Los fantasmas, de Luis Paniagua



Vibra

bajo el impulso de una imagen, mero

fantasma

Jorge Guillén

El fantasma me gusta porque se mantiene concomitante con la conciencia de la realidad (la del lugar donde estoy); así se crea un espacio doble, dislocado, escalonado, dentro del cual una voz (no sabría decir cuál, la del café o la de la fábula interior), como en la marcha de una fuga, se pone en posición indirecta: algo se trama; es, sin pluma ni papel, un comienzo de escritura.

Roland Barthes

INTENTAR RECONSTRUIR LA HERIDA

y dejar mellados todos los cuchillos de la casa.

El mutilado sabe del muñón que retoña

en un puño cerrado, una flor dolorosa.

Así la poesía: se sabe que está allí, se siente

que ocupa un lugar en el espacio:

ese brazo amputado,

ese miembro fantasma.


UNA IMAGEN BORROSA

(viernes de la próxima semana)

compone, en principio,

este poema.

Una foto movida:

una imagen bicéfala

dislocándose

en un presente simultáneo

(viernes de la semana pasada).

Eso que se presenta en el desfase:

Un verso que se esconde

en este verso;

un verso que se niega

en este verso.

Eso que se presenta en el desfase.

NO OÍMOS MANOS RÁPIDAS

esgrimiendo ganzúas como argumentos.

No sentimos sus pasos

rodeando los muebles

a través de la sala

(descifrar su alfabeto).

No fuimos bañados

por su voz de cascada,

pero supimos, como salmones,

llegar hasta la fuente.

No miramos el rostro que miramos

(un témpano en deshielo),

pero nos quedó el frío

en las entrañas,

la humedad

y la líquida certeza

de todo lo que escurre.

Me sofocaba un poder desconocido,

al cual me era imposible resistir.

Samuel Johnson

APARECE DE PRONTO.

Por lo general,

en un lugar oscuro

(de tu cuarto,

de tu cráneo,

de tus ojos).

Se instala.

El entorno es el mismo;

pero sabes

en el fondo del sueño

que todo tiene un aire

como a deshuesadero.

Aparece de pronto

(y parece de pronto):

pendular


como aquellos magnetos

que levantan chatarra,

pero a la inversa:

se desploma su plomo

helado

como sábana de cruda carne

sobre carne desnuda…

e intentas decir algo

(o escribirlo),

pero el aire es tan denso

que se atora

como si fuera felpa entre las fauces,

como si fueran de algodón las agallas,

como si fueras un pez de fieltro

boqueando

en la mesita de noche

cubierto de alfileres,

sangrando grecas y bordados

muy lejos de un estanque

o de cualquier alfabeto iluminado.

Yo soy el lugar de sus apariciones.

Juan José Arreola

SEDIENTO, DEBAJO DE ESTAS LETRAS

como abajo de escombros, hay


un espectro en jirones

mantenido en pie por la muleta de la inercia.

En estas palabras tartamudas trastabilla,

da traspiés, atraviesa y trasvasa

este verso.

Con un poco de suerte encontrará

un vaso de agua, cierto venero,

una plegaria que algo salve

de estas líneas.

No busques más, no hay taxis.

Gabriel Zaid

El espanto es el signo del fantasma.

Pascal Quignard

UN TACONEO DIFUSO MÁS ALLÁ DE LAS FUENTES:

En este parque, □ descansa sobre los bancos de niebla.

Nada se distingue más allá de dos palmos de narices.

Nada. En la noche sin astros

el miedo es el único taxi disponible.

ALGO, SIEMPRE OTRO,

se escribe (se describe)

en estas líneas.

Esto que escribo ahora

no es lo que leerás

(es lo que estás leyendo, pero

no lo que deberías,

lo que ibas a leer)

aunque ahora lo leas.

Lo que ves

no es lo que es:

una puerta que se abre

por sí sola,

o un trasto que se desbarranca

(en la cocina, a medianoche,

desde la mesa hasta este momento

o la memoria)

no son bisagras rechinando

al moverse

o metal o plástico o cerámica

(volcándose en fragmentos,

ese otro alfabeto)

dando contra el suelo…

son un impulso que ya no ves,

una mano que se verifica

nada más en su ausencia

y en el movimiento de los cuerpos

en apariencia inertes.

Algo, siempre otro,

es eso que se escribe.

Pero su □ sentido

se esconde en el residuo,

□ habla de algo

que no está,

pero que subyace

en esos signos:

esto que lees aquí,

por ejemplo.





Luis Paniagua (San Pablo Pejo, Guanajuato, 1979). Es poeta, ensayista, promotor cultural y editor; coautor de los libros colectivos Espacio en disidencia (Praxis, 2005), Al frío de los cuatro vientos (Instituto Mexiquense de Cultura, 2006), Una raya más. Ensayos sobre Eduardo Lizalde (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2013) y La sonrisa afilada: Enrique Serna ante la crítica (UNAM, 2018); y autor de Los pasos del visitante (premio Punto de Partida, 2004), Maverick 71 (el Premio Literal Latin American Voices 2013), Casa (XXXIX Premio Hispanoamericano de Poesía San Román 2014), (Dirección de Literatura-UNAM-Revarena Ediciones, 2017), Umbrales (Universidad de Guanajuato, 2018), La patria es pradera de corderos segados por el filo y el veneno (Colegio de Ciencias y Humanidades-Naucalpan, UNAM, 2019) y Claro rastro del mundo oscurecido (Premio Bellas Artes de Ensayo Literario Malcolm Lowry 2020, de próxima aparición). Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y del Programa de Estímulos a la Creación y el Desarrollo Artístico del Estado de México. Poemas suyos han sido traducidos al inglés y al portugués.


Fotografía: Rosalía Sámano.