La pecera, un cuento de Jesús Gardea



a Tomás Mojarro

Fue un sábado cuando nos trajeron la pecera. Dos hombres, cargándola, la metieron en la sala. Mi padre les indicó que la pusieran en el piso, sobre la alfombra. Por la ventana de la sala, entraba la luz del sol. La luz le arrancó a la pecera vivos reflejos. Yo cerré los ojos, y cuando los abrí, mi padre y los dos hombres ya estaban en la puerta. Mi padre les firmaba un papel apoyándose en la pared mientras que ellos le decían algo referente a la pecera. Mi padre les devolvió el papel y luego les pidió que repitieran las instrucciones que acababan de darle. Para entonces, yo ya estaba cerca de él, y pude oír también. Mi padre tenía una manera muy peculiar de escuchar las cosas: se llevaba las manos a los bolsillos del pantalón y agachaba un poco la cabeza, como si lo estuvieran regañando. Los hombres terminaron de hablar, y casi sin darnos cuenta, abrieron la puerta y se fueron. Mi padre no se movió, y yo regresé a la sala.

Nunca había visto una pecera tan grande. Tenía el tamaño de una cómoda o de un escritorio, y era algo menos alta que yo. Mi padre, desde la noche anterior, había quitado la mesita del centro y retirado hacia un lado de la sala el resto de los muebles. Me pareció la medida bastante acertada, no por lo grande de la cosa sino porque tenía, a lo largo de las esquinas, unos adornos sobresalientes de metal, unas cabecitas filosas de pescado, que podían dañar los muebles. Todos los vidrios de la pecera, menos uno, frente al que yo estaba, tenían grabadas hermosas sirenas. Las sirenas parecían flotar, con sus largos y ondulantes cabellos, en el aire disuelto en la luz de la sala. Durante un segundo —lo recuerdo claramente— tuve la sensación de que ellas me rodeaban y jugaban conmigo. Aún hoy, alrededor de veinticinco años después, no encuentro, no he encontrado nada que se compare a ello.

Mi padre me llamó a su lado. Seguía con las manos dentro de los bolsillos y miraba hacia la pecera: me preguntó si me gustaba. Yo le dije que sí. Mi padre no era expresivo, pecaba de sequedad, como el desierto, pero ese día me sonrió, como un sol, desde arriba.

Conservé en la memoria, por años, las instrucciones de los dos hombres. No así mi padre, que al otro día, las había olvidado para siempre. Él no quería agua en la pecera, y me lo dio a entender repitiéndomelo palabra por palabra. Tal vez temía que el niño pudiera rebelarse contra semejante absurdo. Mas yo no protesté. Guardé silencio: yo estaba pensando en las sirenas. Mi padre también se enfundó en su silencio, con sus cigarros y sus interminables tazas de café. A partir de ese momento, yo y el mundo, dejábamos de ser para él.

No recuerdo haberme sentido mal por estos destierros a que me condenaba mi padre casi todas las noches, terminada la cena. Pues había algo en él de suma tristeza, de dolorosa huida, que desarmaba cualquier resentimiento. Nada me hubiera gustado tanto entonces como haberlo acompañado hasta el alba, cuando se retiraba a dormir sólo por un par de horas; pero a mí el sueño me vencía pronto, en la misma mesa del comedor. Sin embargo, la noche del sábado que trajeron la pecera, las cosas comenzaron a cambiar. Mi padre, igual, bebió su café y fumó sus cigarros acodándose en la mesa. Yo, más dormido que despierto, lo vi llevarse por tercera vez la cuarta taza de café a la boca. Debo decir que de mi sueño yo me despertaba al cabo de unas tres horas de haberlo iniciado, y que solo me iba a mi cama. Pero esa noche que digo, no. Porque esa noche mi padre, con un tono de voz que no le conocía, se levantó a despertarme y a acompañarme a la cama.

El domingo, mi padre y yo, como siempre, salimos a desayunar a la calle. El restaurant al que estábamos abonados, y en el que hacíamos dos comidas diarias, quedaba a dos cuadras de la casa. Caminábamos en silencio, mi padre a paso corto, echando humo, como un fuego distante y solitario. Yo me retrasaba constantemente, pero él me esperaba, sin volver la cara, y cuando sentía que estaba ya a su lado otra vez, echaba a andar de nuevo. El mutismo de mi padre, ni aun en el restaurant, cedía más de lo necesario, de ordenar su platillo y el mío, unos cigarros, y un chocolate para mí.


Los domingos alargábamos la sobremesa hasta cerca del mediodía. Yo me entretenía mirando pasar por la ventana donde se encontraba nuestra mesa, a la gente y los automóviles que brillaban con el sol. Mi padre hacía otra cosa: desplegaba el periódico dominical adquirido en el camino. Pasaba las páginas con tanta lentitud como si cada una fuera un periódico y él el peor de los lectores. Pero mi padre no leía; yo sé que no leía. Eran sus pensamientos los que lo ocupaban y no las noticias. Este volverse hacia sí mismo y encerrarse a trajinar con sus ideas, le daba un aspecto infeliz. El dueño del restaurant quizás veía lo que yo veía, porque mil veces lo sorprendí mirando a mi padre con lástima desde la caja registradora. El dueño del restaurant y mi padre nunca se tuvieron simpatía, nunca. De ahí que la mirada del hombre fuera también de desprecio, incluso cuando me miraba a mí. Desde luego que era de mi padre la culpa de que a ninguno de nosotros se nos viera bien. Las espinas iniciales brotaron de él en la primera mañana que vinimos al restaurant, de su lengua, que usó como un estilete contra el dueño a la hora de pagarle y preguntarle si podría recibirnos como abonados. Por supuesto, el otro reaccionó y le dijo a mi padre que para aceptarlo debía traerle una carta de persona conocida y solvente que respondiera por él. Mi padre protestó. Respondió que quién iba a querer ser fiador suyo por un plato de lentejas. El del restaurant alzó ligeramente los hombros y siguió haciendo las cuentas que había suspendido al acercarnos nosotros. Mi padre ya no abrió la boca. Acabábamos de llegar a la ciudad. No conocíamos a nadie. Cualquier otro restaurant nos hubiera quedado lejos, en el centro de la ciudad, y a mi padre no le gustaba montar en camión ni tener que perder el tiempo. Además, estaba yo, enfermo de una pierna que no me permitía andar mucho.

El domingo del que ahora me acuerdo, aquél que siguió al sábado de la pecera, cumplíamos seis meses de estar asistiendo habitualmente al restaurant. Desayunamos lo de diario. En vez de una barrita de chocolate, mi padre le pidió tres al mesero. Yo las recibí como si hubieran puesto en mi mano, de bulto, un sueño. Mi padre me hizo la advertencia de que no fuera a devorármelos todos, pues no tardaríamos en regresar a la casa, en la que, si no dejaba nada para comer allá, iba yo a sufrir. A la advertencia, imaginé la larga mañana de domingo que me esperaba, encerrado, sin poder seguir viendo, como en el restaurant, la gente y los automóviles. En verdad, mi padre estaba cambiando: era la primera vez que un domingo volvíamos temprano a la casa —eran entonces las nueve de la mañana. Me sentí triste. No me acordé de las sirenas.

Apenas entramos a la casa, mi padre se fue a la sala y colocó uno de los sillones frente a la pecera. Luego me mandó traerle el cenicero y los cigarros. El cenicero era un bote cuyo contenido mi padre aprisionaba con sus pulgares. Mi padre, de seguro, conservaba allí el rastro de mil días de humo y de profunda ausencia. Quería a su cenicero —no como a mí; pero lo quería. Se lo dejé en el piso. Le ofrecí después uno de mis chocolates, uno que decía “Almendras” en la envoltura. Mi padre no me oyó, estaba ya con su alma entre las sirenas, el cenicero en una mano.

¿Cuántas horas duró así mi padre, llevándose cigarro tras cigarro a la boca, sin alterar la postura, casi sin parpadear?

Hacia la tarde, me vi forzado a abrir la puerta de la calle porque adentro, por el humo, el aire se había vuelto irrespirable.


Mi padre tosió. Luego se levantó para entrar al baño a hacer gárgaras. Decía que el tabaco le destrozaba la garganta, como un tigre. Y mientras él estaba en el baño, yo me acerqué a la pecera, a las sirenas, deseando que me rodearan, juguetonas, como el día anterior. Pero no vinieron. El ruido de los gargarismos llenaba la casa y yo pensé que quizás eso las había asustado.

El lunes no encontré a mi padre en su cuarto. Tampoco estaba en la sala. Las cortinas cerradas, y la luz eléctrica encendida, daban la sensación de que aún fuera de noche. Me fijé que en el reloj de la sala eran las ocho de la mañana. Generalmente a esa hora estábamos desayunando en el restaurant porque mi padre debía entrar a su trabajo a las nueve. Busqué detrás de los sillones, pensando que tal vez estuviera escondiéndose de mí. No acabo de entender por qué fui a mirar allí con una sonrisa: mi padre jamás tuvo la menor inclinación a jugarme bromas. La sala me dio miedo y me apresuré a descorrer las cortinas. La luz del día entró despacio, haciéndome sentir mejor. Pero también me reveló el cenicero de mi padre en la pecera, en el fondo. De color aluminio —mi padre le había quitado la etiqueta—, el botecito brillaba igual que una estrella o un pedazo de vidrio en un solar. Mi padre, se echaba a ver de inmediato, lo había colocado exactamente en el centro del fondo con alguna intención.


Las horas de aquella mañana pasaron para mí a vuelta de rueda, a gotas y con hambre. Me abuirrí de contemplar los objetos de la sala, la pecera, el botecito, y luego me quedé dormido.

El dueño del restaurant no se sorprendió al verme entrar solo. Esperaba que mi padre apareciera después de mí, sin duda. El restaurant estaba vacío. Uno de los meseros doblaba las servilletas en la mesa que mi padre y yo acostumbrábamos ocupar. El mesero no reparó en mí. Yo me detuve, mudo como un palo, frente a la caja registradora. El dueño hizo sonar una campanita en la caja, accionando una manivela. Cuando la campanita se calló, me dijo:


—¿Y tu padre?

—No sé —le respondí.


El dueño me miró desconcertado.

—¿Cómo que no sabes?

—No sé —repetí.


El dueño me miró con buenos ojos.

—No he comido —le dije.

—Sí —me dijo, y buscó con la vista al mesero que estaba doblando las servilletas.





Texto tomado de Los viernes de Lautaro (1986), primera edición en Lecturas Mexicanas, No. 61, editado por la Secretaría de Educación Pública, el Fondo de Cultura Económica y Siglo XXI editores.



Jesús Gardea nació en Ciudad Delicias, Chihuahua, el 2 de julio de 1939; murió en la Ciudad de México, el 13 de marzo de 2000. Narrador y poeta. Fue profesor en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. Miembro del SNCA desde 1994. Premio Xavier Villaurrutia 1980 por Septiembre y los otros días.