Los pianos de Susana, un cuento de Guillermo Romero



Caminas lentamente bajo la lluvia negra. Los árboles lloran su infinita amargura y dibujan ríos de mil hojas amarillas bajo la débil luz de las farolas. Se trata de una calle ruinosa y otoñal. El corazón oprime y no escampa al anochecer, todo lo contrario. Apenas te salvas del diluvio con el periódico. Buscas las llaves entre el mar de monedas del bolsillo y al fondo miras por fin la herrería verdosa del zaguán, la hermosa puerta cancel, la entrada de adoquines, ese patio inundado de begonias y heliotropos. Descubres el viejo caserón. Deslizas la mano por las verjas coloniales porque adoras su ruido metálico, abres la puerta de roble y el mundo renace oscuramente.


No hay servidumbre. Es preciso acomodar el abrigo en el alto perchero, encender pronto la estufa para preparar el té de manzanilla y dejar el periódico mojado en la mesita cuadrada de la estancia. Suspiras. Besas el retrato sepia de Laura y buscas un cigarro en los cajones, pero Susana te sorprende con sus manitas tibias insistiendo en dejarte ciego: quiere que adivines quién es, y tú le alegras la noche y sus mejillas de rosa al responder que es tu princesa, la niña de tus ojos. Pide que olvides el cigarro y la estufa, atrapa la humedad de tu mano y la acompañas velozmente. No se le puede negar nada. Cruzan con alegría el verdor de los pasillos, recorren la biblioteca y dan con el piano espléndido. Tomas asiento en el sillón de terciopelo gris y te muestra con júbilo sus avances notables con Schumman, las lecciones aprendidas recientemente, los nocturnos de Chopin, cada uno de sus sueños afables e inocentes. Ha valido la pena, desde luego. No queda más que felicitar a la institutriz, pero al diablo con ello: se atrevió a dejarla completamente sola y sin avisarte.


Suspiras. No quieres arruinar el momento. Susana es una niña prodigiosa, tiene un futuro prometedor. Una oleada de orgullo te invade y escuchas sonriente la maestría temprana y soberbia que palpita entre sus deditos interpretando Liebesträume Nº 3 de Liszt, su pieza favorita. Susana te abraza, te besa tiernamente en la frente y alcanza a decir que eres el mejor papá del mundo. Entonces recuerdas la estufa encendida. Vuelves con el juego de té, dejas arder la chimenea, redactas el despido de la institutriz, lees una novela de Balzac y Susana toca el piano majestuosamente hasta que sus párpados se rinden y es la hora de dormir.


Subes las escaleras de caracol con Susana entre tus brazos. En su habitación se olvida del sueño, abraza su muñeca Fifí y después de repetirle ese cuento de dragones imperiales, hablan sobre tu amada Laura que los cuida y bendice desde el cielo, y le recuerdas que eres un padre orgulloso, y que ella es y seguirá siendo tu princesa, la niña de tus ojos. Le devuelves el beso cálido en la frente y dejas su puerta entreabierta. Llevas el juego de té a la cocina y antes de volver a la novela te asombra escuchar el piano espléndido. Cruzas el verdor de los pasillos, recorres la biblioteca, y Susana no está frente al piano. Tampoco duerme en su habitación. Parece broma, acaso un simple juego de escondidas, pero el brillo de su música vive y persiste aunque la lluvia perpetua rebote en los ventanales. Te desesperas. Buscas a Susana por todos los armarios, por todos los rincones; la buscas debajo de las camas robustas, en los recintos poco transitados, y sólo encuentras nuevos pianos tocando al mismo tiempo aquella pieza soñadora de Franz Liszt. La lluvia no es ningún impedimento y buscas a Susana en el patio y los jardines. No aparece por ningún lado.


Al regresar te detienes en el amplio sillón de la estancia y descubres que el espejo no proyecta tu rostro. El espejo y el tiempo se han oxidado para siempre. Sobre la mesita descubres una carta. Antes de abrirla, escuchas a una mujer extraña y a un hombre adormilado en la escalera.


—Por eso nadie quería vivir aquí, ¿verdad?

—Tranquila. Sólo son pianos.

—¿Y así va a ser siempre?

—Pues esta casa era de un señor que se volvió loco al enterarse del asesinato de su hija.

—Pobre. ¿Y cuándo fue eso?

—Hace mucho. Para que ella volviera puso pianos en toda la casa.

—¿En serio?

—Eso dicen.

—Qué terrible.

—Debió ser un buen hombre, ¿no crees?

Se retiran. Miras la fecha lejana del periódico y ahora sabes que desaparecerás con la reverberación del día. Aun así, abres la carta que ya conoces. Susana te agradece haber sido el mejor papá del mundo y te pide volver mañana puntualmente para disfrutar de sus avances con Schumann y despedirse de nuevo con un beso tierno en la frente.





Guillermo Romero Vázquez (Tijuana, 1994). Licenciado en Lengua y Literatura de Hispanoamérica (UABC). Docente y escritor. Autor seleccionado por Ediciones Afrodita en la antología poética El deseo de Cupido (Argentina, 2021). Participó en Desfile de poetas: Antología del Festival de Poesía Antonio Alatorre 2021 (México, 2021). Sus textos se han publicado en diferentes revistas literarias (Marabunta, Acuarela Humanística, Cardenal Revista Literaria, Texto/Trazo, entre otras). Productor de obras teatrales para jóvenes en Tijuana, Baja California. Actualmente cursa la Maestría en Educación con Orientación en Innovación y Tecnología Educativa en la Universidad del Valle de México.