? Anda, hazlo". Gloria Anzaldúa con su denuncia descarnada del machismo que le tocó vivir, Sandra Cisneros sacándole la lengua a todos con sus poemas de Pancha Villa con sus hombres a la orilla, Doris Lessing con sus atrevidos Golden Notebooks, guiñándome el ojo desde lejos.

La presentación de tu libro llega en un momento que nos ha robado el norte psicológico, ¿cuál dirías que es la importancia de la poesía en momentos tan complicados como el que vivimos?

En efecto. Tres de mis amigas en Estados Unidos se fueron al hospital en este periodo, no por el coronavirus sino por episodios de desequilibrio mental derivadas del estrés causado por el Covid. Quizá se ha constatado de una manera más evidente que en este momento de pérdida de sentido hay pocos discursos que tengan la capacidad de articular un discurso que nos oriente y nos deje plantear nuestra perplejidad ante la catástrofe, nuestra orfandad existencial, que ahora es doble, triple para las mujeres. Pienso sobre todo en la poesía de posguerra, en esto que el extraordinario crítico literario y poeta Edward Hirsch llamaba "la poesía después del fin del mundo". Él menciona la experiencia de poetas como el polaco Milosz, quien escribe después de la segunda guerra mundial: "¿Qué es aquella poesía que no salva / gentes o naciones? / una complicidad con las mentiras oficiales / una canción de borrachos cuyas gargantas serán cortadas en un instante". Y sin embargo, le dedica el poema a aquél que no fue capaz de salvar. En estos tiempos de shock, de clara crisis del sentido, muchos escriben por sobrevivencia, para asimilar la brutalidad de la realidad, para ordenar los cadáveres y esclarecer su legado; justamente para reordenar los paisajes devastados, articular el dolor y la pérdida.

¿Por qué escribir cuando todo parece desmoronarse?

Para no dejarse morir. Para no dejarse matar lentamente. Para reescribir la realidad y transformarla. Para reapropiarse del sentido de las cosas. Para recuperar un legado oscuro y darle forma. Por ejemplo, hay personas a las que les entra un impulso frenético de escribir cuando muere alguien muy cercano a ellos, sean o no escritores. Es como si totémicamente quisieran recuperar el espíritu de esa persona, o tal vez algo más, hay algo que quieren rescatar, transmitir a otros. Hay días en que me parece que el impulso de escribir nace de la desesperación, de la impotencia de no poder grabar todo, guardar todo el significado de lo que vivimos y se nos escapa. Quizá como impulso primigenio esos fueron sus orígenes, no sólo llevar las cuentas de lo que nos deben o debemos, sino también esta necesidad de rendirse cuentas a uno mismo, espiritualmente hablando. Estoy convencida de que frente a la muerte o las experiencias más transformadoras como el exilio, el trauma, el enamoramiento, la catástrofe, surge como un huésped inesperado el deseo de escribir en cualquiera que los haya experimentado. Para llevar una bitácora de daños. Yo creo que por eso ahora con el coronavirus vemos a los escritores publicando compulsivamente ensayos sobre el significado que esto tiene para la humanidad, la tierra, el cosmos, tratando de armar desesperados el rompecabezas mental que se nos descolocó momentáneamente.

En la actualidad, Violeta Orozco realiza el doctorado en Letras Hispánicas en Rutgers University en New Jersey, donde investiga poesía y performance feministas de chicanas y mexicanas.


¿Cuál es la relación que concibes entre tu obra poética y tu constante activismo feminista?

Mi activismo empezó hasta que estaba en segundo año de maestría en letras hispánicas en la Universidad de Ohio y me vi orillada a refugiar a una periodista peruana muy importante, Claudia Cisneros, en mi casa a raíz de las amenazas violentas de su expareja. La universidad no expulsó al sujeto ni lo encontró culpable a pesar de que nos fuimos a juicio los tres. Fue muy difícil organizar una defensa porque el sujeto en cuestión rondaba el departamento de Lenguas Modernas metiéndose de oyente a mis clases y yo tenía que enfrentar su misoginia en clase: cuando invalidaba a las escritoras que abordábamos, cuando intervenía para callar a alguien autoritariamente (la mayoría en el máster éramos mujeres). Como de las clases nadie lo corría, Claudia y yo tuvimos que ser estratégicas para encontrar alguna forma, aparte de la legal, de denunciarlo, de alcanzar algún tipo de justica poética y simbólica. Ella utilizó su periodismo y yo mis amigas poetas ohianas, incluyendo a la poeta Laureada de Athens, quien estaba a la cabeza de un grupo de poetas mujeres de la región (Women of Appalachia), para organizar lecturas de poesía feminista en donde invitábamos a las alumnas y poetas de la Universidad y de la ciudad-pueblo de Athens a leer poemas en denuncia de sus agresores. Invitamos a todo el pueblo, trajimos músicos y cantautores del lugar, hicimos pósters y videos profesionales con la Facultad de Periodismo, vino el alcalde de la ciudad a inaugurar el evento, salimos en las noticias. Fueron de las lecturas más emotivas que he hecho y escuchado, en una comunidad en donde la violación en el campus sucedía cada mes. La comunidad entera nos pidió que repitiéramos el evento. Lo hemos estado haciendo desde entonces. Fundamos un Colectivo, #SpeakupWomen que lleva ya dos años creciendo y con él ganamos un premio por nuestro activismo otorgado por la universidad. Cualquier chica interesada en luchar contra la violencia de género a través de la poesía, el performance, el spoken word, el periodismo, la escritura de cualquier forma o la música puede acercarse a nosotros si quiere integrarse, ver la página de Facebook de nuestra organización.

¿Qué poetas recomendarías para leer en estos momentos de caos?

Paradójicamente encuentro consuelo en libros pesimistas como El libro del desasosiego de Fernando Pessoa, un gran poema en prosa. También en las poetas feministas y las beats (Di Prima, Erica Jong, Marge Piercy, Denise Levertov, Adrienne Rich, Audre Lorde, Anne Sexton, Margaret Atwood, Gloria Anzaldúa, Sandra Cisneros, entre otras) porque ellas fueron testigas de la crudeza de los tiempos oscuros, tiránicos, depresivos que estaban viviendo en la guerra fría, y lo describieron todo, sin tapujos y sin temores. Ellas abordaron los temas más descarnados y desoladores: la violencia de la guerra de Vietnam y del El Salvador; la amenaza nuclear, la lucha interminable por los derechos civiles, las injusticias raciales, de género, la violencia intrafamiliar, el odio internalizado de las mujeres, los afroamericanos y los chicanos, la diáspora, el exilio, los gobiernos autoritarios, el genocidio y el exterminio, el odio contra los inmigrantes, las relaciones tóxicas, la locura, el suicidio, la depresión, la soledad, el confinamiento. Una gran parte de esa generación de poetas norteamericanos de la década de los sesentas en adelante fue tanto pacifista como ecofeminista y activista. Dentro de la categoría de poetas sombríos pero luminosos por dedicarse a trazar la lobreguez, Czeslaw Milosz también puede leerse como guía para radicalizar el desapego al sinsentido, para volver a producirlo. Del contexto hispanohablante también encuentro esperanza en poetas un poco distópicos, desesperanzados o al menos realistas: Idea Vilariño, Jorge Teillier, María Auxiliadora Álvarez, Cristina Rivera Garza, Isabel Fraire, José Emilio Pacheco, Nicanor Parra; si bien también hay voces esperanzadas que refrescan mi mirada como Jorge Fernández Granados, Juan Carlos Galeano y Eduardo Galeano.


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Anahí G.Z (Estado de México, 1996). Es escritora, periodista y performer feminista. A través del cuerpo, lo autobiográfico, el erotismo y el grito, genera alternativas performáticas y literarias que exploran la sombra individual y colectiva. Es columnista para la revista de moda Melodrama, es dictaminadora en la editorial independiente Sonámbulo Publishing y tiene un blog personal de reciente creación llamado Lesbos intergaláctica, donde explora su intimidad a través de una perspectiva feminista.