Piense poco y hágase rico


Caricatura: Omar Zevallos



Hoy, para variar, tengo las cosas bastante claras. Tanta es la claridad que podría resumir todo el meollo de este artículo en una oración simple, sólo cinco palabras, un aforismo que engloba con insuperable exactitud cuánto puedo decir sobre la más reciente publicación de Mario Vargas Llosa: este libro no era necesario. Y ya. Vámonos muy contentos. Lamentablemente los queridos editores no se mostraron demasiado entusiastas con este elogio a la brevedad y, pues ni modo, al cliente lo que pida; yo podría pasar un par de meses vituperando Medio siglo con Borges sin llegar a despeinarme, pero no creo que les entusiasme más que la versión de bolsillo, así que mejor lo dejamos en un justo medio, como diría la niña de los plumones de la antigüedad griega.

Siendo honesto, no tengo idea de qué cerillos estaba esperando cuando comencé a leer. La noticia de que el Nobel peruano había publicado un libro que no era ni novela ni arguënde político me tomó por sorpresa. Desde entonces sabía que la cosa pintaba mal, pero fui víctima de no sé qué impulso masoquista y me apresuré a conseguir la versión pirata (porque tendría que estar loco para gastarme una Sor Juana en un libro de dudosa confección). La sinopsis, heraldo terrible, no bastó para disuadirme, y tras unos cuantos clicks ya estaba hundido hasta las patillas en un océano de aguas tempestuosas, que me zarandeaba del aburrimiento total a la risa convulsa (efectos que, con toda probabilidad, nunca fueron el objetivo de este libro).

Por ahí de la página dieciocho no sabía si se trataba de un pésimo trabajo de “recopilación” (entre comillas porque eso de recopilar el mismo texto escrito en diferentes épocas es muy artero), o un ejercicio medio experimental en el que el lector se enfrenta a incontables reescrituras de una sola idea, que se repite hasta que uno ya no puede ni con su alma (si este es el caso, me retracto de todo lo que dije o diré, y le ofrezco el mayor de mis respetos al maestro Vargas Llosa, porque de verdad ya me sentía con un pie en el manicomio). Y es que tras leer la contraportada o la sinopsis, uno ya está capacitado para decir que leyó el 50% del libro. Tras leer un solo artículo o una sola entrevista, uno ya las leyó todas.


Conforme avanzaba tuve la certeza de que Vargas Llosa se limitó a plagiar su propio artículo durante años, y lo que tenía frente a mí no era más que confesión muy-pero-muy mal interpretada, una muestra de arrepentimiento por el pecado de la reproducción superflua. Porque no darse cuenta de la redundancia que impera en este título es sencillamente imposible. Casi cien páginas de los mismos elogios a la elegancia de la prosa, a la redondez de las historias; los mismos datos insulsos como la sencillez de sus aposentos, o la presencia de una empleada-lazarillo y un gato de nombre anglosajón; los mismos reclamos hacia el poco interés que profesaba Borges sobre la política o la novela... ¿Cómo demonios alguien puede sacar casi cien páginas de esto? ¿Con qué descaro se atreven a cobrar tres dígitos? En fin, para cuando terminé de leer me sentía como si hubiese envejecido medio siglo en una tarde, y volver a la normalidad me costó varias semanas de terapia.


No todo fue malo, por supuesto, porque ahí, en las entrevistas, está Borges. El problema es que lo que podría resultar interesante e ilustrativo queda relegado a un par de frases porque a Vargas Llosa no le interesa más que la política y la novela. Afortunadamente, muchas de esas cosas interesantes ya son de dominio público y pueden encontrarse sin mayor dificultad en foros, libros que estudian seriamente la obra de Borges u otras entrevistas, en las que el periodista en turno tomó la sabia decisión de callarse y dejar que el genio hablara.


Pero además de la oportunidad para presenciar al autor tras el biombo, las entrevistas son una extraordinaria muestra de la resiliencia de Borges, porque siendo realistas ninguno de nosotros aguantaría a un entrevistador tan nefasto. Y aquí viene una confesión un tanto vergonzosa: me reí. Me reí mucho. Si juzgara el libro desde sus capacidades cómicas estaría echando el colado para ponerle un monumento. Mientras leía las entrevistas tuve la clara impresión de que Borges siempre le estuvo tomando el pelo, lo cual da pie a una disyuntiva fascinante: o Vargas Llosa lo ignoraba y la publicación de esas entrevistas no fue otra cosa sino un balazo en el pie, o lo sabía, y su compromiso con la comedia es tan grande que no le importó sacrificarse a sí mismo.


A la dimensión cómica hay que agregarle que entre todo el muégano de elogios resuena la presencia velada de una pregunta indescifrable: si Vargas Llosa entiende bien dónde radica la genialidad de Borges, ¿por qué decidió apartarse deliberadamente de esa genialidad? Nunca lo sabremos. Y quizá es mejor que las cosas se queden como están. Vargas Llosa tratando de imitar a Borges suena como un espectáculo digno de un nuevo círculo en el infierno.


Pero bueno, yo ando muy prendido contra Vargas Llosa, cuando él sólo carga con parte de la culpa. Es, digamos, el matón que comete el crimen. Quien es el verdadero responsable, el autor intelectual de esta abominación, debe ser algún directivo de Alfaguara, que amaneció con ganas de otro libro fácilmente vendible, y orilló a un somnoliento Vargas Llosa a despertar de un retiro muy breve, que aún no se sobreponía a la publicación de Tiempos recios el año pasado. Qué dolor. Todo se reduce a las exigencias del insaciable mundo editorial. Porque, sí, este libro parece responder a la pregunta ¿Cómo ganar dinero sin esforzarme demasiado? Yo sé que suena medio conspiranoico, pero si pedir doscientos pesos por menos de cien páginas huecas no es una muestra de la voracidad en las carteras de los directivos de Alfaguara, no sé qué es.


Medio siglo con Borges bien pudo haber pasado sin pena ni gloria, pero lo cierto es que resulta difícil ignorar una exhibición tan penosa. Más que un autor consagrado y digno portador del Premio Nobel, con este título Mario Vargas Llosa parece la vicuña de los huevos de oro, que cayó en las garras de una editorial cuyos intereses están más cercanos al papel moneda que a al papel donde yace la verdadera literatura.


Este libro no era necesario. Si alguna virtud tiene es que no es tan largo como otros títulos a cargo de Vargas Llosa (e incluso así roza lo insufrible). Del lado de los defectos hay mucho de dónde escoger, pero yo diría que lo peor de todo es que no dice nada, pero nada nuevo. El problema es que llevamos más de medio siglo hablando de la genialidad de Borges como si esta fuera inagotable, y la verdad es que nos queda muy poco por decir. Para cualquier lector que esté medianamente familiarizado con Borges le resultará una lectura tediosa y si uno es lector primerizo, creo, lo mejor es no dar tanta vuelta y leerlo directamente. Mejor ya no le muevan. Quédense con sus colecciones, yo me quedo con mi Borges. Y no nos chinguéis más, viejos pendejos / que son vuestras monótonas [mercancías] / reflejos de reflejos de reflejos.



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