El Síndrome, un cuento de Gustavo Estrada

Actualizado: 30 de oct de 2020



Augusto decidió ir al doctor después de sentirse peculiar durante varias semanas. Era un buen sujeto, calzaba justo en aquello que se puede llamar "hombre promedio"; tenía un empleo decente, una familia bien establecida en una colonia bonita y un horario definido. Todo cambió el día que se levantó cinco minutos más tarde. Con esos cinco minutos bastó para ajustar todo su día; comió en un lugar distinto por la prisa, conoció gente nueva y pasó más tiempo de calidad con su familia. Sus iniciativas se volvían cada vez más preocupantes y su cuerpo se empezaba a sentir diferente, así que, por cualquier cosa, hizo una cita con el doctor.


—Augusto, ¿no es así? —. Él respondió asintiendo con la cabeza mientras el doctor se acomodaba en su escritorio. —Todos sus análisis salieron a la perfección, salvo unos detalles de su radiografía espiritual y su colesterol.

La medicina moderna había avanzado a pasos agigantados. El psicoanálisis, la neurociencia y espiritualidad formaban parte fundamental de cualquier diagnóstico. En un mundo que buscaba el orden total, mente, cuerpo y alma debían estar sanos. La consulta fue de lo más normal. Cuando Augusto empezó a contarle los síntomas al doctor, este se alarmó, lo cual no pasó inadvertido para el paciente.


— ¿Qué pasa, doctor? ¿Es grave?


—Es más que grave... y no tiene cura —. Augusto se puso pálido y pensó en lo peor.


—No se ande con rodeos —. La preocupación del paciente crecía a cada segundo. — ¿Qué es lo que tengo doctor? ¿Voy a morir?


—Al contrario, usted… está demasiado vivo, puede que tenga el Síndrome.


El Síndrome, para algunos un mito médico, había azotado a la sociedad en décadas pasadas. Aquellos que sufrían de esta enfermedad se convertían en el caos hecho carne. Políticos, artistas, líderes religiosos y todos aquellos que plantaron la semilla del desorden en el mundo eran portadores. Augusto salió incrédulo del consultorio; si bien su cuerpo se había alterado y su conducta era muy distinta a la común, en el fondo se sentía bien, diferente, pero bien.


Hizo caso omiso de las advertencias del médico y continuó con su vida como si nada. Todo pintaba bien, le dieron un aumento y todos se alegraban tan sólo con su presencia. Pero, más temprano que tarde, aquellos encargados del orden pusieron sus ojos sobre él. Las desgracias no tardaron en llegar. Perdió su empleo y parecía que el mundo se le iba encima, cada obstáculo se volvió abrumador, pero al mismo tiempo más satisfactorio. Augusto no se detenía ante nada, se volvió su propio jefe, todos sus proyectos e ideas se convertían en un éxito total. Poco a poco llegó a la cima, para luego encontrar una más alta. Cada día era distinto y fascinante.


Una mañana, por impulso, Augusto decidió tomar una caminata. El sol de un día perfecto cobijaba cada fibra de su piel. Sus pasos tenían el ritmo del triunfo. Podía hacer lo que él quisiera cuando quisiera. Cruzó la acera de vuelta a casa con el pecho firme y la cabeza en alto, tan en alto que no vio el semáforo, ni el camión de helados que de forma aparatosa le arrebató la dulce vida. En la autopsia, el mismo médico que lo había diagnosticado con El Síndrome se sintió inmensamente feliz de volver a ver a su paciente que, ahora en la morgue, se encontraba completamente curado.


Gustavo Estrada (Ensenada, Baja California,1996). Egresado de la carrera en Lengua y Literatura Hispánicas de FES Acatlán. Es un cuentista centrado en la búsqueda de una narrativa cercana a lo fantástico en las vicisitudes de lo cotidiano. Ha colaborado en Revista Tabaquería y Pulso CCH Naucalpan y forma parte del taller literario De-Lirio.