Paulina Dávila, poemas



Crudo polar


Adriana Dávila Velázquez

Mar de hielo que baila,

focas que amamantan,

oseznos que prefieren no dejar la madriguera.

Castores arquitectos,

trabajadores incansables

tales hombres moldeando la naturaleza.


Gigantes de hielo harán crecer los mares,

patos que en su lomo se deslizan.

Araos en el litoral

celebran con arrumacos su estancia en tierra,

frailecillos barbados de peces regresan a encubar.


El hielo perece,

las hierbas, los pastos, el musgo,

han de florecer.

Primavera en celo de machos embistes,

pones la bala donde la riña hondea la bandera.


Barnaclas cariblancas

en un salto suicida bajan su primer escalón.

Rascacielos en gélido derrumbe,

barcazas de osos varados,

hambrientos al menos ante la carroña

que les verá con suerte desenterrar otro verano.




Segunda realidad


¿A dónde se va mi alma diariamente

que sonrisas en mi alcoba deja?

De bienestar me inunda ciertamente

y libre queda la mente de toda queja.


Lamente entonces no conocer la obra

que repone mis sentidos,

y conozca entonces que lo logra

cuando los miembros están dormidos.


Viviendo más en el sueño

con un andar sereno

y como en un cuerpo sin dueño


que sus venas empeñó,

la realidad ya no es su seno

y por ello la pasión condeno.




Miramor


Mordisdisco,

moris de coris,

conamoris pensamor,

locomor ultramor.

Sin amoris abrefrío,

conamoris abrefuego.

Memoris de amoris,

amorando en la memoria…


Duermemor, sueñimuerta,

piernabierta, corposolto.

Sonrrimor, sueñirrisa.

Duerme, el corresueño viene.

Miromor al dormisueño,

respilajada, perdimuerta.

callasueña, mañalarga.

Quedomor, mordisquito.

Mañanamaña, citarrisa,

mordilada, despeinambre,

sedemor, mordiscazo,

risabeso, abracita.




Del último viaje al sur


Altamar


Los amoratados labios sin sonrisas,

-leprosos, sangre seca-

raudamente atraviesan la primavera.

Despiden el único y más hermoso

verano de su existencia.

Se arraigan al otoño,

-dulce, crujiente y cálido-

por temor de ver entumecidos

su corazón de invierno.


La belleza se le caía - logra recordar-

camina abandonado,

tiene pasos sin memoria de un pasado,

se plantó a un presente, hipnotizado,

alimentándose de las hojuelas

que sus labios producen.

Su cuerpo lastimado y en derrota

apenas sabe dónde está,

se detiene frente al mar.

Horas estupefactas mirando algo

que no le pertenece.



Altamar 1


Yo que caminé como maldito vago

y ahora me escondo para dormir entre los temores,

yo naufragando, ahora perdido.

Si fuera los ojos del mar,

si mi barca no se hubiera destrozado.

Si fuera los ojos la seguiría mirando,

sustos bajo las olas, olas bajo su blusa.

Busto que ahoga,

busto que la mar ahoga,

agua en la que estoy rendido.

Pero la belleza se le caía…


Desde las profundidades vastas

la belleza se le caía,

se derramaron mis ojos al recordarla.

Si tuviera voz le cantaría hasta enloquecer,

una luna, punta de sol,

un navío sobre este amedrentado corazón.

Navegaría hasta volver su cuerpo

por ver que reviviera.


Paraíso


Despacha ya muchacha esta tan altiva tacha.

Cierra tus ojos de estrella,

que las olas se lo traguen otra vez.

Llena con arena tus carnes abiertas

y que tu altar sea este montón de rocas imprecisas,

peana a tu recuerdo.

Despiértalo de ti, de la ausencia de los amores celestes.

Que toque tierra el firmamento de una sociedad

enamorada de la aprensión.


Se quebrarán sus pechos infantes,

se mirarán con la certeza de haber sido y no serlo nunca más.

Que sea natura quien se meta a las sábanas del tiempo,

¿Por qué preferir el veneno o la daga de los amantes que se dicen adiós?

¿Qué salado es el llanto del mar a la garganta

que no quema la lengua sino las vísceras del corazón?

Trae una roca a casa

que nos cuente con espantoso silencio el capítulo del amor.


Paraíso 1


Mis dedos empezaron a descarapelarse

en señal de mi desamparo,

mordiscados de tragedia y abandono.

Realidad tan crédula…

Y las fresas, dos rubores,

que rumores fueron siempre

en la brisa de tu risa.

Casi loco alto en vela,

mirarte sobre la marea.

En vela naufragarte,

suspirar tu nombre

sobre la nada oceánica de los licores.


Tormenta


Iza las velas gobierna la sirena.

La tormenta incitaba a trastornar toda materia

ante su violento simulacro de un baile feroz

para unirse al mar.

Se encontraban en medio del drama y fueron vencidos,

hurtados de la chispa que brilla al horizonte

de aquellos principiantes que se posaron ante la vida

y dijeron lo tengo todo,

ponme a prueba que morir podría.


Tormenta 1


Esa madrugada la marea arrastró nuestros cuerpos,

se aferró a mi torso como cuando me amaba,

también a mitad de la desesperación

era comunión nuestro tacto.

Pero se alejaron sus brazos de los míos

mientras gritábamos tan inútilmente

como ahora pienso en cómo no soltarla.


Pasaron siglos entre el nocturno embiste y la compostura,

no se presentó la calma,

se volvió desesperación inquieta

cuando inferí que ya no había que llamarla más.

Tenía la ropa poco desgarrada,

arenosos los pechos cuando la encontré.


Playa


El corazón de los labios se dispersó sin más.

La tarde muerde el anzuelo,

el sol escampa el deseo.

Y esa belleza…


Playa 1


Por semanas rondé con su nombre desconociendo el propio.

Su alma se pobló de arrecifes,

la mía de caracolas

que continúan cantando nuestros nombres.

La belleza se le caía,

cuando su carne, por el agua, descompuesta

se derramaba por toda la playa.

La barcaza se nos hizo astillas,

así como mis manos prendidas a sus huesos

que no la sujetaron ni la asirán nunca más.


Estamos solos en alguna parte,

nadie quiere encontrarme o yo no quiero encontrar a nadie

por no desviar la vista por si llega,

en paz de dolores, ligera del deseo y hueca de mí.

Será por eso que me quedé estúpido cuando desperté,

ella ya no habitaba este mundo,

su vida se había enamorado del mar.

¿Cómo atreverse a dejar su piel, abajo y profunda,

en lejana fantasía de un paraíso

por el cual se pagó la cuota de conquista?


Mito de las amatistas


No sabe que ha perdido,

entre las gravillas y los palmerones se fundó el mito,

trajo la roca que fundaría su pueblo.

La matriarca le besa la frente cuando duerme el universo.

Los grandes señores cuentan a voz de luna

las hazañas de un hombre que instauró la civilización

nacida de una mujer de arena por quien viene la carne que comes

y el riego de penas que conlleva el dominio de las tierras ajenas.


Se sabe que el hombre sigue plantado frente al mar,

Vienen gentes de todas partes a hacer turismo a la desgracia,

Tocan el hombro de aquel hombre parado como roca

y lanzan un pedazo de sus corazones al mar

por aquello de evitar la mala fortuna

siendo generosos devotos del amor.


Mito de las amatistas 1


Me quedé varado,

a dónde hube de ir luego de echar raíces a su memoria.

Se me echó el pecho al mar del cielo

para no conspirar contra los pares,

atado de piedras bajó a sus pies

para empedrarle la entrada a la morada de sus ojos.

A penas se distingue el día por las notas del estruendo

entre una pesadilla y otra.


Me crecen amatistas en el agujero del pecho,

yo me las tragó para que avance el tiempo.

Tiempo que engendrará mi muerte

hija de mis pasos.

Muerte que no mata.

Cada madrugada nos ahogamos como aquella noche,

nos alejamos al punto de la certeza,

al despertar siempre advierto su cuerpo bañado de muerte

con la belleza caída.



Adriana Paulina Dávila Velázquez (Azcapotzalco; Ciudad de México, 1993). Escribe La máscara, el verso y la hemorragia en bicicleta editorial Centro Transdisciplinario Poesía y Trayecto a. c. (2015) y Verbosco Bardía editorial Versoterapia (2020). Participa en la antología Caída hacia el desesperancismo, Razones para no escribir poesía editorial El nido del Fénix (2016) y en Flores de vacío editorial Versoterapia (2020). Ha contribuido en la revista digital “Lo innombrable” y en “Trepanación”.