Cuatro poemas de Derek Walcott, en traducción de Fabián Espejel

Actualizado: 16 de may de 2020



ELEGÍA

a Aimé Césaire


En Martinica, maître, te envié

la carta desdoblada de un velero, una carta

más allá de las líneas de las olas deslumbrantemente blancas,

de roquetes cargados de encajes y esquisto congregacional.

Nunca envié ninguna carta, aunque en el viento se agitaba,

tu isla siempre está en la bruma de mi mente

con las aves marinas regadas en el aire

en su castañeteo criollo de vocales, maître entre creadores,

a quien recita el arrecife cuando arde el almendrón cobrizo,

faro del Dakar distante y los terrenos del delfín.




ISLAS

Para Margaret

El hecho de nombrarlas es la prosa

del cronista, crearte un nombre

para cualquier lector que alaba cual viajero

sus lechos y las playas por igual;

pero las islas sólo existen

si hemos amado en ellas. Busco,

como el clima busca su estilo, escribir

versos crujientes como arena, claros como luz,

fríos como la ola rizada, ordinarios

como un vaso de agua isleña;

incluso, cual cronista, es entonces cuando

saboreo sus cuartos rondados por la sal

(tu cuerpo meneando los pliegues marinos

de las sábanas rugosas), cuyos espejos pierden

nuestras imágenes acurrucadas, dormidas,

como palabras que el amor había deseado utilizar

borradas con las páginas de la espuma.


Entonces, como un cronista en la arena,

señalo la paz con la que embelleciste

determinadas islas, descendiendo

una angosta escalera para encender las lámparas

contra los ruidos de la espuma nocturna, cubriendo

un manto inquieto con la mano,

o escamando simplemente el pescado de la cena,

cebollas, pan, jureles, huachinango;

y en cada beso el áspero sabor a mar,

y cómo a la luz de la luna fuiste hecha

para estudiar sobre todo la implacable paciencia

de la espuma aunque parezca inútil.



EL MAR ES HISTORIA


¿Dónde están sus batallas, sus mártires, sus monumentos?

¿Dónde su memorial tribal? Señores,

en la bóveda gris. El mar. El mar

les echó llave. El mar es Historia.


Primero fue el petróleo palpitante,

pesado como el caos;

luego, como una luz al final del túnel,


el farol de una carabela,

y ese fue el Génesis.

Entonces vinieron los gritos compactos,

la mierda, los lamentos.


Éxodo.

Hueso soldado a hueso por corales,

mosaicos

cubiertos por la bendición de la sombra del tiburón,


esa fue el Arca de la Alianza.

Luego vinieron de los alambres arrancados

del sol en el suelo marino


las arpas suplicantes del cautiverio babilonio,

mientras los pálidos cauris apiñaban sus esposas

en las mujeres ahogadas,


y aquellos fueron brazaletes de marfil

del Cantar de los Cantares,

pero el océano siguió pasando las blancas páginas


buscando Historia.

Entonces vinieron los hombres de ojos pesados como anclas

que se hundieron sin tumbas,


forajidos que asaron los ganados,

dejando costillares chamuscados como hojas de palmera en la bahía,

y luego la espuma, fauces rabiosas


del oleaje engullendo Port Royal,

y ése era Jonás,

¿pero dónde está el Renacimiento?


Señor, está bajo llave en ellas, las sirtes

allá afuera, pasando el estante de arrecifes inquietos,

en donde los navíos naufragaron;


ponte los goggles, yo mismo te guiaré.

Todo es sutil y submarino,

a través de colonias de coral,


más allá de las ventanas góticas de las gorgonias

donde la cherna crujiente, con ojos de ónix,

parpadea, calibrada por sus joyas, como una reina pelona;


y esas cavernas con escolleras y percebes

raspadas como piedra

son nuestras catedrales,


y el horno anterior al huracán:

Gomorra. Huesos enterrados por molinos

vueltos marga y harina de maíz,


y eso fue las Lamentaciones—

sólo fueron Lamentaciones,

pero no fue la Historia;

y esas cavernas con escolleras y percebes

entonces vino, como limo en el labio reseco del río,

los juncos marrones de las villas

cubriéndose y cuajándose en ciudades,


y por la tarde, el coro de mosquitos

y sobre ellos, las agujas

sajando el costado de Dios


al entregarse Su hijo, y ese fue el Nuevo Testamento.


Entonces vinieron las hermanas blancas aplaudiendo

el progreso de las olas,

y eso fue la Emancipación—


júbilo, oh, júbilo

desvaneciéndose levemente

como los encajes del mar tendidos al sol,


pero eso no era Historia,

sólo fue la fe

y cada roca comenzó su propia patria;


entonces vino el sínodo de moscas,

entonces vino la garza burócrata,

entonces vino el sapo mugiendo por un voto,


luciérnagas con ideas brillantes

y murciélagos como embajadores fugaces

y las mantis, como policías caquis,


y las orugas peludas, los jueces

examinando cada caso a fondo,

y en las orejas negras de los helechos


y en la risilla salada de las rocas

con sus albercas de mar, estaba el sonido

como un rumor sin eco


de la Historia, realmente comenzando.




ESTRELLA

Si a la luz de los objetos te disipas

real, aunque replegada sin fuerzas

hasta nuestra debida y apropiada

distancia, como la luna que se quedó

toda la noche entre las hojas, deleita

imperceptiblemente esta casa;

Oh estrella, dos veces compasiva, que llegaste

muy pronto para el alba y demasiado

tarde para el ocaso, que tu pálida flama

conduzca lo peor de nosotros

a través del caos

con la pasión del

mediodía.



Derek Walcott (Castries, Santa Lucía, 1930-2017). Poeta y dramaturgo, obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1992. Su obra se caracteriza por su crítica histórica y social al colonialismo, así como por su reflexión sobre la identidad caribeña. Destaca Omeros (1990), considerado por la crítica como su obra maestra: un poema épico, escrito en tercetos encadenados, en el que los personajes de la Ilíada habitan el lenguaje y el día a día del Caribe. De Walcott, el poeta ruso Joseph Brodsky dijo que era “el mejor poeta que tiene hoy la lengua inglesa”.



Fabián Espejel (Ciudad de México, 1995). Poeta y traductor. Estudió Letras Hispánicas en la FFyL de la UNAM. Sus textos han sido publicados en varios suplementos y revistas mexicanas y latinoamericanas. Actualmente es becario en el área de poesía en la Fundación para las Letras Mexicanas.