El grito interminable o la poesía de Josefina Plá, por Iván Zurita



Lamento, herida, grito, ¿Qué alfabeto componen? J.P.


En ocasiones la historia de la literatura semeja un río que avanza al paso de los siglos, acumulando en sus aguas las más excepcionales expresiones de la lengua poética, narrativa o teatral que el devenir humano crea a través de las generaciones; la inmensidad de este caudal pareciera difuminar entre sus corrientes las particularidades que cada una de sus gotas, microcosmos de un mundo, contienen en sí.


Sin embargo, este río de letras se compone también de otros elementos, ricos y vastos; riveras, guijarros, vegetación; sucesos, obras o acciones de tal magnitud que sobresalen aún entre la armonía fluvial y se repiten interminablemente entre las aguas, ya sea por su aporte fundamental al arte palabrístico, ya por la excepcionalidad de sus creadores.


Tal es el caso de obras como las de Homero, Shakespeare y Petrarca; o las de auténticos genios como Jorge Luis Borges o Fernando Pessoa; cuyas voces resuenan a través del río infinito. Dentro de este orden, desde las heridas latitudes latinoamericanas, se encuentra la figura erguida de Josefina Plá, como la roca rebelde que, desde su quietud, azota las corrientes en su marcha a la eternidad.


Ciudadana del dolor, fecunda profesora, poliforme artista y paraguaya por asunción propia; Josefina Plá es uno de los casos más excepcionales de la cultura hispanoamericana; no sólo es considerada madre de la poesía paraguaya contemporánea, sino que su labor abarca las áreas de la narrativa, el teatro, la crítica literaria, la escultura, el grabado, el periodismo (escrito y radiofónico), así como la investigación histórica.


Amén de su labor creadora, la poeta fundó la Escuela Municipal de Arte Escénico, el Centro de Arte Nuevo, y el Museo Julián de la Herrería; perteneció a agrupaciones nacionales y extranjeras de diversa índole, tales como la Sociedad Argentina de Escritores, el Instituto de Cultura Hispánica, el PEN club paraguayo, la Academia Hispanoamericana Rubén Darío, además de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y la Academia Paraguaya de la Historia.


En pocos casos como éste puede advertirse la total extrapolación del sino creador a cada aspecto de la existencia humana. Pero ¿en qué consiste el destino del poeta o el artista? ¿Es una elección voluntaria o, por el contrario, resulta una predestinación irrevocable? ¿Cuál es la sustancia de la que el escritor se vale para dar forma a su fantasía?


La poesía de Josefina Plá oscila constantemente “entre el dolor y la protesta”. Por una parte, nos encontramos con una obra ardiente y despojada, al tiempo que hallamos en ella constantes alusiones a la angustia, la soledad o el vacío; para la autora la materia poética puede constituirse de tierra, sol, lluvia, “de la sangre de muchos, del dolor de todos”.


Por lo tanto, su creación se puebla de elementos ilimitados que se combinan entre sí para dar origen a textos de una vitalidad lacerante: el ansia de amor como una sed inextinguible, la libertad como una “mentira hecha droga”, la muerte de seres amados reinventándose y repitiéndose a través de la memoria; todo ello, sin embargo, expresado con un lenguaje diáfano, en el que predominan símbolos lumínicos y alusiones a la naturaleza.


Dentro de sus temas recurrentes se encuentra la presencia del sueño, ora como evasión de la realidad, ora como premonición, ora como verdad atroz e innegable. En Josefina Plá el mundo onírico, con sus quimeras y afirmaciones subterráneas, parece atravesar tres etapas fundamentales: anhelo, visión y decepción: “el sueño era un engaño, / la hamaca un espejismo / y el descanso una estafa.”


Asimismo, hay una constante alusión al tiempo, concebido éste como el arquitecto máximo que todo lo transforma a su arbitrio, apoderándose y desapoderándose de la poeta: “Quiso el tiempo mirarse en un espejo / y se puso mis ojos / Quiso tener reloj para sus sueños / y se vistió / mi cuerpo / Quiso dar un nombre a su cosecha / Y fui tiempo / vestido de mujer: / hipotecado tiempo / que termina / mirando al tiempo que no tiene término.”


Por otra parte, la imagen que la poeta presenta de sí misma resulta no menos desalentadora que la mayoría de sus obsesiones reiterativas, ya que se concibe como un campo yermo, una matriz estéril que arrastra la culpa primigenia de la existencia, el dolor de poseer un nombre y unos pasos sobre la tierra; el sufrimiento de estar llena de ausencias, en una dolencia que traspasa el plano espiritual para encarnarse también en el entramado de su cuerpo.


Otro elemento inherente a la creación artística de Plá es la presencia implacable de la muerte: “me bate la garganta un viento inexorable hecho de voces muertas”. Efectivamente, la poeta parece haberse impregnado del deceso de sus familiares más cercanos; porta el rostro de su padre como una cicatriz insanable, como penitencia hereda las manos de su madre, o recuerda aquel hermano que “clamaba al morir por una aurora más”.


Inclusive aquellos fallecimientos no acaecidos la torturan, tal es el caso de la presentida muerte del hijo, al cual dio como único legado la condena antigua de la vida y, por consiguiente, el hado de la sombra eterna al que ha de entrar sin compañía ni consuelo. Pero es quizá la propia muerte, presagio presente a cada hora, la que más perturbación genera sobre el ánimo y voluntad de la escritora:



La muerte hoy está lejos O está quizá tan cerca

que es mi misma piel Es mi temperatura

Está en mí No se acerca

No puede ya acercarse porque es ya mi estatura


La masco en el bocado de la fresca manzana

y la bebo en el sorbo de agua del arroyo

Me moja como el baño de la lluvia temprana

y se apoya en mi pulso y yo en ella me apoyo


Es tan yo que no sé si es un resto de vida

lo que golpea en mi pecho o es ella que acompaña

con su tambor de hueso mi oscura despedida.



Más que una voz poética, en Josefina hallamos un alarido, una queja o un gemido; nacidos éstos de una “boca que no se libra en la palabra, que continúa encadenada al grito”; porque la poesía es para Plá un grito desgarradoramente lúcido, si bien ésta puede representar por momentos una vía de escape, esta huida resulta siempre incompleta, incapaz para colmar el vacío que la habita.


Y sin embargo, sus poemas, hijos lastimados de su ingenio y emoción, representan su única posesión terrenal, su único alivio contra las injurias de la vida: la cruel paradoja de hallar salvación en aquello que nos condena. Pero si la creación artística resulta un grito interminable por insuficiente, conviértese también en un mensaje infinito cuyo eco continuará batiendo las inmensas aguas de la creación literaria.




Latido y tortura. La poesía de Josefina Plá. Ángeles Mateo del Pino. Cabildo Insular de Fuenteventura, 1995. 189 páginas.




Iván Zurita (Ciudad de México, 1992). Egresado de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas por parte de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, UNAM. Como estudiante participó en los encuentros literarios en las universidades autónomas de Morelos, San Luis Potosí, Yucatán, Puebla y Baja California; entre los cuales destaca el V Encuentro Nacional de Jóvenes Escritores Jesús Gardea de la Universidad Autónoma de Chihuahua. En 2018 fue becario en el Festival Cultural Interfaz “Los Signos en Rotación” y en el I Encuentro Nacional de Poetas Amando J. de Alba. En febrero de 2019, participó en el IX Encuentro de Jóvenes Escritores de Hispanoamérica y el Caribe dentro de las actividades de la Feria Internacional del Libro de la Habana, Cuba. Su obra literaria se encuentra dispersa en antologías de jóvenes escritores mexicanos, así como en publicaciones periódicas y plataformas digitales. Actualmente se desempeña como miembro del Consejo Editorial de la revista de crítica y creación literaria De-lirio.