El cumpleaños noventa y cinco de Ernesto Cardenal en la Ciudad de México, por Whitney DeVos



[Nota del traductor: Este texto fue publicado el tres de febrero de 2020 en la revista Asymptote, un mes antes del fallecimiento del poeta en Managua, por complicaciones de riñones y corazón. Rescatamos este artículo para disfrute y memoria de los lectores hispanohablantes y para registro crítico y digno de este crucial momento para la incipiente generación literaria de la que formamos parte.]



Desde la revista Asymptote nos gustaría desearle un feliz cumpleaños atrasado al poeta, sacerdote católico, teólogo de la liberación y revolucionario nicaragüense Ernesto Cardenal, uno de los más grandes escritores latinoamericanos vivos y, posiblemente, el poeta de la lengua española en activo más leído de la actualidad (sus obras han sido traducidas a más de veinte lenguas). Cardenal, ganador del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2012, conocido entre sus admiradores simplemente como maestro, cumplió noventa y cinco años el pasado lunes veinte de enero. A pesar de ello, su ritmo no ha bajado en los últimos años; continúa haciendo apariciones públicas y tan sólo en 2019 publicó tres libros: Hijo de las estrellas y Poesía completa (volumen único de más de mil páginas) en España, y Canto a México en el Fondo de Cultura Económica.


Este último sirvió como ocasión para la visita de Cardenal a México en diciembre, donde fue recibido con el “Homenaje de México e Iberoamérica a Ernesto Cardenal”, llevado a cabo del tres al ocho de diciembre. Ahí la Secretaría de Relaciones Exteriores organizó un conjunto de actividades que incluían la participación del poeta en varios eventos para distintas audiencias: un simposio diplomático de dos días, “México ante los extremismos: el valor de la cultura frente al odio”; un pequeño taller y conversatorio para poetas jóvenes y estudiantes de literatura en la Casa Universitaria del Libro; y una lectura pública del Canto a México en el auditorio del Centro Cultural Bella Época, con comentarios de los escritores mexicanos Dolores Castro, Marco Antonio Campos y Paco Ignacio Taibo II. En el último día de su visita y durante la ceremonia de cierre, el gobierno declaró a Cardenal Huésped Distinguido de la Ciudad de México, distinción otorgada también al ex presidente boliviano Evo Morales que buscó asilo político en la ciudad después de ser destituido por un golpe de estado tan sólo un mes antes de la visita del poeta (Morales también le deseó a Cardenal un feliz cumpleaños vía Twitter: “Como hoy, 1925, nació el hermano Ernesto Cardenal, sacerdote y poeta nicaragüense, pero sobre todo un incansable luchador social y defensor de los más humildes. Siempre seguimos sus sabias palabras llenas de fe y pensamientos revolucionarios”).


Al igual que Morales, Cardenal no es ajeno a los efectos devastadores de las influencias políticas extranjeras al haber participado activamente en la lucha armada contra la dictadura de Somoza (1936-1979) (dictadura apoyada por los Estados Unidos) durante la fallida Revolución de Abril en 1954 y al haber sido miembro y embajador en el extranjero del Frente Sandinista de Liberación Nacional, una organización política militante y nacionalista que en 1979 triunfó al derrocar a Somoza e inaugurar la Revolución Nicaragüense (1979-1990); la década siguiente estaría marcada por la violencia de los Contras, un brutal grupo paramilitar de derecha, contrarrevolucionarios entrenados por la CIA y apoyados subrepticiamente por la administración de Reagan que asesinaron a más de treinta mil nicaragüenses y causaron severos sufrimientos económicos en el país.


Hasta 1987, Cardenal sirvió como Ministro de Cultura del gobierno sandinista; mantenerse dentro de la administración le costó el apoyo de la iglesia católica, y sólo hasta 2019 el papa Francisco retiró las sanciones canónicas sobre Cardenal y lo reinstauró como sacerdote católico activo. Su administración es recordada por sus esfuerzos en organizar talleres de poesía a lo largo y ancho del país basados en el modelo de los talleres campesinos de Solentiname, una comunidad religiosa experimental y taller literario y artístico que él fundó a finales de los sesentas y que sigue funcionando hasta la fecha. Allí, la costarricense Mayra Jiménez, que previamente había estado encargada de talleres de poesía en su país natal y en Venezuela, incentivó a los trabajadores residentes de Solentiname a escribir y compartir su poesía; los resultados de sus esfuerzos dejaron una marca duradera en el sacerdote. Una declaración conjunta de 1982 con el norteamericano Allen Ginsberg y el soviético Yevgeny Yevtushenko reveló la visión de Cardenal de extender este modelo a toda la nación de Nicaragua, modelo que los poetas describieron como “un gran taller experimental para las nuevas formas de reunión en las que el arte juega un papel primordial”.


En 1994, Cardenal fue la primer figura pública en abandonar el FSLN, debido a la crecientemente corrupta y represiva influencia política del entonces secretario general Daniel Ortega. En una declaración publicada en periódicos nacionales, el poeta argumentó que los ideales revolucionarios sandinistas estaban siendo traicionados por un grupo pequeño, liderado por Ortega, que había “secuestrado” al FSLN. Este paso, en el que se rehusó a capitular ante las tendencias dictatoriales del secretario general, fue congruente con una observación importante que hizo Cardenal en su visita a Cuba en 1971: “… en Cuba, es muy fácil distinguir a los verdaderos revolucionarios de los falsos por la forma en la que hablan de la Revolución: los verdaderos revolucionarios la critican, los falsos revolucionarios no se atreven, todos los errores los niegan, encuentran excusas, los defienden”. El análisis que hizo Cardenal en 1994 de la condición del partido lo previó: Ortega fue reelecto presidente en 2007 y se ha mantenido en el poder desde entonces. Ortega, como el dictador Somoza (mismo al que Cardenal y los sandinistas lucharon con ardor por derrocar), rutinariamente silencia, amenaza y asesina a los miembros de la oposición, utilizando una serie de tácticas de censura a la crítica pública y a la prensa en general y respuestas violentas por parte del estado contra la agitación civil masiva. En 2018, decenas de estudiantes murieron cuando la policía comenzó a utilizar gas lacrimógeno, balas de goma y munición real contra manifestantes desarmados. Las protestas contra el gobierno de Ortega continuaron, así como continuaron los esfuerzos de la administración por esconderlas; en 2019, Nicaragua se posicionó en el puesto 114 del Índice de libertad de prensa hecho por Reporteros sin fronteras. Aún así, el siempre revolucionario Cardenal sigue siendo una voz crítica de Ortega y de su esposa, la vicepresidenta: “Son dueños de todo el país, hasta de la justicia, de la Policía, y del Ejército”, declaró a la prensa en 2017, “no te puedo decir más, porque esto es una dictadura”. Continuó: “Ellos son dueños de todos los poderes de Nicaragua. Tienen un poder absoluto, infinito, que no tiene límites, y ese poder está ahora en mi contra”.


Cardenal, al haber abandonado por completo la política para vivir y escribir en soledad, enfatizó en sus obras más recientes los aspectos cósmicos de la existencia, un “pluriverso” lo suficientemente amplio para reconocer a Darwin junto a las doctrinas espirituales de la fe, para concederle derechos a todos los seres, tanto humanos como no humanos. Tal vez no sorprende que esto representa un giro evidente de los temas del nacionalismo y la liberación nicaragüense por los que es más reconocido en el mundo anglófono.


Su homenaje al país, Canto a México, incluye varios poemas previamente publicados en Homenaje a los indios americanos y en Los ovnis de oro (1972; 1992), tales como “Nezahualcóyotl”, escrito para el poeta, rey y filósofo del pueblo Mexica, así como obras nuevas como “Tata Vasco” (2011), sobre el obispo y héroe nacional que organizó la producción artesanal entre la gente de Michoacán. Pero lo más importante de este libro es que es una exploración de toda una vida de afinidades y afiliaciones, tanto cósmicas como interamericanas, en las que nuestra relación con la pertenencia cívica, como alguna vez lo afirmó el poeta junto a Ginsberg y Yevtushenko, está siempre en un devenir, en un borrarse más allá de las cambiantes y muchas veces violentas fronteras que designan el lugar oficial de nuestro nacimiento y del de nuestros padres. Para Cardenal, la literatura siempre ha señalado un sitio utópico en el que las fronteras existentes de una nación pueden ser negociadas y transgredidas, ya sea a través de la lucha militar para acabar con las dictaduras, de dirigir una iniciativa literaria nacional sandinista, de adoptar varias formas de solidaridad transnacional y transideológica durante la Guerra Fría, o de reconocer las relaciones innatas y cosmopoéticas entre todas las entidades del pluriverso, tanto vivas como no vivas.


La colección comienza con un prefacio notable:


No soy mexicano, pero soy de los muchos no mexicanos que aman mucho a México. Conocí a México desde mi temprana juventud y he vivido mucho en México y como muchos otros no mexicanos de México he sentido a México como mi patria.

Hay una ambigüedad fascinante en el último “de México”, pues usa un modificador adjetival que puede pertenecer tanto a la frase que la precede como a la que está en seguida. Una lectura posible es la de interpretar “como muchos no mexicanos en o dentro de México...”. No obstante, también se puede leer de esta forma: “como muchos no Mexicanos de (como pertenencia) México he sentido a México como mi patria”. Es una especie de afiliación paradójica, a la vez nacional y municipal (México se refiere tanto a la nación como a su capital), pero excede a las formas normativas de la pertenencia basadas en el estado: ser a la vez no mexicano y de México. El uso de Cardenal de la palabra patria en lugar de país es igual de reveladora, pues enfatiza al lugar y su relación afectiva con él, en vez de al estado que delinea y controla las fronteras alrededor de las cuales las naciones se organizan actualmente. En efecto, uno de los momentos más conmovedores de la lectura pública en celebración al Canto a México fue uno de reconocimiento extra-nacional. Marco Antonio Campos le otorgó a Cardenal, el autoproclamado “no mexicano de México”, el equivalente literario a Huésped Distinguido al reconocer al poeta nicaragüense como una parte vital del patrimonio cultural y la tradición literaria mexicana:


Por los años en que estudió y vivió aquí, le damos las gracias y lo sentimos como uno de los nuestros, a la vez un forjador de cantos y un tlamatinime. Alguien que pertenece a nuestra hermandad de poetas y que en este libro me responde con flores y cantos.

No solamente Cardenal es aceptado en la ciertamente falogocéntrica hermandad de poetas mexicanos, sino que Canto a México es puesto a la par en reverencia con los poetas Nahuas de la pre-conquista (incluyendo al Nezahualcóyotl que ha inspirado a Cardenal a lo largo de toda su carrera), cuyas obras preceden a la nación contemporánea de México.


No obstante, es importante recordar que estos siguen siendo gestos extraordinarios, simbólicos, utópicos; buscar a México como lugar de refugio se ha convertido en una empresa impredecible y peligrosa para miles de centroamericanos en medio de la violencia extendida y devastadora del capitalismo global. Y aquellos que viven o que pueden mantenerse en México son testigos del año más violento en la historia reciente del país; en 2019, más de treinta y cinco mil personas fueron asesinadas y otras cinco mil desaparecieron. Fue uno de los peores años en feminicidios: en promedio, diez mujeres mexicanas son asesinadas cada día.


En tan difíciles coyunturas históricas, la obra y la vida de alguien como Ernesto Cardenal se convierte en una guía crucial para persistir y crear a pesar de condiciones deshumanizadoras. Y en efecto, por aproximadamente una hora y media el cinco de diciembre, lindado por Luz María Acosta, su asistente desde hace más de cuarenta años, el maestro se reunió con alrededor de treinta poetas y escritores jóvenes, incluyéndome, para hablar sobre poesía y ofrecer su guía. Eduardo Serdio (Ciudad de México, 1994), un joven poeta con el que después hablé en extensión, describió bellamente la anticipación palpable del foro al ver a Cardenal “en víspera de sus noventa y cinco años”:


Todos los invitados al evento éramos poetas jóvenes y llegamos preparados, cada uno con sus inquietudes… Algunos hablamos sobre los epigramas, otros sobre la poesía de protesta, y otros simplemente sobre lo emocionados que estábamos por conocer al maestro. Pero las preguntas que habríamos formulado se olvidaron en el momento en el que la presencia punzante del padre Ernesto Cardenal entró en el recinto… Lo transportaban en una silla de ruedas, y para el gran poeta escuchar a los jóvenes asistentes que, emocionados, se animaban a preguntar, resultó ser a veces un asunto complicado… Con paciencia y con mucho cariño, los ojos de Ernesto se iluminaron. No siempre podía entender las preguntas, pero hizo un gran esfuerzo por escuchar con atención, y los jóvenes se repetían felizmente. Su lucidez no se había perdido a lo largo de los años y su elocuencia igualaba su precisión intelectual.

Los temas discutidos incluyeron: la política (“lo cabrón es el partido”); Trump y la amenaza del fascismo; Carlos Martínez Rivas; Roque Dalton y su obra (“sumamente divertido… creo que yo lo influí”, dijo, provocando la risa de todos); además de la influencia duradera de Pablo Neruda (“sobre todo, era Neruda”); su tiempo y su visión de Solentiname; los Beats, una “inspiración” de la que no aprendió “nada”; Cuba; Stalin; Dios y el actual Papa (al que llamó “una maravilla, un milagro”). Aseguró que no hay diferencia entre la poesía de hombres y mujeres, pues ambos cumplen la misma tarea: “hacer que la vida se manifieste”.


Quizás el momento culminante de este diálogo intergeneracional, además del pastel de cumpleaños y las mañanitas, fue su respuesta a la pregunta “¿qué es la experiencia de Dios?”, a lo que el sacerdote respondió, simplemente: “Luchar siempre por alcanzarlo”.


Durante todo su viaje, Cardenal subrayó la modestia de su proyecto poético de décadas frente a la difícil realidad del mundo exterior. Declaró su fuerte oposición al extremismo y al odio, pero también distinguió que “exigir democracia no es extremismo, o bien es un extremismo válido”. Y es el compromiso político de Cardenal lo que lo hace tan amado entre los poetas latinoamericanos de hoy. El poeta en lengua náhuatl Martín Tonalmeyotl me dijo recientemente que admiraba el trabajo poético de Cardenal, especialmente Los ovnis de oro, pues cuenta una parte de la historia del pueblo mexica, pero “lo que más me gusta de él es que es un revolucionario”. En efecto, encontrar la determinación para continuar (criticar y refinar) la lucha en nombre de la justicia es el legado más duradero del sacerdote. Y es un legado del que él está muy consciente: el valor que pueda tener su obra, explicó Cardenal a uno de sus muchos públicos, es por “razones extraliterarias”: “por los problemas que señala, por ser para los pobres y para la justicia social. Para mejorar al mundo”. La literatura, siendo del mundo, incluye al mundo, debe incluir al mundo. Cardenal nos lo enseña. Y a añorar otros mundos.



Quisiera expresar mi gratitud sincera a Marina Núñez Bespalova, Subsecretaria de Desarrollo Cultural, y a Pablo Raphael de la Madrid, Director General de Promoción y Festivales Culturales, así como a Armando Mena, Omar Zapata, al staff de los Talleres de la Casa Universitaria del Libro, y a todos los que hicieron posible mi presencia en el taller.




Whitney DeVos es académica, traductora y editora auxiliar de poesía en la revista Asymptote. Sus traducciones han aparecido o están por aparecer en Chicago Review, Latin American Literature Today, Copper Nickel y The Acentos Review. Además es traductora de Notes Toward a Pamphlet de Sergio Chejfec (Ugly Duckling Presse, 2020) y co-traductora, junto con Valeria Meiller, de A Year in the Sky (Triana Editorial, 2019). Actualmente vive en la Ciudad de México.


Traducción de Leopoldo Orozco