Los caminos del vacío: "También esto pasará" de Milena Busquets




Cuando una vida se encuentra incapaz de hablar, sus palabras son salvadas por la literatura, su inquietante espejo. Cuando debemos pasar por las etapas de un duelo, nos transformamos en una bestia herida que ataca todo a su paso: No prestamos oídos a ninguna conversación porque la gente a nuestro alrededor intenta darnos su mano, pero al mismo tiempo, esperan nuestra fulminante caída.


Y entonces, cuando nos quedamos sordos, la literatura es la única con el poder de traspasar aquel umbral de dolor, para gritarnos que no estamos solos y en sus brazos podemos derramar lágrimas sin vergüenza. La magia despierta en el momento de vernos reflejados en la vida de otro, aún en contra de la distancia del tiempo, ficción o espacio.


En el año 2015, vieron la luz las palabras balsámicas de una autora llamada Milena Busquets, con su libro También esto pasará. Su protagonista, Blanca, nos muestra la forma de su tristeza, los extremos a los que la conducen y, también, saber que no durará para siempre.


Después de la muerte de su madre, Blanca presenta una necesidad de cubrir el vacío emocional. Principalmente, utiliza el sexo como ancla para permanecer cuerda en el presente, sin embargo, se queda en un mero aspecto banal, pues acude al lado salvaje de su naturaleza para apagar el estado de consciencia, lo que le recuerda siempre la ausencia de su madre. Así, a cada momento, está en búsqueda de cualquier muestra de cariño para sanar sus heridas, pero sólo se vuelven más profundas.


Con la muerte de una persona importante, nacen constantes preguntas que emergen a mitad de un insomnio: ¿Quiénes somos gracias al amor de nuestros seres queridos, muertos y vivos? ¿En quiénes nos convertiremos después de esa muerte? ¿Hemos perdido nuestro tiempo? ¿Qué haremos sin esa persona? ¿Cuál será nuestra vida ahora? ¿Dónde está nuestro valor? ¿Qué hacemos si las calles están llenas de recuerdos y gritan su nombre?


Blanca es perseguida por esta sensación de soledad que no calman ni siquiera esos placeres efímeros; percibirse como una desconocida a días del funeral de su madre, la hace alejarse un rato de los aires de Barcelona para emprender unas vacaciones a Cadaqués, rodeada de las personas que han formado parte de su historia, y de esta forma, reconfigurar su percepción de la vida y de sí misma, ante todo, con esos cuarenta años de experiencia, una tonelada sobre sus espaldas.


La narración en tiempo presente, a la par que Blanca se dirige a su madre, provoca el aumento de su soledad, principal epicentro de sus decisiones tomadas, pues Blanca busca aferrarse a hombres que le recuerdan la protección de su madre.


El tema de la muerte permite una reflexión desde dos extremos; la pérdida de un ser querido representa un desajuste en una brújula, sin dejar de lado el otro extremo, pues suele ser peligroso cuando nos pudrimos en vida: los huesos se vuelven polvo, parecidos a edificios desplomados. Cuando se alimentan las pesadillas, insomnios o sombras, si se forjan constantemente los barrotes de una jaula de depresión, sólo tendremos en consecuencia que nuestra vida continúe, dejándonos a atrás; y a veces es demasiado tarde reparar los daños. Todos estos sentimientos brillan en las relaciones de Blanca con sus amantes, amigos y hasta en los encuentros fortuitos. A veces, parte de su refugio son las drogas junto al sexo. La protagonista tiene un miedo verdadero a crear relaciones sólidas más allá de la establecida con su madre, prefiere quedarse en un estado líquido, sin percatarse que todas sus acciones la llevan al vacío. Poco a poco, nos dirigimos hacia una jaula de melancolía; por ejemplo, al guardar en el armario prendas de ropa que conservan todavía el aroma de esa persona y nos cobijan en contra de su ausencia. En un principio es reconfortante pero, ¿no es forjar más los barrotes de esa jaula?


Un duelo es arma de doble filo, parece el camino hacia un precipicio y, al mismo tiempo, nos conduce a una mejor vida. Los muertos que tenemos detrás de la espalda dan forma a una nueva versión de nosotros mismos, aunque siempre persiste el peligro de quedar atrapados en el pasado. El otro camino de la encrucijada consiste en el descubrimiento de nuestra resiliencia, aprender a respirar de nuevo, recuperar poco a poco las palabras y ver el legado de esa persona ausente como un motor más. Blanca recorre Cadaqués con la esperanza de encontrar a su madre para buscar razones que le ayuden a seguir, convencida de que el amor tiene el poder de regenerar nuestros pedazos rotos.


El lector encuentra más que empatía hacia la protagonista; también sus propias penas, si es que pasa por las etapas del duelo, se verán reflejadas desde las primeras páginas. Se presenta un efecto de epifanía al comprender uno de los mensajes de esta historia, que consiste en percibir cómo en los momentos más cruciales, nuestra verdadera esencia está encerrada detrás de millones de máscaras y envolturas de las que una profunda melancolía es autora.


Finalmente, Blanca recordará, tras experimentar una visión de su madre caminando por la playa, aquel cuento chino que le sirvió igualmente para enfrentar la muerte de su padre cuando fue adolescente, donde un emperador pide a los más sabios de su reino una frase para cada situación de la vida: “También esto pasará”.


Una vez que sucede está visión, por fin, se libera de ese letargo y de la jaula que no le permite ver el amor que todavía prevalece: sus hijos.


De nuevo, con valentía comienza a sonreír, a sentirse bien con ella misma y su alrededor; adopta a un viejo perro, manda a la tintorería el abrigo de su madre, y a pesar de quitar su aroma, en el último intervalo de su camino comprende que debe seguir adelante sin ella, pero que no por eso la olvidará.


Otro de los principales reflejos de esta historia para el lector es la brújula perdida de Blanca: aquel temperamento aletargado, atormentado y taciturno, sordo a las razones de quienes le rodean, se convierte en una especie de consuelo para quien, de alguna manera, tiene sus esperanzas marchitas; pero, más que nada, está dirigido a esa bestia herida que todos, en algún momento, hemos llegado a ser. Blanca es el personaje mesías para dotar a la vida de las palabras que le faltan, para reiterarnos la idea de cómo la literatura sirve de espejo para la realidad. Al final, entiende que los momentos de euforia pasan, al igual que las penas; aunque, a la hora de vivirlas, parezcan una eternidad.


Krizia Fabiola Tovar Hernández nació en el Estado de México, en 1996, estudió la licenciatura en Ciencias Humanas en el Centro Universitario de Integración Humanística. Algunos de sus escritos han aparecido en las revistas Reflexiones Alternas, Poetómanos, La página escrita, Teresa MAGAZINE, La liebre de fuego, Buhó Negro, textos dispersos para mentes libres, Vertedero cultural, el morador del umbral, revista Katabasis, Revista hispanoamericana de literatura, Revista literaria monolito, Revista Literaria Pluma, MÁS Literatura, Prosa nostra MX, Clan Kutral y El templo de las mil puertas.