Los calendarios: 10 años sin Germán Dehesa + dos de sus ensayos




Eso es alcanzar lo más alto,

lo que tal vez nos dará el Cielo:

no admiraciones ni victorias

sino sencillamente ser admitidos

como parte de una Realidad innegable,

como las piedras y los árboles.

Jorge Luis Borges



Más allá de su función rigurosa –segmentar nuestra aventura giratoria en torno al sol– los calendarios se han agenciado una labor más crucial y conveniente: secuaces de la Historia con mayúsculas, tienen por costumbre recordarnos qué hicimos hace unos cuantos kilómetros, hace unos cuantos años, en fin, qué hacíamos en otros tiempos. El inconveniente –todo ha de tener un inconveniente– es que llevamos varios siglos de acontecimientos, quién sabe qué tan valiosos y qué tan triviales, por lo que el calendario ha comenzado a sufrir una razonable saturación. Aún más, cada quince o veinte minutos ocurre un evento prodigioso, digno de una nueva efeméride. A estas alturas el calendario sólo podría darse abasto si cada cuadrito midiera un metro cuadrado y los acontecimientos estuvieran resumidos en letras muy-pero-muy chiquitas. Por eso, en este mundo lleno de prodigios y de calendarios ineficientes, sólo nos queda discriminar a criterio personal y recordar los prodigios entre prodigios, aquellas cosas que realmente nos importan.


Naturalmente, los alcances de nuestro cariño no están reducidos a los familiares, los amigos y los amantes –que son otra especie muy particular de prodigio–. Los autores ocupan siempre un lugar especial en el corazón y en la memoria, en grado suficiente, por ejemplo, para conquistar un par de recuadros en nuestro almanaque. Mientras escribo corre la última semana de agosto, y la presencia tenaz y vigilante del calendario que está colgado junto a mi escritorio me anuncia la proximidad de un aniversario triste. Dentro de unos días, precisamente el 2 de septiembre, serán diez años desde la dolorosa partida de Germán Dehesa. Dolorosa, sí. Y es que después de leer uno o dos de sus libros –que recopilan los artículos que publicó a lo largo de los años– Germán Dehesa deja de ser el hombrecillo que aparece en las portadas para convertirse en alguien cercano, alguien que nos ha acompañado durante mucho tiempo, tan familiar como las piedras y los árboles.


Puede deberse a la profunda intimidad de su prosa, que se construye a fuerza de sencillez y sinceridad. Puede deberse a la cotidianidad de sus anécdotas que, si bien se muestran un tanto lejanas debido al transcurso de los años, conservan la actualidad suficiente para ubicarnos en un México conocido y encantador, poblado de pequeños milagros cuya cercanía los mantiene ocultos. Puede deberse al formato de los artículos, breves y orgánicos, que bien podrían ser epístolas escritas especialmente para nosotros. Puede deberse al papel que adoptamos como lectores, más próximo a un confidente que a un espectador pasivo, como si el narrador nos convirtiera en cómplices de sus pensamientos secretos –pensamientos que, quizá, ya han cruzado por nuestra mente alguna vez, pero que Dehesa se apresuró a patentar–. Puede deberse al tono juguetón que permea la prosa, risueña en casi todas sus páginas aun a costa del propio Dehesa, quien solía batallar bastante desde su trinchera de padre, escritor y mexicano. Seguramente se debe a todo el conjunto y a la forma excepcional en la que se combinan sus elementos. Yo podría seguir echando flores de aquí al próximo aniversario, pero no sería suficiente para explicarlo del todo. Para mí, Germán Dehesa ya no es sólo el hombrecillo que aparece en las portadas, sino un inestimable maestro y un muy querido amigo.


He comprobado con pesar que Germán Dehesa es un autor invisible para la mayoría de mis contemporáneos –e incluso algunos no tan contemporáneos–, lo cual me parece sencillamente inexplicable. La brecha generacional no es un impedimento para disfrutar su humor, y su prosa conserva la actualidad del primer día. No lo entiendo, pero me rehúso a aceptarlo. Me he dedicado a recomendarlo en cada oportunidad, casi siempre con resultados felices. Y, por supuesto, esta recomendación queda extendida hasta ti, muy querido lector. Puedo garantizarte, por lo menos, un par de sonrisas que, en palabras del propio Dehesa, estando el mundo como está, no es poca cosa.


Por supuesto, no me creas a mí, querido lector. Puedes comprobarlo tú mismo. Gracias a la amabilidad de sus hijos –Ángel, Juana Inés, Mariana y Andrés–, en este otoño podemos presentarles un par de sus artículos. A título muy personal, te ofrezco la garantía de que sus letras no tienen ningún desperdicio, y que si continúas leyéndolo tarde o temprano acabará por ocupar un lugar especial en tu biblioteca y en tu calendario –si no te gusta y me encuentras en la calle, me la cobras–. Poco más qué decir. Pronto se cumplirán diez años desde que el querido Germán se fue, y no hay mejor forma de recordarlo que leyendo lo que nos dejó. Tal vez hoy no sea viernes, pero hoy toca.


Abraham Valenzuela





Envejecer


Palabra terrible, maldición moderna, tragedia universal. Un buen día (esto de buen día es un decir) despertamos, nos miramos al espejo, escudriñamos la piel que está alrededor de los ojos, nos tocamos esas leves flacideces que comienzan a mostrarse en la papada y en el cuello (miré los muros de la patria mía, dice Quevedo) y una noción se abre paso lenta pero seguramente en el centro mismo de nuestros pensamientos: estoy dando el viejazo. Se piensa en hacer ejercicio, se piensa en el doctor Ortiz Monasterio, se piensa en la tortuosa adquisición de un bisoñé y luego mejor ya no se piensa en nada. El que no se consuela es porque no quiere. Bien mirado (pero muy bien mirado) la vejez comienza en el instante mismo del nacimiento; hasta la pequeña Carlos, que apenas está aprendiendo a decir caballo, envejece a razón de 24 horas diarias. Lo que sucede es que la vejez camina al principio con paso muy menudo; tanto que no sentimos cómo se nos va instalando en las articulaciones del cuerpo y del alma. Simplemente una mañana, ahí en el espejo nos está guiñando los ojos y nos obliga a decir las palabras terribles: ya no soy el de antes. Envejecer.


Se envejece cuando para recoger un objeto que se ha caído al suelo ya no se inclina uno rápidamente (de hacerlo, nos tienen que llevar a urgencias en rígida posición de saludo oriental) sino que muy despacito, dobla uno las rodillas y toma uno el objeto caído. Todavía mejor: no levanta uno nada hasta que llega Josefina y le dice: oiga, Jose: ¿esa que está tirada no es mi pluma?


Se envejece cuando al jugar a los maderos de san Juan con la hija de dos años, ya nada más puede uno repetir el juego quinientas veces y no las dos mil reglamentarias que uno jugó con los hijos mayores. Se envejece cuando, al paso garboso de la mujer guapísima que atraviesa la calle, ya no se piensa en seguirla, sino en el tecito de manzanilla que lo está esperando a uno en la dirección totalmente opuesta. Se envejece cuando contempla uno al hijo adolescente poniéndose nuestra ropa y se comprueba que le sienta infinitamente mejor que a uno. Y luego todavía se acerca el badulaque todo oloroso a nuestra loción y pregunta: oye, pa, ¿tú cómo le hacías? Así en pasado y refiriéndose a cualquier cosa; dando por establecido que uno ya no hace nada, que todo lo digno de hacerse o ya lo hizo uno o ya no lo hará nunca. Se envejece cuando al llegar a nuestro restorán favorito, nuestro amigo mesero nos pregunta: ¿va a tomar su consomecito de siempre? Se envejece cuando, por hacer plática, se dejan caer los nombres de A. J. Cronin, Humprey Bogart, Kim Novak y los presentes fruncen el ceño como tratando de acordarse de la fundación de Tikal. Y aquí estoy, en pleno domingo y frente al espejo, desconociéndome y reconociéndome. Soy un día más viejo, pero como diría mi papá Borges: hoy soy inmortal.


Enero 7, 1990

El aguacate (sus felicidades)


En el principio fue el susto. Con mi fiel Pancho al volante, dirigíame yo a mi suntuosa oficina. Unas cuadras antes de llegar, un automóvil blanco comenzó a acercarse peligrosa y obsesivamente a mi azul vehículo conocido como el Bluemoon. Con una exquisita mezcla de paranoia urbana y megalomanía decidí: me van a secuestrar. ¡Métele, Pancho!, dije con voz de Venustiano Carranza. Todo fue inútil; a unos metros de mi oficina, el carro blanco se adelantó e interpúsose en nuestro camino; de su interior descendió velozmente un personaje que, de inmediato, golpeó con los nudillos el vidrio de la ventanilla. Mi razonamiento fue el siguiente: si además del rescate (que podría ascender hasta los cien mil pesos) tengo que pagar el vidrio, no book (no libro). Bajé el vidrio y el ominoso personaje me preguntó: ¿es usted Germán Dehesa? (pensé en responderle que era Salinas rasurado, pero consideré que me podría ir peor). Sí, respondí con una voz más acalambrada que la que ha de tener Chapa Bezanilla. Lo que el señor me dijo a continuación es uno de los parlamentos más inesperados y extravagantes que mis considerables oídos han escuchado: "yo ya logré congelar el guacamole". ¡Whaaat! Mi supuesto raptor era un alto funcionario de Aguamich (Aguacates Michoacanos S. A. de C. V. Tel: (452) 8-02-25) que estaba francamente deseoso de compartir conmigo el patriótico orgullo de haber logrado la fórmula para mantener estable el guacamole durante un tiempo suficiente para venderlo en todos los mercados nacionales e internacionales. La noticia me resultó satisfactoria de muchos modos: a) no me iban a secuestrar, b)el cañedísimo (antes aztequísimo) guacamole ya no se va a poner prieto y c) ahora van a saber gringos y alemanes lo que es el sabor de la patria tenochca (ya nada más faltaría el chicharrón, las carnitas, los totopos y los gusanos de maguey y un módico tequilita al canto).


Febrero 3, 1997



Abraham Valenzuela, cuentista, ensayista y crustáceo, devoto partidario de la fantasía y del humor, nacido en el Estado de México en 1997. Actualmente cursa la licenciatura en Lengua y Literatura Hispánicas en la FES Acatlán, UNAM.

Actualmente encabeza los planes para aniquilar a la raza humana.