La magia del desorden, de María Fernanda Quiñones Ornelas




La vida es un constante escudriñar y ser escudriñado que se repite ad nauseam. En el fondo todos, tanto el vecino que escucha conversaciones y bosqueja las dinámicas de interacción familiar, como el que conoce de la A a la Z la vida de sus amigos y quienes se fanatizan con sus artistas o autores favoritos y quieren conocer cada mínimo detalle de sus vidas, desarrollan en mayor o menor medida una fascinación por la intimidad ajena.


Hace algunos años tuve que subir al departamento de unos vecinos para llenar una forma. Esos pocos minutos viendo su sala bastaron para tener la certeza de que estaba frente a personas con síndrome de Diógenes. Montones y montones de cuadernos viejos y libros sin orden alguno plagaban las repisas, sepultando esa área de su hogar. Era un exceso, lastimoso visualmente y casi electrizante. Estando allí no pude evitar pensar en mi propio desorden y sin lugar a dudas, la experiencia debió ser para mí algo parecido a un enxiemplo medieval, pues regresé a recoger mi habitación. En ese momento vi en el desorden algo negativo, pero ¿no es acaso del caos primordial de donde surge la luz? ¿no la propia tradición bíblica registra en el génesis que en el principio todo era tinieblas y desorden?


Todo aquel que haya nacido en la capital del país entiende sobre hacinamiento, así como de la necesidad que motiva las tendencias minimalistas que están en boga: optimización del espacio y de la mano de ésta, el orden se impone como régimen totalitario cuyo slogan probablemente versaría exactamente igual al de los partidarios del Brexit “retoma el control”. Ampliar visualmente las dimensiones de un espacio que mantiene las cosas en su lugar no supone reto alguno, pero sí supone la aniquilación del hálito vital que permea los objetos en esa habitación, la victoria de la estructura por encima del contenido.


Tal y como las obras literarias, el ser humano también está sujeto a la descripción, clasificación y análisis de sus espacios y objetos; quizás el orden es la poética de la vida, una poética sin alguien que ostente su autoría, antes bien, se vale de la diseminación de quienes la consolidan para instaurarse. Nos venden la idea de que el orden es sinónimo de poder y de tomar las riendas de nuestras vidas, de que el orden es el camino que conduce a la felicidad y debemos aspirar a vivir permanentemente en él; no nos dicen, en cambio, que la felicidad perpetua es más un grillete que un estado de plenitud, que el orden esconde un secreto: la automatización y pasividad que requiere, pues hemos olvidado cuestionarnos qué o quiénes impusieron las cosas en el lugar que aparentemente les corresponde. Nuestra sociedad se empeña en hacer reduccionismos dicotómicos, en ver blancos y negros en lo que en realidad es una escala variopinta.


Inanimados, al fin y al cabo, los objetos y utensilios en nuestros hogares son el boomerang indicador de nuestra propia vida y, por ende, de la imposibilidad de quietismo —que no quietud—; siglos han pasado y todavía está vigente el retorno a los orígenes. Buscamos constantemente regresar al punto de partida en que se supone deberían estar nuestros espacios, como si la vida fuera un videojuego al que se le reinicia en espera de que volver a la configuración predeterminada nos diera oportunidad de hacer las cosas “bien”. ¿Quién sería el primero en relacionar con nuestra complejidad y propio caos la trayectoria de un vestido —desde la percha de nuestros clósets, su breve estadía en algún sillón o silla de nuestra habitación y su reclusión en el bote de la ropa sucia — o la de los trastes, primero en la alacena de la cocina y luego en algún rincón de esta o de nuestros cuartos?


Extremistas religiosos y divulgadores de la palabra de Marie Kondo han externado su rechazo hacia el desorden. Los primeros por considerarlo cualidad idónea para que aniden demonios y los segundos —y no menos absurdos, por cierto— por ver en los objetos sin uso una atadura con el pasado, como si el pasado fuera algo de lo que pudiéramos deslindarnos, como si la memoria no fundiera objetos, lugares y momentos. El desechar ciertos objetos que no tienen un propósito es una percepción bastante utilitaria de la vida. Es cierto que no es bueno para nuestra salud mental erigir templos al pasado, pero parte de construir una atmósfera de intimidad implica conservar algunos objetos que revistan un valor sentimental, que refuercen esa máscara de personalidad que todos usamos.


Nos guste o no reconocerlo, el desorden es el orden constitutivo de nuestra realidad y ejemplos de ello hay por doquier: la tendencia del universo a la entropía, la información desperdigada en la web, la falta de planificación urbana, la señalización y numeración en la ciudad, el diseño caótico del transporte público y las personas que no respetan sus límites de seguridad ni sus espacios marcados para hacer fila. Vivimos en la ironía generada por el contraste entre la realidad y los discursos que nos fuerzan a negarla.


El desorden es testimonio de nuestra individualidad. En una ciudad en que las agencias inmobiliarias construyen cada vez más edificios arquitectónicamente homogeneizantes, cuando menos lo que hay dentro de nuestros apartamentos debería tener rasgos distintivos, esencia. Y es que el acomodo en nuestros espacios guarda estrecha relación con la forma de estructuración de nuestro pensamiento y materializa algunos de nuestros rasgos identitarios.


El cambio se expresa a través del desorden ¿qué sería de la historia de la humanidad sin mujeres y hombres que se atrevieran a alterar lo que previamente estaba establecido? La teoría del péndulo para la explicación de la historia del arte quedaría anulada, al igual que las vanguardias y la poesía en verso libre. Los descubrimientos científicos y el patrimonio histórico también verían mermas, pues se han nutrido con aquellos individuos que han sabido darle otra vuelta de tuerca a la situación. El desorden, entonces, debería tener una relación sinonímica con la palabra “dinamismo”, ese dinamismo también puede aplicar para nosotros, pues es una verdad irreductible que la lejanía le da una perspectiva diferente a las cosas. Tal vez todo este tiempo lo que estuvimos calificando como desorden sólo era un orden esperando validación del stablishment.



María Fernanda Quiñones Ornelas (Ciudad de México, 1995). Egresada de la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM, FES Acatlán. Colaboró en el número 85-86 de la revista Punto en línea.