Ensayo (a) la mandarina, de Mariana del Vergel



La mandarina ha tenido un breve lugar en la literatura mexicana. Su acotación (para nosotros que la saboreamos desde un cercado adoptivo y extranjero) se ha limitado a la brevedad de las palabras que renuevan sólo la virtud de su color brillante y no la completitud apetitosa de su olor, de su sabor y de su dulce forma, y hasta de las inusitadas supersticiones que llevan consigo la suerte de sus gajos. ¿Qué albur nos presta de sí su jugosa esfera, su copo de eternidad?


Acaso los mexicanos no hemos sabido descifrarla; abrirla del todo. Pienso en una de las fugaces excepciones: en los años sesenta, el crítico Luis Cardoza y Aragón le cantó a una pintura de Luis García Guerrero en la Revista de la Universidad: más que un bodegón sobre la mandarina, su obra resultó ser una de las más vivas campiñas que restituía con brillantez –o al menos que reparaba en uno de sus destellos– su belleza frutal: “Escucho su fervor entrañado, sus borborigmos áureos de pequeño vientre que me dirige y enclaustra hasta que ardo enaltecido en su fuego redondo y mínimo, en su incauto paraíso de planeta manual”. Ambos entendían (Cardoza y Aragón gracias a García Guerrero, y a su vez, el pintor gracias a la fruta misma) que en ella se encontraba el pensamiento de la creación: habían aprendido a tocar la mandarina, a pelar con maestría particular toda su corteza y a detectar en la tersura de su piel, en su jugo escurridizo, el destello impregnante de su aroma; se habían dirigido a su forma y habían intentado encontrar los signos desnudos de su significado.


Otros escritores prefirieron hablar de otros frutos y verter en ellos la belleza de su mundo: la primera versión que se me aproxima es el canasto ofrecido por José Gorostiza. Yo no compraría sus naranjas, pero me gustaría –eso sí– cantar hombro con hombro, invitada a subir a su morena barca, para ayudarlo a venderlas, y de paso, intentar vender las mías. Y ya estando por ese cauce, vale la pena recordar: “El mundo reverdece si sonríes comiendo una naranja”, “Si tú eres la cesta de naranjas yo soy el cuchillo de sol”, nos dice seductoramente Octavio Paz. Su seducción derivó en que él a su vez había sido cautivado por el color y por la fragancia de una potente luz astral. De forma hermanada se vio conquistado el maestro Ramón Xirau cuando, al decidirse por ponerle forma al centro de su mundo pleno, cantó a base de recuerdos en «Playa del mundo»: “La llum dels tarongers. / Tot l'univers és arbre, / cau en el somni del teu cos”, versos que injustamente son traducidos así: “La luz de las naranjas / Todo universo es árbol, / cae en el sueño de tu cuerpo”. Pero –hay que decirlo con el perdón de los poetas– cuando Gorostiza, Paz y Xirau enuncian y definen al cosmos como un “árbol adentro” de naranjas, no reparan en la dureza de su cáscara ni en la gutural acidez que a veces quema, y por momentos, quiebra la voz de quien la canta.


A diferencia de la íntegra naranja o de la casi siempre amarga y desbordada toronja, la mandarina invita a compartir desde el centro o en una esquina de la mesa (o sin mesa, qué importa) sus gajos inauditos: cada pieza repartida es un umbral de invitación para que todos se sumen al tablero, no a hablar en la sobremesa, sino a dejar que las palabras les hablen. Las manzanas son en cambio “la vuelta al barro de la culpa”. ¿Por qué Neruda decidió cantarle a la manzana si de tantas veces que se dijo que cayó del Paraíso, terminó en un osario, donde de abundancia frutal ya no tenía nada? ¡Y no sé diga de los plátanos! Acaso cargan todavía con la piedra simbólica de su erecta tersura que difícilmente es repartida. En México, somos más o menos compartidos de acuerdo con las frutas de temporada.


La mandarina renueva su reputación otoño con otoño, y como ahora abundan las mandarinas, a alguien en algún lugar le ha llegado una de estas frutas y se pregunta: ¿cómo se manduca una mandarina? Los orientales dicen que con la mano hemos de quitarle cuidadosamente la piel: debemos de comenzar por el centro y darle vueltas y vueltas y vueltas para que su corteza salga de una sola vez y en una única tira (nada de fragmentos que conduzcan a construir el imaginario del pensamiento en occidente). Si lo logramos –cuentan sus profecías– podemos ganar un matrimonio lleno de plenitud y perpetuidad.


Pero la vida prolija de los japoneses hace que ignoren por completo cómo actualmente empieza a caer en desuso la vieja ceremonia casamentera de pedirse las manos; hace que ignoren casi en su totalidad que llevarse las cosas a la boca es una forma de reconocer el mundo. Por eso yo prefiero que no se explique a nadie cómo manducar una mandarina y se arroje cada uno guiado por su intuición. ¿A cuántos juegos de la imaginación se podrían entregar los niños durante todo el tiempo que buscan, en inocentes intentos repetidos, llegar a la pulpa dulce de su centro? Y los amantes, ¿cuántas veces se pueden encontrar y desencontrar en el periodo –generosamente corto– destinado a trazar la ruta de su cáscara? Y en este contexto, seguro alguien en algún lugar también grita: “pues si él apenas llegaba a mitad naranja mandarina, ella sobraba para toronja”. Y otra voz advierte: “a los niños de ahora no les gusta más la fruta”. Pero yo abogo lo mismo, pues la urdimbre de su reconocimiento se sigue quedando en los altares de muchos mexicanos (sobre todo, de los que ya no están).


Hay que prestarle más palabras a la mandarina, porque cuando Bernal Díaz del Castillo se disponía a escribir su Historia verdadera de la Nueva España, nos presentó su voto de confianza al decir que iba a “poner la lengua en la mano”, declarando así la relación íntima entre la escritura propiamente dicha y la actividad manual. (No se olvide que fue Bernal Díaz del Castillo el que introdujo con su mano la mandarina, en un gesto de “intercambio colombino”). Es por eso que aunque de ella se hable poco, la mandarina hoy no nos resulta como otros, un fruto robado, sino un fruto compartido, como otras frutas que han llegado de muchos sitios y que nosotros intentamos hacer llegar a otras bocas que las saben tocar antes de comérselas, contemplándolas.


Porque la imaginación es un árbol que podemos sacudir con las manos para que salgan los frutos que deseamos, hoy yo abogo lo mismo y decido escribirle a la mandarina.



Mariana del Vergel (Aguascalientes, Aguascalientes, 1998). Estudia Letras Españolas en la Universidad de Guanajuato. Obtuvo el primer lugar en el tercer Concurso “Mundos posibles” de la FeNaL en la categoría de Poesía. Es fundadora del Encuentro Nacional de Revistas Literarias (ENAREL) “Fernando Benítez” y directora editorial de la revista literaria Los Demonios y los Días.