"Nadie en mi familia ha muerto de amor": sobre la Poesía no completa de Wislawa Szymborska


Ya lo he dicho alguna vez, en alguna parte: hablar bien de alguien o de algo, sobre todo de lo que amas, es complicado. Es más sencillo hablar mal, máxime, de lo que odias. Y si no es más sencillo, al menos es más reconfortante. Cualquiera conoce la dimensión catártica del chisme: decir a espaldas del otro, cuánto nos molesta su otredad recalcitrante, su comportamiento cognitivo en las redes sociales, sus apreciaciones literarias, qué sé yo, hasta el uso de sus puntos y comas.


Hablar bien de lo que amas es como un ejercicio pleonásmico para los sentimientos, casi un ocio, una obviedad para el sentido del gusto. El lenguaje no alcanza a abarcar todo lo que se experimenta cuando se pone en palabras una pasión. Y sin embargo, es necesario. Aún a nuestro pesar, hay textos que logran trasladar ese sentimiento potente hasta sus letras. Reflexiono: cuando hablamos bien de lo que nos arrebata, la lengua se traba, sudan las manos, se detiene el tiempo, el estómago tropieza sus engranes, levantamos las manos, los gestos tienden a lo inverosímil, las orbitas de los ojos dejan de ser órbitas. El efecto pretende ser un hallazgo, transmitirle al otro lo que fue para nosotros una epifanía.


Algo así me sucede cuando escribo sobre Wislawa Szymborska.


Pretender que no me emociona tanto, sería poco honesto. Recuerdo con nitidez la vez primera que tuve Poesía no completa frente a mis ojos: fue como si estuviera frente al libro de las verdades. De las verdades irónicas, diría sin dudarlo, porque hay varios tipos de verdades: solemnes, molestas, titubeantes, oscuras, en forma de aforismo o de poemínimo. Las verdades de Wislawa son irónicas y, por supuesto, vienen en formato de poema.


El día que estuve frente a los poemas de Wislawa no podía dejar de presentir el hallazgo. Acababa de descubrir una obra que ponía en palabras aquello que me resultaba inasible. ¿Pero qué era aquello? ¿El amor, la muerte, la vida? ¿Qué sensaciones eran las que me estaba extendiendo en su poesía? No podía dar con la respuesta, pero le otorgaba mi credibilidad sin cuentagotas.


Cuando leí “nadie en mi familia ha muerto de amor” reflexioné y me cayó la certeza como una roca: “es verdad, nadie lo ha hecho”. Enfrentarme con esa verdad tan densa, tan comprimida en una cuantas frases, fue como un Knock-out para mi tambaleante sentido de lo poético y lo literario. Qué va, ni en los momentos más osados de mi dinastía sanguínea se ha germinado un Romeo o una Julieta. Nunca una Ana Karenina, o un abuelo con pistola en mano dispuesto a batirse en duelos dominicales. También mis ancestros han muerto de gripa. La mayoría, de vejez. Esa sensación molesta que quedó después de leer la sentencia que dictaba el poema en mí, un dedo acusatorio por sarcástico, simplemente me dejó estática, con la perplejidad de una ostra, si es que las ostras logran identificarse conmigo.


Ciertas palabras tienen ciertas cualidades. Hugo Hiriart, en un ensayo de cuyo nombre no puedo acordarme, describió el fenómeno como palabras flotantes. Suena extraño, pero si no mal comprendo, se refiere a la capacidad de las palabras para dejarte embotado. Palabras que flotan, que tienen un sentido expansivo, frases en las que puedes quedarte años colgado de sus sílabas fugaces. Pienso que la poesía de Wislawa es una constelación de palabras flotantes. Poemas en los que puedes quedarte años y años, y nunca terminar de encontrar el origen del sentido, el origen de por qué estas palabras te hacen tambalearte en su intención de significado lógico. Se llama poesía, dirá algún pretencioso. Y le daré la razón.


Ahora bien, hay un problema con las palabras flotantes. Más, con aquellas que pretenden ser versos memorizados. Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia, en su osado conocimiento del idioma polaco, tradujeron estos versos como “No hay nadie en mi familia que haya muerto de amor”, del poema “álbum”. Traducido en mi memoria a largo plazo esto se convirtió en “nadie en mi familia ha muerto de amor”. Y así voy por la vida, enfrascada en este verso inexacto. Desde mi trinchera creo, con una rayana pasividad borreguil, que a Wislawa no le hubiera causado un gran conflicto. Que los versos memorizados no tienen el imperativo de ser exactos, por su cualidad de palabra flotante, puesto que si les forzáramos a vivir en la exactitud, sería como colocarle el hilo al globo, o la soga al cuello. Imagino que Wislawa también dotaba de esa independencia a las palabras, no al escribirlas, de eso no estoy segura, pero sí al jugar con ellas, al atreverse a hacer liméricos como pasatiempo de viaje, nunca vertidos en papel.


Esa misma languidez juguetona, ese desapego a la pomposidad de la poesía, es lo que puede orillar a concluir que la poesía de Wislawa es poco personal, o poco íntima. Escribir con humor sobre los cuadros de Vermer, o sobre los funerales, o sobre el número pi, o sobre la cebolla, da la impresión de una desbandada de ideas menos poéticas que risibles. No obstante, de la frase “entre broma y broma la verdad se asoma” recupero la franqueza del dicho: entre el sarcasmo y la ironía hay honestidad. La poesía de Wislawa es profundamente honesta. Siguiendo el ejemplo de su tacto al mencionar, “sólo en la tristeza hay justicia”, yo pensaría que “también en la risa hay honestidad”.


Por ejemplo, en su poema al odio. Es curioso, al escuchar un poema sobre el odio, esperamos diatribas o palabras lúgubres. Al menos, que por ahí suene la palabra “maleficio” o “desdicha” o incluso, “infierno”. Pero no, Wislawa personifica al odio, nos invita a mirarlo como un mal común en nuestras vidas, como un sentimiento menos mítico, menos perteneciente a las cavernas sulfurosas, sino algo que sabe crear “estupendas humaredas en el amanecer rosado”. Por lo mismo, más temible.


En todo momento, listo para nuevas tareas.

Si tiene que esperar, espera.

Dicen que es ciego. ¿Ciego?

Tiene el ojo certero del francotirador

Y solamente él mira hacia el futuro

con confianza.


Esta misma poeta que escribe sobre el odio como si hablara del clima, es la misma que cree que sólo desde el amor se escribe poesía. Es la misma que ve a la poesía como “un oportuno pasamanos”. Y es la misma que nos regala su Poesía no completa, tan completa como puede ser la poesía.


Pienso, un poco ensorbecida, que Wislawa Szymborska padeció el mismo conflicto cuando escribió aquella lectura no obligatoria a Thomas Mann, su eterno escritor favorito: hablar bien de alguien o de algo, sobre todo de lo que amas, es complicado. No obstante, de la poesía de Wislawa Szymborska no se ha dicho todo. Difícilmente se dirá. Difícilmente podrán aterrizar las palabras que flotan. O quizás alguno descubra que alguien en su familia sí ha muerto de amor. Quizás esa persona pueda aclararnos algunos enigmas.


Szymborska, W. (2008). Poesía no completa. México: Fondo de Cultura Económica.




Xochipilli Hernández (Tamazunchale, SLP, 1995). Estudió Lengua y Literatura Hispánicas en la FES Acatlán UNAM. Ha publicado en Revista Literaria Taller Ígitur, Primera Página, Liberoamérica y en la antología Basta, cien mujeres contra la violencia de género editada por la UAM. Forma parte del consejo editorial de la revista De-lirio y de la Congregación Literaria de la CDMX. Es autora del poemario Declaración de vida (Reverberante, 2020).