Fragmento quinto de "Me llamo Hokusai", de Christian Peña



V

ME LLAMO HOKUSAI PERO TAMBIÉN ME LLAMO KATSUSHIKA PORQUE ASÍ SE LLAMA EL PUEBLO DONDE NACÍ Y ME LLAMO LITSU QUE SIGNIFICA EL VIEJO LOCO PORQUE DIBUJO LEONES Y ADEMÁS ME LLAMO EDWARD LORENZ QUIEN FORMULÓ LA TEORÍA DEL EFECTO MARIPOSA

Un nombre, la espera de un nombre,

un nombre para reconocerme.

Sigo escribiendo a la espera de un día apacible, digo, mientras miro pasar los días salvajes en tropel, estampidas de estampas, dibujos de las estaciones, innumerables imágenes dentro de mi cabeza: fantasmas, animales, olas, sueños, paisajes, monstruos. Cada uno de ellos tiene mi nombre escrito.

Mi nombre: un caleidoscopio.

Vivimos entre nombres; lo que no tiene nombre todavía no existe.

Me llamo Hokusai, pero también me llamo Katsushika porque allí nací: soy un pueblo sereno, soy cada persona que allí vive. Soy un pueblo donde los hombres esperan la llegada de un día apacible. Allí la luna es un diente de ajo. Allí decido nombrarla y dibujarla. Bajo esa luna dibujo leones y también decido nombrar mi pasado. No conocí a mis padres, no hizo falta, aún con padres hubiese sido huérfano.

Hay cosas para las que uno nace.

Yo nací para ser huérfano.

Por eso decido darme un rostro, escribirme una historia.

Alguien decidió adoptarme y yo decidí adoptar el nombre del lugar donde nací.

Decido perdurar: las líneas no mueren.

Las líneas de la mano, de la frente, del papel y del destino permanecen.

El tiempo es un blanco, no una línea.

No hay línea para una historia lineal.


Mi autorretrato: ¿es injusto, arrogante o pretencioso dibujarme?

El rostro es testimonio.

¿Es preciso decir el nombre de mis padres, nombrar mi color favorito, la temperatura a la que prefiero la regadera por la mañana, mis libros de cabecera; confesar que debo quitarme los anteojos y masajearme el cráneo cuando intento concentrarme?

¿Tengo que confesar cuántas muelas tengo picadas para corroborar que esto es cierto?

El testimonio no es verdad.

No siempre.

Sólo el silencio es cierto, pero no puedo callarme.

En este autorretrato hace falta algo: un ejército de leones avanzando en la mirada, un hombre oculto detrás de la locura.

El Viejo Loco por el Dibujo, Litsu, así llamaban a Hokusai. Ése también es mi nombre.


Encuentro en Katsushika Hokusai una locura lúcida. La gran ola de Kanagawa fue la primera estampa suya que vi. Ya no recuerdo dónde. Quizás en un museo. Después siguieron muchas más estampas, un tsunami de sueños y pesadillas. De pie, sentado, con la mirada fija en el monitor, recuerdo haber pensado: yo dibujé esto. La firma en japonés, el garabato al pie de la estampa es mi nombre. Yo comparto esa locura. Avanzo en un mundo flotante. Ése dibujo es mío. Así me llamo.



Me llamo Hokusai y también Monte Fuji: tierra en los párpados, atardecer poniéndose en mis ojos, nieve como la caspa de los árboles.

Mi nombre es lo único mío que es de todos.

Mi nombre es un paisaje.

Soy paisaje.

Soy un pretexto.

Pero, sobre todo, soy viejo.

Las líneas de mi rostro están cansadas, curtidas como el cuero o la madera donde dibujaba Hokusai.

Pero una línea no se borra por muy vieja que sea.

Soy viejo y estoy loco.

El color puede enloquecer.

Las imágenes desbordadas enloquecen.

Los locos esperan un día apacible, son tiernos y salvajes, contradicción, choque de mundos; flores carnívoras, ocasos, huérfanos, calor en sombra, interludios; repiten su nombre hasta enloquecer o lo inventan o multiplican por cada episodio de su pasado.

Los locos tienen un nombre para cada recuerdo.

Los locos hacen música con sus huesos rotos; el viento sopla en esos huesos sin calcio. Nadie reina en ese reino, nadie manda en el pueblo de los locos. Sólo el contagio. Sólo los sueños y visiones puestas en estampas producidas en serie.

Ukiyo-e: lo irreal no tiene que ver con la locura.

Lo irreal es sublime y ocurre pocas veces.

La locura es algo cotidiano, caminar todos los días en un mundo flotante.

Mi locura son los demasiados nombres, demasiadas imágenes dentro de la cabeza.

Imágenes que a la larga darán forma a mi rostro.

La imagen que tengo de mí mismo.

Imágenes alternadas, infinitas.

Imágenes de leones, por ejemplo.


Hokusai a los ochenta y tres años

dijo,

hora de hacer mis leones.

Cada mañana

hasta su muerte

219 días más tarde

hizo

un león.

(…)

Sigo dibujando

a la espera

de un día apacible,

decía Hokusai

mientras los leones pasaban en tropel.

Sigo escribiendo mientras los leones dentro de mi cabeza pasan salvajes en tropel, rugen sus músculos y melenas imperiales. Yo los oigo. Los pinto bajo un bambú, iluminados por los rayos de un diente de ajo.

Leones hermosos y terribles, corpulentos, fornicando bajo los cerezos.

Leones dormidos desde hace siglos.

La luna: diente de ajo, diente de león.

León: me gusta ese nombre. Podría llamarme de esa forma, atender a ese signo y rugir en el paisaje de una hoja, sabiéndome señor de ese lugar en blanco.

¿Debo confesar que mi cabello largo es heredado directamente de la línea paterna?

¿Debo decir que mis antepasados fueron unos animales?

Mi abuelo: león enloquecido de poder.

Mi padre: el león y el adulterio.

Mi árbol genealógico es un árbol donde duermen los leones.

Dormir tan alto, con los sueños tan cerca de la luna, enloquece.

Si pierdo el juicio habré ganado la batalla. Necesito ser más salvaje. Escribo una palabra a la vez, lentamente, cuando debería reproducirlas en serie. Necesito echarme a la sombra y reproducirme como un león. Fornicar día y noche. Necesito escribir bajo los cerezos. Perder la razón para encontrar respuestas. Reproducirme hasta grabar mi nombre en algún lugar de la memoria. Reproducirme en serie como las estampas de Hokusai.

La locura no es predecible.

La locura es una ligera variación en nuestro pasado.

Toda variación, por mínima que sea, en el principio de una historia, puede derivar en caos. Lo caótico no es catastrófico, pero sí impredecible.

Me llamo Hokusai, pero también me llamo Edward Lorenz.

Después de trabajar como pronosticador de tiempo para la Fuerza Aérea Estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, el matemático Edward Lorenz, al intentar predecir el cambio atmosférico, encontró que una ligera variación en las condiciones iniciales puede tener graves repercusiones en los resultados futuros. A partir del proverbio chino, “El aleteo de una mariposa puede sentirse al otro lado del mundo”, Lorenz teorizó el caos; palabras, números y signos en orden indistinto pero con un principio fundamental, un comienzo que al sufrir la menor alteración cambia el paisaje.

La fisura en la línea de un paisaje: los secretos, las omisiones del testimonio.

Si continúo escribiendo me convertiré en mi padre, su sangre hervirá en la mía.

Mi padre, el único que tengo, el que Hokusai no conoció.

Si Hokusai hubiera tenido padres no dibujaría.

Mi padre siempre me ha inspirado compasión.

Cuando nací, mi padre delineó mi vida en la palma de mi mano.

Mi padre trama en secreto nuestra muerte.

Los leones se alimentan de cachorros.

Si fuera más compasivo con él, mi padre tendría alas de mariposa.

Si Edward Lorenz hubiera nacido en Cambridge y no en Connecticut, las mariposas nacidas de 1917 en adelante no tendrían alas.

Si una mariposa hubiera volado cerca del Monte Fuji cuando nació Hokusai, el viejo habría enloquecido no por huérfano, sino por el dibujo.

Mi padre se llama Hokusai: está viejo y loco.

Si encontrara otra forma más amable de nombrar a mi padre, lo haría;

lo haría, si encontrara otra forma más amable de amarlo.

Si encontrara otra forma de decir mariposa, sería:

r = 28, 0 = 10, b = 8/3, heraldo de polvo y muerte, juguete de la infancia, recuerdo de mi padre, profecía, ligera variación en mi memoria, o sería la forma en que la describe el caos del sueño de Chuang-Tzu:

Soñé que era una mariposa. Volaba en el jardín de rama en rama. Sólo tenía conciencia de mi existencia de mariposa y no la tenía de mi personalidad de hombre. Desperté. Y ahora no sé si soñaba que era una mariposa o si soy una mariposa que sueña que es Chuang-Tzu.

Hokusai se levanta a contemplar el Monte Fuji, toma asiento, toma un pincel y comienza a dibujarse. Edward Lorenz se levanta a tomar el desayuno en la cocina, mira una mariposa en el jardín. Mi padre se levanta para fornicar debajo de los cerezos con una corte de hembras. Yo me levanto a escribir la mañana mientras me rasuro y el aleteo de una mariposa me reconcilia con mi padre a través del caos.

Nos reconcilia a todos.

Lorenz se llama Chuang-Tzu.

Chuang-Tzu se llama mariposa.

Yo me llamo Chuang-Tzu y Hokusai y como gusten llamarme.

Sueño que soy Edward Lorenz y al despertar no sé si soy un hombre que soñó ser Edward Lorenz o Edward Lorenz que ahora sueña que soy yo.

Soy un hombre que sueña que es su padre.

Me llamo como él: tengo su barba, sus dientes y sus obsesiones.

Me quito los anteojos y masajeo mi cráneo para intentar concentrarme.

Escribo: me llamo como escribo.

Cuando muevo la lengua, digo mi nombre.

Cuando hablo de más, digo varios.

Cuando hablo, un león lanza su rugido en lo alto del Monte Fuji, en la aldea de Katsushika, en esta habitación o en el departamento de Edward Lorenz en Cambridge.

Cuando hablo, mi padre se quita los anteojos y se masajea el cráneo para no escucharme.

Hablar es la manera en que mi padre me enseñó a rugir.

Por eso me autorretrato.

Me llamo C... porque así se llama el pueblo donde nací. Tengo los ojos azules, herencia de mi abuelo paterno. Tengo los ojos de mi padre, por eso miro el mundo de esta forma. Pierdo el cabello a mechones. No tengo colmillos de león, mis dientes se han vuelto amarillos por el humo del cigarro. Odio las mariposas; la simple palabra me parece cursi. No sé dibujar. Eso es cosa de locos. Los viejos me dan miedo y su olor a canela me da asco. Nunca he estado en Japón, pero lo conozco, lo he visto desde hace siglos a través de los ojos de Hokusai. Nadie puede decir que Hokusai no tenía los ojos azules. Soy un volcán activo. Tengo cáncer. No sé nadar. Redundo. No sé omitir lo obvio. Llevo casado 4 años. Soy caótico. Cuando visito el mar, me molesta la arena húmeda entre los dedos de los pies. Cuando subo a un barco, imagino los monstruos que aguardan en lo profundo. Creo en las pesadillas. Creo en los fantasmas. Los fantasmas me visitan puntualmente. Tengo las manos curtidas porque escribo para reproducirme en serie. No sé sumar. No soy matemático. Las matemáticas me dan dolor de cabeza y entonces debo masajearme el cráneo. No estoy loco, sólo pienso que éste no es mi tiempo. Soy tartamudo. ¿Ya dije que soy casado? A menudo sospecho de mi nombre.

Enumeración caótica con pequeñas variantes al inicio.

Lista de recuerdos y últimas voluntades.

Esquirlas: huesos de mariposa.

Un ínfimo aleteo de mariposa al otro lado del mundo puede sentirse como un tornado en mi habitación.

Me llamo Hokusai desde el inicio, sólo que con pequeñas, incalculables variantes.

No son máscaras, son rostros.

No son heterónimos, son sobrenombres.

Apodos, por ejemplo.

Los nombres que no me dio mi padre.

Me llamo Hokusai.

Te llamas.

Nos llamamos.

Eso es un nombre, un llamado; la forma que inventamos para unimos.

El significado sonoro al que atendemos.

William Carlos Williams: "Me gusta pensar en el dibujante japonés Hokusai, quien dijo que cuando tuviera 100 años (vivió hasta los 99), cada punto sobre el papel sería significativo (... ) Una mañana, después de un sueño relajante, el hombre se levanta, quizá en la oscuridad previa al alba, y lo que le había estado fallando en la elaboración de los ingredientes de un color se le aparece en un destello, y los detalles se despliegan ante sus ojos …"

Me llamo Hokusai y son míos su nombre y sus acentos

porque un nombre es la voz que lo pronuncia.

La voz, siempre la voz.

Antes de hacerme una voz, reconozco mis ecos.

Nadie nace con un nombre propio.

No tengo hacia dónde hacerme, no hay asidero.

No tengo anécdotas, ni palabras puntuales.

El nombre es abstracto.

El nombre es la abstracción de lo que nombra.

Hay un término para todas las cosas, mas no aquí.

Está donde nuestros nombres, pende como carne de los árboles flamígeros.

(…)

Algunos nombres están por todas partes, tanto arriba como abajo.

Se les oculta y se les revela.

Los llamamos sabios, pues la sabiduría de la muerte suele ser nombrada pequeña sabiduría.

¿Y mi nombre? ¿Y tu nombre?

¿Dónde los encontramos, en qué bolsillo?

Donde quiera que se encuentren, mejor déjalos ahí, desconocidos.

Las palabras hablan por sí mismas, el anonimato también.

Un nombre, algo para nombrar la llegada de un día apacible.

Mariposas, por ejemplo.

Insectos, son sólo insectos voladores; plagas si se multiplican.

El día tiene sus mariposas contadas. Dos semanas, mueren. Yo vi su imperio en Michoacán; pequeñas e infinitas alteraciones en el orden de las cosas. Santuario del caos. Yo jugaba a atraparlas cuando era niño. Mi padre las sumergía en alcohol para disecarlas.

Pero las mariposas no me sobrevivían, a menudo las pulverizaba.

Aún no sé que nombre darle a eso.

Nombramos lo que amamos.

¿Tengo que confesar el nombre de mi padre?

Nombramos lo desconocido para perder el miedo.

Sólo con el miedo vencido y humillado puede preguntarse un nombre; sólo dominándolo podemos unir ese nombre con el nuestro.

Aún no sé en qué momento sucedió la ligera variación de mi historia.

¿Fue acaso el día en que nació Hokusai?

De dónde nació el principio, de dónde llamarme como me llamo.

En qué lugar sucedió el aleteo de la mariposa que cambió todo.

Quizás fue necesario hablarte para entender ni nombre.

Fue necesario escribirlo para recordarlo.

Un recuerdo, una estampa de la memoria; mi retrato sería impreciso sin esa escena a tu lado: tú, sentada en el restaurante, con la falda café, la limonada, la blusa blanca, los papeles dispersos y a la espera, como yo, de un día apacible:

Disculpa, ¿puedo sentarme? Hola, soy C..., ¿puedo preguntarte tu nombre? Perdón. Te vi y no pude evitarlo. ¿Vienes sola? ¿Te molesta si fumo? ¿Tú fumas? ¿No? Qué bueno, yo también he intentado dejarlo. Escribo, bueno, entre otras cosas, escribo. ¿Y tú? No conozco a nadie que trabaje en eso, ¿cómo es?, ¿vas a los hospitales?, ¿tienes que tratar con enfermos? Sí, mi papá, pero hace mucho. Sí, con quimioterapia. Fue horrible, pero no quiero hablar de eso. Nunca te había visto en este restaurante. Trabajo por aquí. Te recomiendo las verduras a la plancha. Pero, volviendo al punto, ¿cómo te llamas? No soy muy bueno adivinando. ¿Mariana, Erika? Tranquila, calma, es sólo una mariposa. En el pueblo de mi papá les dicen ratones voladores o mariposas de papel. Ya se fue. Tranquila. Siéntate. ¿Cómo dijiste que te llamas? Ah, es un nombre muy bello. Gracias por confiármelo. ¿Puedo decirte algo más?, tienes los dientes más lindos que he visto; perfectamente alineados. Calma. Tranquila, fue sólo una mariposa, te digo que no volverá. Oye, te tengo otra pregunta, la última, te lo juro: ¿sabes cómo se dice tu nombre en japonés?





Christian Peña (Ciudad de México, 1985). Poeta y ensayista. Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas de 2005 a 2006 y 2006 a 2007 y del FONCA en el programa Jóvenes Creadores 2010-2011 y 2012-2013. Premio Nacional de Poetas Jóvenes Jaime Reyes 2008 por De todos lados las voces. Premio Nacional de Poesía Amado Nervo 2009 por El síndrome de Tourette. Premio Nacional de Poesía Joven Francisco Cervantes Vidal 2009 por Janto. Premio Nacional Clemencia Isaura 2011 por Libro de pesadillas. Premio Ramón López Velarde 2011 por Herakles, 12 trabajos. Premio Enriqueta Ochoa 2012 por El amor loco & the advertising. Premio Efraín Huerta 2013 por Veladora. Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2014 por Me llamo Hokusai. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen en la categoría de poesía por Expediente X.V. Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano en 2017 por ¿O es sólo el pasado? Premio de Poesía Juan Eulogio Guerra Aguiluz 2018 por Short stories, otorgado por la UAS. Premio Iberoamericano Bellas Artes de Poesía Carlos Pellicer para Obra Publicada 2019 por Expediente X.V.