En defensa de la memoria: Anábasis, antología de narrativa fantástica y ficción histórica

Actualizado: ene 24



Este trabajo, editado por Editorial Nacimiento y compilado por la escritora costarricense Victoria Marín, dentro del marco del proyecto Revista Virtual Quimera, reúne a 14 escritores latinoamericanos que se dieron a la tarea de crear relatos a partir de algunos tópicos relacionados al mito, la leyenda y la historia, tópicos que forman parte de la diversidad cultural que caracteriza a nuestra región. Debido a esto, el lector podrá disfrutar de narraciones sobre nuestros pueblos originarios, la cultura grecolatina, la historia universal, las leyendas tradicionales y urbanas, etc.


Las letras escritas en este libro van y vienen entre el presente y el sueño, la historia y la memoria condensada en el mito y la leyenda, amalgama que compone el hilo conductor de este viaje cronológico —anábasis a través de la ficción y de las distintas etapas históricas— el cual nos conduce a ese mar de significados, de verdades cifradas y estructuras maravillosas que es el tiempo mítico; no sin antes haberle permitido al lector ser partícipe de la interacción entre dioses, arquetipos, personajes de la literatura universal, apariciones y figuras históricas que dan pie para tratar —mediante recursos como la desmitificación, la alegorización, la transmitificación o la crítica directa— temas como el amor diverso, la inclusión, la lucha contra la opresión patriarcal, la revaloración de lo monstruoso como un elemento de crítica social, el mito de la inmortalidad etc. Esta colección de narrativa refleja las vivencias del hombre contemporáneo que se proyecta a otros espacios, y materializa una realidad de la que no siempre se tiene conciencia: el hecho de que los mitos, ya sean alegóricos, épicos o legendarios, continúan comunicándose con nosotros e interactuando entre ellos, expandiéndose y mostrando su fecundidad en la cultura.
Victoria Marín Fallas, escritora costarricense.

La antología cuenta con la participación de los autores latinoamericanos Carlos Naranjo Pacheco (Cuba), Rafael Ángel Herra (Costa Rica), Sussy Carballo (Costa Rica), Óscar Brenes Cerdas (Costa Rica), Tamara Víquez (Costa Rica), Vincent Rodríguez (Costa Rica), Marliz Giraldo Quesada (Costa Rica), Pablo Delgado (Costa Rica), Félix Alejandro Cristiá (Puerto Rico), Daniel Frini (Argentina), Leopoldo Orozco (México), Martha Bátiz (México), Diego Maenza (Ecuador), José Luis Pérez Ramírez (Bolivia) y Luis Antonio Beauxis Cónsul (Uruguay).


Este proyecto ha sido dedicado al profesor Rafael Ángel González Marín (UCR) en reconocimiento a su labor docente con respecto al estudio de la tradición clásica y el mito, y se presentará el 24 de febrero por medio de la página de la Biblioteca de la Facultad de Educación (BEDU), ya que cuenta con el apoyo de esta institución gracias a la Licda. María Soledad Serrano Chávez, la Licda. Mariana Lacayo Campos, la Licenciada Marina Rivera Vargas y el filólogo David Ruiz Zapata.


Por otro lado, se agradece a la escritora Evelyn Ugalde por su colaboración, especialmente al propiciar el contacto con algunos autores costarricenses que enriquecen este proyecto.


Parte de los ejemplares de este libro serán donados al Departamento de Estudios Clásicos de la UCR y a bibliotecas públicas y educativas de Costa Rica.


A continuación, se ofrece para su lectura el relato “Gurutiña y los niños” del escritor costarricense Óscar Brenes Cerdas, el cual forma parte de este proyecto.





Gurutiña y los niños

La primera vez que los vi mi espíritu dio un tumbo de la emoción. Hacía cuatrocientos años y un tanto más que no tenía a unos niños tan cerca.


Eran dos, una niña de alrededor de cinco soles, cabello negro lacio deslumbrante a la luz diurna y unos ojos cafés de un cálido mirar. El otro era un niño un tanto mayor que la pequeña, él tenía el cabello lacio, negro y esa misma mirada inolvidable, era innegable que los dos eran hermanos.


Los pequeñines estaban con su madre a orillas de la quebrada en la que yo me encontraba siempre, atado al paso incesante del tiempo, días y noches.


Jugueteaban los tres en total libertad disfrutando del aire fresco, de los incontables árboles, del zacate y la desnuda tierra que pisaban bajo sus pies calzados acompasados por el canto ensoñador de las aves.


Y es que, ¡cómo no me iba a poner alegre si me recordaron mi pasado! Los niños me remontaron a un tiempo ya lejano, a una vida nebulosa y turbia, a unos recuerdos sombríos que gracias a la presencia de las criaturas se volvieron a llenar de luz así como cuando la claridad del astro rey toca un recoveco olvidado durante largo tiempo en las tinieblas.


Así como llegaron los niños se marcharon y con ellos mis recuerdos. Pero fue en esa fracción de tiempo en que recordé… Sí, recordé a mis propios hijos ya hacía mucho olvidados en el etéreo transitar de astros. Pude saborear el recuerdo de mis hijos jugueteando a las afueras de mi rancho, riendo, disfrutando con la inocencia a flor de piel de la que solo son capaces aquellos que no han sufrido de las espinas de la vida a severidad.


Yo contemplaba a mis dos pequeños desde el umbral del alto rancho de paja con la madre de los infantes juguetones a mi lado. Sus pieles canela deslumbraban con la luz solar filtrada por las nubes que horas más tarde dejarían caer las torrenciales lluvias para fecundar la tierra.


Con la partida de los niños también se fue el recuerdo y volví a ese vacío frio y espeso como el sudor cuando se mezcla con el polvo del camino, un camino de eternidad y soledad.


No tengo idea de cuánto tiempo transcurrió, pero los dos niños volvieron, con sus risas y juegos y un tanto más crecidos. Fue mágico porque con su nueva llegada también volvió a la vida mi memoria. Recordé que fui un gran monarca, un guerrero, me aprecié a mí mismo luciendo atavíos de oro en brazos y piernas, portando un collar de colmillos de jaguares, pumas, cocodrilos que yo mismo había vencido en combate cuerpo a cuerpo y me transferían su fuerza y facultades. Sobre mi cabeza descansaba un tocado de plumas coloridas de diversas aves: tucanes, lapas rojas, loras verdes, quetzales.


¡Me sentí tan vivo! Me sentí tan corpóreo que creo que ahí mismo bajo el sol de media mañana el niño me vio. Ahí de pie vestido con solo un taparrabo de mastate estaba yo, ¡y el hombrecito me vio!


Asustado tomó la manga de la blusa de su hermanita y sacudiéndola un par de veces señaló hacía el lugar en el cual yo me encontraba, a orillas de la quebrada y al pie de un alto árbol de higuerón.


Y Mientras yo me percataba de las acciones de los niños saboreaba el recuerdo de años añejos ya. Recordé cada rancho y habitante de mi palenque, cada piedra de las calzadas, cada rostro, cada voz, cada actitud.


A mis memorias revoloteando como mariposas llegaron las palabras que dirigía a mi hijo mientras le enseñaba a usar el arco y la flecha. Palabras ya hacía mucho olvidadas, nitore ‘flecha’, pusitiu ‘valiente’, banya… ‘hijo’.


Pero el niño del ahora se asustó y se alejó corriendo llevándose casi a rastras a la niña, que volteaba a mirar atrás percatándose también de mi presencia. Luego se perdieron los dos detrás de la pequeña colina que daba al riachuelo. Otra vez me hallé sumido en la oscuridad carente de memoria, con solo el deseo de volver a ver a los infantes de nuevo.


La siguiente vez que los vi no tenía una idea clara del tiempo transcurrido desde la última ocasión. Si se notaba que habían crecido, quizás él estaba ya en sus siete soles, ella en sus seis.


El niño se dedicó a lanzar piedras a la quebrada, ella se sentó a un lado del árbol a recoger una que otra florecilla que ahí crecía.


Fue como prenderle fuego a un tronco seco: mi ser se llenó de luz y vida, los recuerdos afloraron al instante. Me sentía tan pleno que sin pensarlo, de mis manos salió volando una mariposa dorada, idéntica a aquellas elaboradas en oro por mi pueblo de antaño, solo que esta revoloteaba con vida propia y se aproximó a la pequeña que instintivamente sonrió y jugueteó con ella.


Era sorprendente ver el brillo de vida que emanaba ese par de pequeños ojos cafés como el barro mojado del camino. De mis manos saltó una ranita dorada que luego de caer al suelo, en un par de saltos se ubicó frente a la niña. Esta no se asustó, más bien con gran sorpresa se quedó mirando al animalito que destellaba con fulgor dorado bajo los rayos del sol.


Y mientras creaba estas figuras doradas de manera involuntaria, mi mente navegaba por otro recuerdo más: dentro del palenque y sobre la hamaca mi hija acurrucada a mí escuchaba mis narraciones sobre natakepo, la ‘rana’, sobre mounkoyo el ‘águila’. Yo acariciaba con ternura los finos cabellos de mi amada nasayme, ‘mi hija’, mientras ella me pedía más y más historias ancestrales. ¡Kujkue! ¡Kujkue! ¡Padre! ¡Padre!


—¡Miryam, Miryam, Gerardo, ya nos vamos!


Un grito lejano proveniente de la cima de la pequeña colina me sacó de mis memorias. Era la madre que llamaba a sus hijos. La niña volteó a mirar hacia la colina y de un salto se puso en pie dejando así el juego con la mariposa, la rana y un águila dorada que se habían reunido un poco más tarde a volar por ahí. En el acto las figuras se desvanecieron en un fino polvo dorado que la briza de medio día se encargó de dispersar.


—¡Mami! ¡Mami! ¿Cuándo puedo volver a jugar con el señor de las figuritas de oro? —, preguntó en forma inocente la niña mientras la madre asustada volteaba a mirar a su alrededor buscando a alguien.


La partida de los niños de nuevo me sumergió en la soledad, con la diferencia que ahora mi conciencia estaba despierta y podía percatarme con un poco más de percepción del paso del tiempo.


Esa noche un par de hombres pasaron cerca de la quebrada.


—¡Mirá que raras esas luces que se ven allá por el río, cerca de los árboles! ¿Qué será?


—Soltó uno de los caminantes al otro mientras señalaba al sitio donde yo estaba.


—Uy, dicen que por aquí hay entierros de indios. ¿Vos te sabes la leyenda de ese cacique…? ¿Cómo era que se llamaba?


—Orontes.


—¡Ese mismo! Esas son sus luces de muerto, por algún lugar del río debe estar enterrada su guaca de piezas de oro.


Y sin más los dos se marcharon, difuminándose en las sombras de la noche.


Orontes, ese nombre… Orontes no era yo, ese era un rey güetar que luchó contra mí, fue un bravo guerrero también. No lograba recordar mi nombre, pero sí tenía claro que era muy similar al de Orontes.


El tiempo pasó y nuevamente yo perdí la cuenta de las salidas y puestas de nyumbu ‘el sol’ y de yu ‘la luna’. Ya me había acostumbrado nuevamente a la soledad y la somnolencia mental. Cuando desde la colina escuché una voz de mujer.


Una muchacha ya casi mayor bajaba lentamente mientras caminaba de forma distraída y hablaba sola con su cabeza inclinada a un lado y su mano sobre su oído derecho. Avanzaba hacia el higuerón a orilla de la quebrada.


— Sí, me voy de Orotina, voy a irme a vivir a San José para entrar a la “U” — dijo en un tono melancólico la muchacha.


¡Orotina! ¡Gurutiña! ¡Ese era mi nombre! Yo fui un rey chorotega que la gente acostumbraba a darle la fama de guerrero y sanguinario. Claro que mi pueblo estuvo en guerra con los güetares, por supuesto que era belicoso, tenía razón de serlo. ¿Acaso la gente nunca ha visto al nambue, al jaguar defender a su cría, a su río, a su montaña? ¡Yo tenía hijos, mis cachorros que defender! ¡Mi montaña que cuidar! No, la gente de ahora tiene su mente y ser en otras cosas. ¡Qué van a saber todos ellos de jaguares defendiendo lo que es suyo!


— Voy a extrañar vivir en la montaña, desde que mi hermano Gerardo se fue a estudiar arqueología las cosas se pusieron aburridas por aquí.


Mientras la chica decía esto, pude percibir en sus ojos el brillo idéntico al de la niñita que hacía mucho no venía. ¡Era ella!


¡Quise formar mariposas, quise formar ranitas saltarinas y águilas doradas que volaran siguiendo los rayos del sol pero ya no era lo mismo, no pude… ya la magia no estaba!


Ella indudablemente había cambiado. Como me hubiera gustado decirle que ahí estaba yo, que ella era idéntica a mi hija y que yo deseaba contarle historias de los ancestros, de ranas y águilas, de héroes y guerreros chorotegas, así como se las conté a mi hija hacía mucho tiempo atrás.


En ese instante los recuerdos que bullían en mi mente eran dolorosos: recordé el día de mi última batalla, fue contra los españoles y a pesar de que luché con valor me hirieron de muerte. Recuerdo cuando mis fieles guerreros me llevaron de regreso al palenque, ya con los últimos hilos de mi vida rompiéndose para salir volando de mi pecho.


Ahora recuerdo el rostro de dolor de mi hija, idéntica a la muchacha que estaba ante mí, ya con dieciocho soles encima, con lágrimas haciendo surcos en sus tersas mejillas del color del cacao. Mi hijo como valeroso guerrero en que se había convertido, luchó junto a mí pero quedó muerto en un trillo de montaña cumpliendo su deber.


A orillas de la quebrada que mi pueblo entero “amarró” para desviar su cauce y enterrar todo el oro bajo fuertes y frías lajas de piedra, me enterraron a mí. Así como el cauce de la quebrada retomó su curso normal ocultando las piezas de oro de ranas, mariposas, águilas y jaguares; así el curso del tiempo cubrió nuestros recuerdos e historias.


¡Qué importaba ser chorotega o güetar, los que habían llegado nos masacraron a todos por igual! Y aunque aún nuestros pueblos seguían vivos, poco a poco se estaban convirtiendo de historia viva en historia agonizante para irremediablemente dirigirse a ser historia muerta. Ya nadie nos recordaba, poco éramos mencionados ya.


¡Cómo me hubiera gustado contarle todo a esa niña que solía visitarme y ahora se presentaba como mujer ante mis nebulosos ojos! ¡Grité con fuerza, la llamé, le supliqué arrodillado al pie del higuerón que recordara sus raíces ancestrales, que nos volviera a dar vida a los chorotegas en su mente, que volviera a ser como fuimos antes! No me escuchó.


La muchacha se colocó dos mecates como con un par de semillas a sus extremos en cada una de sus orejas, y dando media vuelta echando una última mirada al higuerón y a la quebrada se marchó hasta perderse al pasar la colina para no regresar nunca más…



Victoria Marín Fallas. Estudió Filología Clásica en la Universidad de Costa Rica. Es cuentista y amante del simbolismo, la literatura, la mitología y directora del medio digital Revista Virtual Quimera. Anteriormente, se desempeñó como asistente editorial en la Revista Educación de la Universidad de Costa Rica, y como asistente de docencia en cursos de latín, literatura y mitología griega para el Departamento de Clásicas de la UCR.


Ha publicado en la revista española Itálica de la Universidad Pablo de Olavide y en los espacios El Repertorio y Revista Antagónica. Además, figura como autora en las antologías Donde contamos hormigas y segundos (Poiesis Editores (Costa Rica), 2020) y Caperucita Feroz (Ápeiron Ediciones (España), 2020). Próximamente será publicada en dos antologías de poesía costarricense y una de relato fantástico, esta última con la editorial EUNED.