José Emilio Pacheco: vista aérea, por Nancy Hernández García


José Emilio y su obra son vastos en sí mismos, infinitos; autor y obra, fuente inagotable de saber; hombre de letras, impregnado del olor de la tinta, dicen algunos de sus críticos que tuvieron la oportunidad de conocerlo en persona y en papel. Corregidor maniático de su trabajo, entregaba a las editoriales y revistas prácticamente nuevos textos aunque la modificación fuera mínima; así de poderosa es la palabra. El afán del escritor no era narcisismo ni perfeccionismo, sino la imperante necesidad de darle al lector un texto digno de su atención; consciente de que la literatura es entretenimiento y al mismo tiempo una forma de acceder al conocimiento, Pacheco se esmeraba porque estas características estuvieran en su obra.


La versatilidad es don de pocos, el autor fue de ésos. A lo largo de su trayectoria cultivó prácticamente todos los géneros literarios: cuento, ensayo, poesía, novela, teatro, guion cinematográfico, crítica literaria y traducción. Exploró todos porque todo le interesaba y decirlo desde distintas perspectivas fue una manera de abarcar la totalidad. Era tanto lo que quería asir que no le fue suficiente con ser José Emilio Pacheco y se inventó heterónimos, con los que jugó a los lectores más de una broma, rasgo aprendido de Jorge Luis Borges, de sus autores preferidos y figura tutelar. El múltiple desdoblamiento— en términos psicoanalíticos— posiblemente también esté relacionado con su condición de hijo único y con una culpabilidad por existir mientras que sus hermanos no lo lograron…


Aquí cabe mencionar un dato bastante curioso con el que recién me encontré. He dedicado los últimos ocho años de mi existencia a la investigación y lectura de la obra de José Emilio, por supuesto que también he pasado los ojos por todo lo escrito respecto a su vida personal, pues un autor debe verse en su contexto para dimensionar su obra, y no lo sabía. En las conferencias de YouTube, cuando se refiere a cosas personales, dice ser hijo único; escritores que fueron sus amigos y con quienes tengo contacto, saben que fue hijo único, sin embargo, en su discurso de recepción del Doctorado Honoris Causa concedido por la Universidad Autónoma de Campeche, dijo:


Lamento que mi padre haya muerto antes de que habláramos de muchas cosas, pero sobre todo de ese 2 de octubre de 1927. El 2 de octubre no sé por qué tiene un efecto muy raro en la historia mexicana.

[…] Y el 2 de octubre de 1927, es el asesinato del general Francisco R. Serrano y sus acompañantes, en Huitzilac.

El niño pobre pero muy brillante del Instituto Campechano se había abierto camino en la Revolución y en aquel año era el procurador de Justicia Militar. Su firma resultaba indispensable para que, ante el acoso de la prensa norteamericana al régimen del general Plutarco Elías Calles, el asesinato en Huitzilac del general Serrano y sus acompañantes, a manos del general llamado curiosamente Claudio Fox, se presentara no como un crimen, no como un asesinato, sino como la ejecución legal de unos militares rebeldes.

Para ello se elaboró el acta de un inexistente consejo de guerra, que no tenía validez alguna sin la rúbrica de mi padre. Él se negó a firmar el acta infame y entonces le hicieron consejo de guerra por insubordinación militar, lo encarcelaron en Tlatelolco y lo condenaron a ser fusilado al alba siguiente. La extraña y milagrosa actitud a última hora del todo poderoso caudillo Álvaro Obregón le salvó la vida. Mi madre, recién casada, perdió a su primer hijo y a todos los que le siguieron. Otro milagro como el de Obregónpermitió que yo naciera en 1939.[1]

Es esta una revelación interesante de la vida privada del escritor, si la contrastamos con la otra hecha por Laura Emilia. Nunca hubo una mención a ningún hermano o hermana, salvo en el poema “De mis hermanos muertos”, pero hace unos días, mientras leía A mares llueve sobre el mar, biografía dirigida al público infantil y escrita por su hija Laura Emilia, me encontré con una fotografía cuyo pie dice “Los hermanos Carmen Sofía y José Emilio en una foto de los años cuarenta”; la imagen reproduce a un José Emilio niño y a una niñita unos años menor que él, el parecido de ella con la señora Carmen Berny es grande. El nombre mismo desata todo tipo de especulaciones y la curiosidad por saber qué fue de ella, ¿por qué nunca antes la mencionó siquiera?, ¿será acaso que el sentimiento de culpabilidad era tanto? El caso es que ahora sabemos que tuvo una hermana.


Desde luego, en la poesía también hay ficción para lograr ciertos efectos, no obstante, la fotografía es una prueba real de que en este poema no hay demasiada. El destino es insondable, si Carmen Sofía hubiera llegado a la vida adulta o si los otros hermanos hubieran nacido, quizá no tendríamos José Emilio Pacheco. Nunca lo sabremos, pero el poeta lo plasmó en estos versos:

De mis hermanos muertos

No sabré nada nunca.

En cierto modo les gané:

Estoy vivo.

Fui Caín sin saberlo. [2]

Carmen Berny dio a luz a un niño sano el 30 de junio de 1939 en el Hospital Francés, mismo día en que llegaría a México el barco Sinaia, que trajo a cientos de refugiados españoles, y faltaba poco para que iniciara la Segunda Guerra Mundial. La casa de los Pacheco Berny estuvo en el número 183 de la calle de Guanajuato en la colonia Roma de la Ciudad de México, después se mudaron a la colonia Condesa, "domicilio en el que nació su hermana Carmen Sofía"; "En aquella época esa zona de la ciudad se caracterizaba por ser muy tranquila, hogar de muchos emigrantes llegados de Europa después de la Segunda Guerra Mundial". [3] A la luz de estos datos biográficos, resulta interesante el poema y el final tiene una fuerza tremenda.


El autor siempre tuvo una actitud ética y moral que se refleja tanto en su obra como en el recuerdo que de él quedó entre nosotros, pues hasta ahora no he sabido de alguien que diga haber recibido un mal trato o descortesía de su parte, al contrario; tampoco fue un escritor de escándalos, prefería la tranquilidad y el silencio aunque su fama lo hiciera un autor bastante conocido. Encarnó también la figura del intelectual, como antes de él lo fuera don Alfonso Reyes o incluso el propio Octavio Paz, y por eso fue asediado por los periodistas que siempre pedían su opinión sobre el tema que estuviera en boga o para las entrevistas de fin de año sobre los mejores autores o libros.


No tener hermanos —aunque antes de su nacimiento su madre adoptó a su sobrina Thelma Berny— le daría dos características: la tranquilidad, sus diversiones eran de tipo intelectual o para cultivar sus inquietudes no físicas, por decirlo de alguna manera, y una imaginación muy fértil, alimentada por sus lecturas. El también escritor, Vicente Quirarte, que además fuera su amigo, dice:


Su infancia fue plena, evidentemente fue un niño introvertido, pero era un niño pleno, con una gran curiosidad por el mundo como nunca dejó de serlo. Pedro Cervantes, el escultor, su compañero en la escuela primaria lo recuerda pálido, muy blanco, como siempre fue, con sus pantalones cortos y cómo no le gustaba compartir las actividades vulgares, comunes y corrientes de los demás niños, pero evidentemente él tenía un mundo interior que se refleja en los personajes niños de sus cuentos. [4]

Quizás en esa introspección el autor descubrió que, como Whitman, contenía multitudes, o como Pessoa, era más de uno en un solo ser. La poeta Myriam Moscona apunta:

A punto de iniciarse la segunda guerra, doña Carmen no sospechaba estar arrullando simultáneamente a Fernando Tejada (traductor y poeta), Pedro Durán Gil (periodista), Julián Hernández (traductor y poeta), Ricardo Ledesma (articulista y recopilador), Daniel López Lagunas (periodista), Pedro y Carlos Núñez (periodistas culturales), Pedro Damián (poeta) y a JEP (periodista, poeta y traductor). Ellos convivían ya en esos ojos que, tras los barrotes de la cuna, adivinaban por primera vez la lluvia. [5]

La multiplicidad del autor venía desde adentro.


El núcleo familiar también fue importante en el desarrollo del escritor; por las páginas de sus remembranzas desfilan los nombres de sus abuelos maternos: Emilio Berny (le enseñó a leer) y Emilia Abreu (tenía una gran facilidad para narrar historias oralmente), el pequeño pasa las vacaciones con ellos en el Puerto de Veracruz, leyendo. Por el lado paterno, su abuelo, Hermenegildo Pacheco, era muy pobre pero tenía la virtud de tocar todos los instrumentos musicales. Su padre, José María Pacheco Chí, fue militar y notario (carrera hacia la que esperaban que se inclinara José Emilio y por eso ingresó a la Facultad de Derecho de la UNAM, sin embargo, su verdadera vocación estaba en la facultad vecina, Filosofía y Letras) pero también músico. Seguramente de aquí sacó el oído para la poesía. Cabe aquí una anécdota con la que Pacheco justifica su horror por el reconocimiento buscado, pues es vano y absurdo, y se decanta por un perfil bajo:


Tal vez ustedes saben que mi padre hizo una composición, al parecer muy popular aquí [en Campeche] pero desconocida en el resto de México, que se titula “Vámonos a Campeche”. Tampoco ignoran que hubo otro compositor campechano llamado Emilio Pacheco —éste sin relación alguna—, autor de una hermosa canción —yo no sé qué es, si bambuco o un pre-bolero—, llamada “Presentimiento”, que tiene letra de Pedro Mata, un poeta español del siglo xix.

Cuando empecé a escribir— por cierto, el primer texto que publiqué en mi vida, cuando tenía dieciséis años, se titula “Campeche” y trata de Campeche—, en esa época, cuando empecé a escribir, muchas personas me dijeron: "¡Ah!, la vena artística le viene de su pare, el genial autor de ‘Presentimiento’". Aclaro que yo no soy nada del señor Emilio Pacheco. Las aclaraciones fueron en vano; a estas alturas de mi edad, a los setenta años cumplidos, todavía encuentro gente que me dice: "De todo lo que ha escrito usted, lo que más me gusta es su canción… el día que cruzaste, por mi camino, tuve el presentimiento…". Y de repente en las pocas estaciones radiofónicas que aún transmiten música mexicana— que ya están desapareciendo por desgracia— se ha oído decir: "Y ahora del inspirado compositor y poeta José Emilio Pacheco: ‘Presentimiento’". [6]

Otro dato que considero pertinente mencionar es el de su gusto y amor por los animales; Álbum de zoología (1998) es el libro completo de esta temática, con dibujos del artista oaxaqueño Francisco Toledo. La primera versión de ese libro se publicó en 1985 y solamente incluía algunos de los poemas que después conformarían el Álbum, las ilustraciones fueron de Alberto Blanco. Unos años después, Jorge Esquinca tuvo la idea de recopilar todos los poemas sobre animales más el Álbum de zoología, así nacería Nuevo álbum de zoología, libro más completo y amplio que alberga en sus páginas un bestiario muy interesante. [7] Al respecto, Laura Emilia escribe en la biografía del poeta: “Varias mascotas lo acompañan a lo largo de su juventud: sus perros, Monina, la Negra y la Blanca; una guacamaya y una rata blancas, una tortuga y varias aves. Después llegarían a su vida los gatos”. La relación de José Emilio con estas criaturas es estrecha.


En una vuelta de tuerca es Orso, uno de sus gatos, quien narra la vida del poeta en la biografía citada. Ambos, gato y escritor, comparten ciertas características: "Casi de inmediato me percaté de nuestras similitudes: nos sentimos fascinados por la Luna, nos gusta el silencio, nos invade una perpetua curiosidad por todas las cosas (lo cual tiene un lado bueno y otro no tan bueno), estamos alertas a cuanto ocurre a nuestro alrededor y, sin embargo, a la vez habitamos nuestro mundo propio.", ambos tienen mucho pelo, dice también que José Emilio "siempre ha tenido un gran corazón". El día que se conocieron Orso y el poeta, éste "Con mucho cuidado me tomó en su mano enorme, suave, con venas por donde casi puede verse un desfile de letras pasando a toda velocidad por el torrente sanguíneo en su viaje hacia el cerebro: a, w, z, ü, m, e, o, c, ñ… (Como ocurre con los poetas y los escritores, a José Emilio las letras le dan vida.)". Inevitablemente, la voz felina de Orso le imprime a esta narración un tinte entrañable gracias al cual podemos darnos una idea del amor del poeta por los animales.


José Emilio, el amigo, es descrito como un ser generoso, divertido y sapientísimo. La descripción de José Emilio como esposo es: compañero de vida con quien Cristina compartió también su pasión por la escritura, trabajaban juntos, ella escribía lo que le dictaba o transcribía sus textos para enviarlos a las editoriales y revistas, ambos eran admiradores del otro; pasaron juntos más de cincuenta años. En una entrevista a su hija Laura Emilia, cuenta:


Era un gran conversador, fascinante y muy divertido. Sabía muchas cosas, y nos podía platicar de la cosa más insignificante con una gran cantidad de información y una manera de comunicarla con el pasado o con lo que ocurría en el momento, y lo hacía asombrosamente.

Él nunca impuso nada; no teníamos lecturas obligatorias ni nada de eso. Mucha gente piensa que quizá crecimos con un grillete en el pie y que teníamos que cumplir con ciertas lecturas al mes, pero él nos dejó en absoluta libertad.

Lo que pasa es que cuando uno crece en ese ambiente rodeado de libros, por más que trate de escapar no puede. Me encanta la ciencia e intenté innumerables veces estudiar astronomía, geología, biología y física, pero la literatura te atrapa porque es fascinante. Es un estudio de todo: del ser humano, de la naturaleza, del Sol, de la Tierra, de las ideas, del pensamiento, de los sentimientos, y en ese sentido también es una vida fascinante. [8]


Al escritor, creemos conocerlo todos los que lo hemos leído, sin embargo, debido a la poligrafía, el público también está más o menos dividido; algunos sólo conocen al poeta, otros al narrador, otros más al autor de “Inventario”, pero todos coincidimos en Las batallas en el desierto, la popular nouvelle que se quedó en la memoria de los lectores mexicanos por la imposible historia de amor entre Carlitos y Mariana. El grupo Café Tacvba interpreta la canción Las batallas y, según palabras de uno de los integrantes, es el reclamo del compositor a Carlitos por haberle declarado su amor a Mariana, suceso que desencadena el terrible despertar de Carlitos a la realidad: "el amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio". Otro sector de su público lo conoce por sus guiones cinematográficos en colaboración con el cineasta Arturo Ripstein; en el año 2009, como parte de los festejos por sus setenta años, la Cineteca Nacional homenajeó al escritor con la exhibición de un ciclo que incluyó las películas cuyos guiones escribió: El castillo de la pureza, El Santo Oficio, El lugar sin límites, Foxtrot y Lecumberri, el Palacio Negro.


José Emilio también era poseedor de gran carisma y simpatía, en sus conferencias cautivaba a los asistentes, quienes disfrutaban con sus ocurrencias o los chistes que soltaba durante las exposiciones, pues la solemnidad no era una característica ni de su persona ni de su obra; usuario constante del humor negro, el sarcasmo y la ironía. No obstante, pese a todas estas características positivas tanto del autor como de la obra, Pacheco pasó un mal trago a causa del escritor José de la Colina, quien inició hacia él una serie de agresiones que pasaron de ser literarias a personales: querellas propias del campo intelectual, que sin embargo lo afectaron en su momento. En las páginas del Diccionario crítico de la literatura mexicana dedicadas a Pacheco, Christopher Domínguez Michael dice que su generación (los nacidos en los sesenta) no recibió bien la obra de José Emilio:


Pero lo más relevante está en esos textos recientes que tanto irritan a los escritores de mi generación, para quienes JEP se convirtió en una bestia negra disfrazada de cordero, cuyos lamentos aburren por reiterativos, melodramáticos y facilones, esquelas lacradas de pésame por la miseria y la corrupción de México, país que Pacheco entierra cada semana. [9]

Y acentúa de dónde viene este rechazo:


Entre mis amigos y estrictos contemporáneos, quienes han renegado de Pacheco suelen ser poetas que rechazan las formas civiles de la poesía y endiosan a escritores cínicos (en el sentido filosófico de la palabra) y aparentemente herméticos como Gerardo Deniz, cuya oscuridad hace babear a algunos jóvenes. De una moda a la otra: en los años setenta, JEP era la insignia de una poesía discretamente comprometida y fácil de imitar para los principiantes. En los noventa, década de acedia política y bizantinismo estético, lo fácil es copiar a Deniz y dar una jerga pedante por poesía. Ni Pacheco es el más ridiculizable de nuestros poetas ni Deniz habla la divina lengua de la posmodernidad.


Con la frase de remate Domínguez Michael se lleva un gran acierto: ambos poetas tienen su trayectoria y cada uno tiene a sus lectores, aunque me temo que en el caso de Deniz son muy escasos y por la simpatía hacia él y la reticencia para JEP, se han privado de la lectura— en sentido estricto— de una gran pluma.

El negrito en el arroz

Sobre este episodio de la literatura mexicana pueden consultarse los siguientes textos: José Emilio Pacheco, "Inventario. La injuria, la calumnia y la impunidad", Proceso, 780, 27 mayo, 1991, pp. 52-53. En este Inventario José Emilio expresó su molestia y pesar por las “críticas” que sus libros de poesía habían recibido por parte de jóvenes partidarios del también escritor José de la Colina, destinatario del texto. Quince días después, Pacheco volvió a utilizar su columna para responder a De la Colina; esta vez de manera más directa: "Inventario. Respuesta de José Emilio Pacheco a José de la Colina", Proceso, 762, 10 junio, 1991, pp. 47-49. Las críticas, que más bien parecen ataques personales, comenzaron en 1989. Un texto de Fernando Fernández, "Y la vocecita no deja de llorar", "El Semanario Cultural" de Novedades, 397, 26 noviembre, 1989, p. 8, que se supone es una reseña a Ciudad de la memoria (1989), plasma su desprecio a la poesía de Pacheco porque le parece una queja interminable y finaliza diciendo que le hubiera parecido más interesante saber la opinión del poeta sobre el clima o sobre las palmeras de la Condesa. En 1991, también en "El Semanario Cultural", suplemento que dirigía De la Colina, aparecieron "reseñas" de Fernando García Ramírez y Josué Ramírez.


José Emilio Pacheco es conocido porque en su trayectoria no hubo escándalos ni pleitos con otros escritores; las personas que lo conocieron dicen que era un hombre muy amable y divertido, generoso. No obstante, 1991 fue un año duro para el escritor, pues, atravesó por esta serie de ataques del español José de la Colina, a la que se sumaron Fernando Fernández, Fernando García Ramírez y Josué Ramírez, quienes en ese entonces iniciaban su carrera como críticos literarios; y también el poeta Gerardo Deniz, cuyos textos negativos sobre JEP fueron recopilados en su libro Anticuerpos, Juan Pablos Editor/Ediciones Sin Nombre, 1998 (Los Libros del Arquero): "Fanerogamita" (Sobre la reseña de Fernando García Ramírez a Ciudad de la memoria), pp. 51-52; "El joven parco" (Sobre la nota "La injuria, la calumnia y la impunidad", Deniz dice que se siente "ninguneado" por no ser mencionado con su nombre sino solamente aludido y afirma que él y De la Colina no soportan a Pacheco. El texto me parece un ataque a la obra, al escritor y a la persona.); "El festín de los enanos (Música de Rolón)" (Deniz sardónico sobre el homenaje que JEP recibió al cumplir 53 años de edad; lo llama "Maese Zorrocloco" y a sus amigos "enanitos" y "monaguillos", además de tildar su obra de mediocre: "la aplastante mediocridad de toda su escritura".), pp. 61-62; "De te fabula narratur" (Respuesta a Paco Ignacio Taibo I ["El naufragio de la crítica" (defensa de la poesía de JEP), El Universal, 25 octubre, 1990, p. 2Cult; 24 septiembre, 1991, p. 1Cult.], que a su vez, le había respondido a su nota anterior, "El festín de los enanos"), pp. 63-64; y "Pacheco bajo el microscopio" (Sobre el poema "Pornoágrafo", de Los trabajos del mar [1983]).


Como conclusión personal sobre esta polémica sostenida (por los "críticos" de JEP) durante todo 1991 diré que el tiempo, los lectores y la crítica han puesto las cosas en su lugar. Pacheco es un escritor popular, cuya obra goza de la simpatía de críticos y lectores, tanto es así que recibió los premios con más prestigio en el mundo hispano: Premio Cervantes de Literatura, considerado el Nobel de las Letras en Lengua Española, y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, ambos en 2009… existe la justicia poética.


Para terminar

José Emilio, "hombre como todos, con los mismos problemas e idénticas obligaciones" se tomó muy enserio —como debe ser— su trabajo de escritor:


Nunca me ha parecido lo que antes se llamaba la vocación literaria trabajo opuesto o separado de la vida, ni conjuro capaz de protegerme de la realidad. Simplemente me gusta hacerlo; en todo momento me he sentido bien cuando escribo. […]

Irremediablemente anacrónico, necesito del lenguaje, de la literatura para vivir. La actividad literaria me parece sólo una forma de vida, un posible destino que puede aceptarse o rehusarse subjetivamente y que ha de ser todo o nada: el trabajo más serio o el más inútil. [10]

El querido y admirado escritor cerró los ojos para siempre el 26 de enero de 2014 en la Ciudad de México, víctima de un accidente doméstico: un golpe en la cabeza por un tropiezo con una pila de libros le provocaría daño cerebral. ¡Quién lo diría! Los libros, su objeto más amado en este mundo, lo llevarían a la tumba…


Valga este repaso por la vida, obra y milagros de José Emilio Pacheco para (re)leerlo, pues su escritura es agua fresca donde se bebe lo mejor que las letras mexicanas pueden ofrecer hoy y siempre.


[1] José Emilio Pacheco, Lo que no está escrito no existe, discurso de recepción del Doctorado Honoris Causa, Universidad Autónoma de Campeche, 2014, pp. 18; 19 y 20.

[2] Tarde o temprano, FCE, 4ª ed, 2014, pp. 653-654.

[3] Véase Laura Emilia Pacheco, José Emilio Pacheco: A mares llueve sobre el mar, SM, 2014 (Col. Así Ocurrió/Instantáneas de la Historia).

[4] Comentario del poeta Vicente Quirarte en el documental Historias de vida: José Emilio Pacheco, Canal Once.

[5] Myriam Moscona, “José Emilio Pacheco, de frente y de perfil”, tomado del sitio de Facebook José Emilio Pacheco: textos a la deriva.

[6] José Emilio Pacheco, Ibid, pp. 16-17.

[7] Cfr. la nota en la página legal de Nuevo álbum de zoología, Era/El Colegio Nacional/Instituto Sinaloense de Cultura, 2013.

[8] Ariel Ruiz Mondragón, “La amenaza de naufragio marcó a José Emilio Pacheco. Entrevista a Laura Emilia Pacheco”, Replicante. Disponible en https://revistareplicante.com/la-amenaza-de-naufragio-marco-a-jose-emilio-pacheco/?fbclid=IwAR0EMZ73h7Y6Uf6RqlHCWFKtsXXDZobJBuduYOg8HsEC1hoQhZNQGKBXcGE [Consulta: 19/07/2020].

[9] Christopher Domínguez Michael, “José Emilio Pacheco”, en Diccionario crítico de la literatura mexicana (1955-2011), FCE, 2012 (Letras Mexicanas. Serie Mayor), p. 456.

[10] José Emilio Pacheco, “José Emilio Pacheco”, en Los narradores ante el público, Joaquín Mortiz, 1966, pp. 258-259.



Nancy Hernández García (Cuautla, Morelos, 1990). Licenciada en Letras Hispánicas y maestra en Letras Mexicanas por la Universidad Nacional Autónoma de México, actualmente cursa el Doctorado en Humanidades (Literatura) en la Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa; de 2011 a 2015 fue colaboradora del proyecto Diccionario de Escritores Mexicanos del Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas (UNAM). Ganó el primer lugar del Premio Bitácora de Vuelos Ediciones (2018) en la categoría de Ensayo con el libro Palabra e imagen en Morirás lejos. Un acercamiento a José Emilio Pacheco y obtuvo Mención Honorífica en el 1er Concurso Letras de Volcán (2019) con el poema “Credo citadino”. Ha publicado ensayos, entrevistas y poemas en diversas revistas digitales. Ha impartido cursos sobre literatura mexicana en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (UNAM), Centro Cultural Elena Garro, Librería Jorge Cuesta y La Casa de las Escritoras Mexicanas. Escribe las columnas literarias «hojasueltas» y «Malgré tout» de las revistas digitales Amarcafé y Palabrerías, respectivamente. Cree que leer y escribir es la mejor manera de soportar la carga de la existencia.