El revolucionario y el oportunista, un cuento de Alejandro Espinoza Galindo




"Hemos sangrado desde hace muchos siglos, ahora la sangre se convierte en llamas", dice Fermín, al mismo tiempo que se unta pintura de guerrero en su cara; un trazo en cada pómulo, una cruz en la frente, sus ojos clavados en sí mismo.

"Ante mi presencia", continúa, "sostengo que la batalla no termina, que la catástrofe y los mares de lágrimas que de ella surgen volverán a visitar en este mundo incierto y hostil. Ante mi presencia, sostengo que lucho; la náusea y la crueldad infinita de las cosas me han llevado a la conclusión de que todo es negro, que ni el amor persiste. Lucho, porque revoluciono, y revoluciono porque la tierra me lo pide. Son las plantas que me llaman, el clamor de las aves me da la bienvenida, es el sol que arroja el otro calor, el calor de la lucha, bala en lomo y corazón dejando de palpitar. Ante mi presencia sostengo, que estoy listo para perderme entre lanzas, plomo, heridas y lágrimas, sorpresas cubiertas de fango y humo gris. Estoy listo para pelear."

Fermín sumerge su cabeza en el escusado, la levanta de un estirón, su larga melena chicoteando la pared. Toma unas tijeras y se corta el pelo; toma una navaja y se rasura la cabeza hasta quedar un mohicano frente al espejo. Se quita la camisa. Se dibuja largos trazos de pintura en el pecho, dorso y abdomen. Sus ojos no dejan de ver las acciones de su propietario, vigilándolo, como si estuvieran manipulándolo a pesar suyo.

"Las revoluciones empiezan en casa, frente al espejo del baño", dice Fermín mientras se arranca trocitos de espejo de su cara mallugada por el impacto.

Llaman a la puerta.

Fermín sale corriendo del baño, cargando una lanza emplumada y un morral lleno de armas primitivas como piedras afiladas, veneno, cerbatanas y demás. Al abrir la puerta se encuentra con un señor chaparrito y menudo, bigote de dandy y postura de alguien extraído del siglo diecinueve. Trae un maletín de cuadritos en la mano, muy afín a su presencia antiséptica e inofensiva.

—Muy buen día tenga usted— dice el señor, sin chistar ni por un segundo ante semejante guerrero, pues en los cursos de orientación le dijeron que no se asustara si sus clientes resultaban amenazadores.

—¿Qué quiere?— dice Fermín, exaltado y empuñando la lanza con rigidez hacia el visitante.

—Vender cepillos —dice el señor—. Los mejores del mundo.

—No me interesan —dice Fermín—, estoy en medio de un plan maestro para acabar con toda la cochinada del mundo, una verdadera revolución, señor.

—Pues qué mejor que un cepillo revolucionario como el que le estoy ofreciendo… lo último en cerdas metálicas. Verá usted cómo apacigua a las masas con unas buenas restregadas de cabello.

—Ya le dije que no estoy interesado. Voy al campo de batalla.

—Todos batallamos.

—Sí, eh, lo sé —dice Fermín, inquietándose por la testarudez del señorcito—, pero es que no entiende. Yo voy a luchar.

—Y yo vengo a vender cepillos.

—Eso a mí no me importa.

—Le debería importar.

—¿Y por qué…? ¡Bueno!, estoy perdiendo el tiempo con usted, ya déjeme en paz —y Fermín intenta cerrar la puerta, pero el señor, astuto vendedor que es, aplicó la conocida estrategia vendedora de colocar un pie en el marco. Fermín lanza un alarido de desesperación que no inmuta en lo más mínimo al jovial cepillero.

—¿No me va a dejar en paz? —dice Fermín, saltándosele las venas de la sien como perfecto neurótico— ¿Qué no ve que el mundo me está esperando allá afuera, para luchar por él? ¿Qué no ve que hay sufrimiento, hambre, miseria, injusticia? ¿No ve las almas en pena que caminan sin rumbo en esta ciudad? Explotados, discriminados, esclavizados. ¿No ve por qué yo voy a luchar por ellos?

—Mire, mi buen joven —dice el vendedor, cortés ante todo—, yo sólo vendo cepillos. Ésa es mi revolución; yo me exploto a mí mismo, Si esclavo soy, el cepillo es mi amo y, por último, si alguien me discrimina es el cliente, pero fíjese que no le guardo rencor; el cliente tendrá sus razones.

—Usted no me entiende —dice Fermín, la pintura escurriéndole en las mejillas—, hay que luchar, hay que combatir en contra del enemigo.

—Yo sólo vendo…

—Sí, sí, ya sé, usted vende y vende.

—Entonces, pues, usted comprenderá. Mi labor es humilde pero verdadera. Por qué no me deja mostrarle unos ejemplares para ver si uno es de su agrado. Quién quita y ahorita peinándose olvida todo esto de las luchas.

—Ándele, pues —dice Fermín, rendido—. Pásele.

Se sientan en la sala. El vendedor saca unas muestras y se las enseña a Fermín. Comparan estilos, mangos, cerdas, fibras, colores. Tras un largo rato de decisiones, pruebas y demás, Fermín queda encantado con un cepillo que le sienta bien a su cuero cabelludo. El ligero rasgueo del cepillo por su cabeza rasurada lo siente como un masaje que descansa los pensamientos febriles de su mente guerrera. Se siente bien, relajado, tranquilo. El vendedor mira con ternura a Fermín que pasea el cepillo por el mechón trasquilado en medio de su cabeza. Decide, por fin, comprar dos del mismo estilo, no vaya a ser que el vendedor no regrese a la colonia y él sin su repuesto. Saca unos billetes de su bolsillo y paga. El vendedor guarda el resto de las muestras en el maletín y se dirige a la puerta.

—Muchas gracias, joven —dice el vendedor, extendiendo la mano en señal de despedida—. Ha hecho usted la compra del año.

—Sí, muchas gracias a usted —dice Fermín, rásguele que rásguele a su cabeza pelona, dándose un largo masaje, olvidando sus ansias, olvidando que en esos momentos, la revolución hubiera comenzado.



Alejandro Espinoza Galindo (Mexicali, BC, 1970). Narrador, ensayista y traductor. Entre sus publicaciones se encuentran las novelas La Saga: una noveleta filosófica (2003) y En los tiempos de la ocupación (2014), las colecciones de cuentos Las visitas (1998) y La ciudad y sus silencios (2003), así como un libro de crónicas titulado Los pinos salados: memorias de una ruina triste (Pinosalados, 2017). Aparece en las antologías Lados B: Narrativa de alto riesgo (Nitro Press, 2014) y Así se acaba el mundo: cuentos postapocalípticos (SM, 2015). Vive, trabaja y escribe en la ciudad de Mexicali.