La condena de Abrahán y otros poemas de Aketzaly Moreno

Actualizado: nov 18



Agüero

A Thoreau y Lafargue


A muy temprana edad padecí la fiebre de las pérdidas; era muy necia para poder reconocer en el tuétano de las alucinaciones el tono de las grandes profecías, develadas sólo en la angustiante parálisis del sueño: “Serás muy joven todavía, pero ya tendrás la vida embargada, pondrás el lomo bajo las horas y atizarás el fogón con la pura mano; a ti también van a decirte, qué ingenua serás entonces para creerlo, que el esfuerzo se cobra alto, ( y mira si no lo estoy pagando caro); dejarás los riñones en el fuete porque estarás aferrada a la gloria y a las victorias materiales; te dirán que eso es la felicidad, y tú confiarás que es ahí donde reposa. Todavía tendrás los dientes completos pero ya estarás enferma y avejentada; en el último intento verás cómo basta con anhelar algo para saberlo destruido.

Por eso te digo ahora que estás a tiempo, abandona todo, sé el edificio que se desploma a la vista del mundo, que el asombro ajeno no te intimide; nadie meterá el cuerpo en los escombros en nombre de la vida pues saben que todas esas alcobas ya estaban deshabitadas. Desiste, renuncia: renunciar es el modo más legítimo de aferrarse la voluntad.

Persigue el ocio y venéralo, hazlo tu principio más sagrado y la finalidad de todas tus decisiones.

Avanza sólo si es para detenerte en un lecho donde se consagre a la vida; procura siempre que tu sudor se desprenda sólo del orgasmo; sé verde como lo son las plantas, imítalas hasta en el silencio; busca la dicha en la tierra y el agua; toda felicidad que descansa en el andamiaje del capital se paga sólo con quebrantos.

Pero si eres indiferente a este presagio y entregas tu cuerpo a las jornadas, sabrás por tu propia carne que el trabajo empobrece más que la miseria.”




No importa que la puerta esté cerrada y se atranque el cerrojo con alambre, o que las cortinas retarden el relámpago y las ventanas mitiguen el estertor de su fractura.


No importa cuántas veces se ponga la cartera sobre los mostradores, ni las ocasiones en que uno haya trasnochado en las salas de espera; no importa que la fe venga de pronto previa a los anuncios; no importa que opuesto al pronóstico despierte y reaccione y uno sienta que ha saltado la brecha, pues un racimo de palabras asoma y nos hace pensar que también tendremos buena mano para la pisca, porque seguramente ha de venir su temporada.


No importa que alguno se haya atrevido a fijar fechas o que aguarden intenciones por concretarse, seguras de poder pronunciar “mañana” como una esperanza que tras bambalinas tiene mucho sabor a hecho, y por eso mismo hayas elegido que los periodos de silencio fueran el término apropiado para no invocar rodajas de cebolla ahogadas en vinagre.


No importa que la temperatura haya menguado y acepte el alimento; no importa que de pronto se miren y esperes un guiño lanzado al pretérito, como si la complicidad fuera ventaja.


No importa con cuánta anticipación reconozcas en esa tos el aviso de la muerte; no importa que incorpores su cuerpo y le aproximes el aire como se hace con un vaso de agua; no importa que tu miedo pretenda arrancar el segundero, porque en ese tiempo microscópico por encima de todas las estrategias que esbozan tus manos crispadas la resignación es el único remedio; no importa cuánto la repudies y aplaces su llegada amotinando tu consuelo en la brizna de ese pulso; no importan tus ruegos, las cuentas,

todas las plegarias, abuela, la guadaña es una llave que abre todas las puertas.





Qué caro me salió haber nacido, haber venido a este mundo con la misma hambre que cargaba la perra que a bien tuvo parirme.


Arrastro con un cuerpo saqueado por la herencia obligatoria de nuestras carencias; cuando acicalo la enfermedad con la áspera lengua de la noche encuentro los restos de saliva en mis heridas, los pedazos amargos de mi carne adheridos a la poca sangre de mis huesos;


éstos son los síntomas de quien avanza sobre una cuerda floja, no sin vértigo, o tira de ella, no sin arcadas, con la intención de vadear un caudal implacable y por fin hallar simetría, sin embargo, pese al esfuerzo, en cada extremo de la soga aguardan siempre los rostros de la enfermedad o el hambre.


A la mala, he entendido que para sobrevivir a los diluvios no hay que encomendarse ni temer a dios, basta con estar hambreado.


Cuesta decirlo.


Todo me falta:


No es ésta la vida que quiero, pero es para la que me alcanza.




La condena de Abrahán


Fuera de escena, Jehová, reproché tus palabras: Adiviné luego por qué el hombre lleva prensada la ambición en el hocico.


Yo era un viejo de apenas cien años, cuando decidiste cribar mi semen en el vientre de aquella con quien acordaste la partida de Agar; ¿qué puede decir del reposo éste que desde entonces tuvo pocas noches tranquilas?


¡Qué precio cobra tu apetito! Agar merodeando en el desierto con el niño a cuestas, con la sed de plomo; acaso lo abandonara para no verlo morir, quizá prefiriera huir de ese tránsito como si fuera lejos de la muerte (premonición de tu recelo), ¡pero yo nunca quise rechazar a ningún hijo mío!


Tenía cien años cumplidos, Jehová, cuando elegiste mi primogénito; qué vergüenza ser un padre viejo, qué triste verlo mamar las tetas marchitas de su madre. Sin embargo, amé a este niño más que las telas preciosas o la danza de las mujeres, cuyas matrices habías cerrado para mí; adoré a este niño mío que nombré incluso para tu gracia.


Fuera de cuadro, Jehová, me reprochaste el amor; rompió tu rabia las cortinas de cristal donde guardabas las aguas y atestigüé tus celos y tu coraje porque en mí había el amor más grande y más puro que un hombre puede profesar, y éste no era para ti.


Fuera del guion, Jehová, te recriminé; no escribiste que en noche previa me emborraché hasta el desconocimiento y golpeé la puerta de mis siervos temblando y ascendí el monte llorando los tres días; no está escrito el modo en que se quebró mi pecho cuando Isaac preguntó por el carnero y yo, Jehová, con qué cara iba a decirle, qué cara tengo ahora sino de perro mentiroso; y qué dócil se puso cuando comprendió el sacrificio. Y todas las criaturas que me diste afán de súbditos, la esposa que llegó después, la bonanza y el respeto ajeno no valen ni una sola de las lágrimas de mi niño. ¿De qué crees tú que tengo el corazón hecho para ser capaz de trocar su terror? ¿Cómo hay que hacer para sacar de la cabeza del hijo la imagen de su padre empuñando el cuchillo de degüello? ¿Cómo crees tú que se puede vivir después de este suplicio? Pero claro, ya sé con qué clase de padre estoy hablando.


Enmarcado, Jehová, está tu egoísmo divino, tus aires de héroe en boca de ángel, tu ofrenda ardiendo en el matorral; y probablemente, sintiendo lealtad, hayas por fin dormido con toda la tranquilidad que yo ya no tuve nunca.


Fuera de escena, Jehová, quedó la imprecación: todas las palabras con que te reñí, todos los modos con que te nombré quedaron fuera de tu sagrado argumento, porque en la vanidad de tus memorias no hay lugar para mis perpetuas maldiciones.



El entenado


Con esa misma severidad con que juzgas al hijo del hombre (de otro hombre), quiero ver que castigues el fruto de tu cuerpo; que enjuicies sus actos adolescentes como obra del más experimentado y raciones afecto y alimento a cambio de suntuosas reverencias; así como le exiges a la madre que decida entre tú y el intruso, quiero ver que le pidas que reniegue de la carne de tu carne.


Y esa dureza y ese rechazo que llamas educación y disciplina, sean también la vara con que midas lo que es tuyo.


Qué duro es cargar con la semilla que no es de uno y darle de tragar lo que no se ha ganado, qué joda es culpar al del otro por el fracaso de una relación que no puede ser perfecta, qué joda ser esa madre que concuerda con el juez y en todo caso, qué verdadera joda tan más grande ser ese entenado.





Aketzaly Moreno (Ciudad de México 1992). Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado los poemarios Vuelo de muerte (Invocaciones, 2018), Nada queda en pie (Ojo de Golondrina, 2019) y Relámpago en la sangre (Mantra edixxxiones, 2019; Cae de Maduro, 2021). Ha colaborado con poemas suyos tanto en medios digitales como impresos. Ha montado obras de teatro e impartido talleres de creación literaria tanto a nivel nacional como internacional. También ha participado en encuentros de poesía en Argentina, Bolivia y México. Desde 2018, junto con Magnolia Cabello, organiza el Encuentro Internacional de Poesía en Milpa Alta. Actualmente dirige la editorial autogestiva Ojo deGolondrina.