El cuento benedettiano: una verdad no tan sospechosa, de Gustavo Estrada




Hay personas que son afines a la literatura; gente que encuentra cierta facilidad y pasión en la lectura y, a veces, se atreven a dar el paso a la escritura. Hay otras personas que, más bien, son literarias, casi como literatura andando. Mario Benedetti, con su espeso bigote y su sonrisa budezca, fue, es y será literatura andando. A cien años de su natalicio, como muchos, me di a la tarea de reflexionar sobre la obra del escritor uruguayo. Labor que siempre deja cierto vaho de admiración y envidia. Ante esta sensación, uno solo puede proceder a elegir el texto benedettiano de su preferencia, acabarlo, cerrar el libro o pdf, mirar el techo y esbozar un "¡carajo, qué bueno era!".


En su cualidad de hombre literario, Benedetti fue capaz de romper la barrera imaginaria que se impone entre la prosa y el verso, aquel acuerdo tácito que amarra las plumas (ahora teclados) a un género al cual debemos ser fieles. El cuentista que le dé al cuento, el poeta al poema y el ensayo que sea asunto del ensayista. La creatividad de don Mario supo habitar en cada género, siempre a su manera; una manera que resplandece por la sencillez y fluidez que ha logrado cautivar a sus lectores.


En su faceta de cuentista, se mantiene fiel a su estilo característico. Pero, así como el Benedetti novelista y el Benedetti poeta (el consentido del propio Mario), el Benedetti cuentista logra permear el tejido del género con su voz. ¿Cuál es está voz? La voz de un montevideano de clase media, la de un lector insaciable que creció en la única oficina del mundo que alcanzó la categoría de república. El cuento benedettiano es tan dueño de su narrativa que en técnica parece que las estrategias narrativas y el ingenio son inherentes al texto. La prosa se convierte en un mecanismo natural, ya sea oscura o transparente, un artificio que permite al cuento hablar de los temas graves: "la vida, la muerte, el futbol y la guerra".


La literatura triunfa cuando en sus entrañas logra engendrarse el símbolo en su estado más puro; el símbolo personal que atañe a todas nuestras individualidades. Es por esto que Benedetti triunfa como escritor y, en una dimensión muy particular, como cuentista. Un cuento es un compromiso frente al tiempo. El cuentista talla en el aire un fragmento de realidad; un hecho probable o improbable, diría Alfonso Reyes: la verdad sospechosa. Don Mario Benedetti erige en sus cuentos un fragmento de realidad, una verdad sospechosa, que responde a sus símbolos personales: la oficina, la habitación, la siesta, palabras más, palabras menos, la vida. Es difícil sospechar de la verdad en los cuentos de Benedetti, pues hace que el lector se sienta oficinista, montevideano, viejo, joven, ante todo, humano.


Esta sensación de humanidad sólo puede ser producto de un realismo que ondula entre la inocencia y una crudeza contundentes. En el cuento benedettiano la muerte pasa como la vida misma, se inserta en el tejido de la prosa con la misma facilidad que se planta un beso en la frente. Es su realismo, su humanidad, la técnica de su prosa y la naturalidad de sus mentiras y verdades lo que hace de los cuentos de Benedetti una parte más de la literariedad de don Mario; cuentista, poeta, ensayista, crítico, dramaturgo, escritor, lector, ante todo, humano.



Gustavo Estrada (Ensenada, Baja California,1996). Egresado de la carrera en Lengua y Literatura Hispánicas de FES Acatlán. Es un cuentista centrado en la búsqueda de una narrativa cercana a lo fantástico en las vicisitudes de lo cotidiano. Ha colaborado en Revista Tabaquería y Pulso CCH Naucalpan y forma parte del taller literario De-Lirio.