Poemas de E. E. Cummings, en traducción de Leopoldo Orozco




EPITALAMIO (Fragmento)

1.


Tú, tierra reacia y envejecida, quien

con muslos temblorosos y continuos invitas

a la lluvia palpitante al mancebo esbelto

a jugar con tu lujuria extraordinaria,

(la serpenteante lluvia que roba para su mujer

el cielo al salir de tu cama y hora tras hora

renueva de deleite toda su carne pálida)

—¿a dónde han huido, inmortales, los dioses?

Pronuncia, olmo, elogios con tu balanceo

valiosos para la tierra fervorosa

en señal de la venida que su alma

arde por estrechar—¿y conoces al dios

en cuya huella de pies hendidos

la dríada estridente buscó su fin frondoso,

en cuyo mero eco de reluciente júbilo

callaron los corazones furiosos de las montañas?

Viento, que vagaste hermoso

sobre páginas suaves de alegría olvidada

demostrando los teoremas tranquilos de las flores

—¿alguna vez partiste a una misión más exquisita?

¿tus dedos venturosos alguna vez habitaron

(dentro de la verde sombra de escondidas glorietas)

entre las curvas de aquél muchacho delicioso

cuyo prudente garbo una diosa amó de más?

Zeus Olímpico, Crisoelefantino

regio coloso del alma de Fidias

cuyas águilas aterran la creación, en cuya palma

Niké presenta la corona más dulce para el hombre

cuya túnica florida es estampada por las manos blancas del sol,

entre cuyos pies absolutos se unge la calma

de las estrellas necesarias que circulan el polo inhóspito

y equilibra, sonriente, el diadúmeno

en cuyos ojos cincelados y jóvenes la gente miró

a su de nuevo victorioso Pantarkes

(a quien el gran príncipe de los artistas hizo audaz

imitar entre los pies del espanto),

amo del trueno, cuya frente omnipotente baña

de ingrávidos bucles dorados y eternos

sobre el seno infinito en grados radiantes,

en cuya almohada están las gracias y las horas,

padre de dioses y hombres cuyo pulcro trono

es soportado por dos esfinges con un joven convulso

atrapado entre sus pechos descarados, cuyo escabel cuenta

cómo peleó el vencido de la zona de guerra,

de ella que dio a luz al valeroso Hipólito,

señor cuyo pedestal expulsa del abismo

(bruscamente sobre el carro de Selene se cierra)

de Helios las ruedas dulces y trémulas—

¿Ya no hay reyes en Argos, la canción

está muda, de la escarpada y silenciosa torre

dentro de la cual brillante y estricta Dánae

vio descender noche rota y gentío ardiente,

sintió en su carne la tensión amorosa

de las manos paulatinas y, resignándose a ese pago,

conoció la flor sempiterna de su cuerpo,

en la oscuridad, una más ardiente lluvia?

2.

Y aún así Primavera, heraldo enloquecido y magnífico,

convoca la belleza a partir del olvido

con la trompeta salvaje de Abril: brujería

de olores y sonidos impulsa al hombre, ser sin alas,

hacia el aire claro, pues ahora las hojas

rojas en la mejilla del arce, y de pronto,

alumbrando sus hordas hacia el vestido informal y dulce

se levanta el azafrán dorado de entre los muertos.

En alba moteada cabalga el sol mordaz

con el embozado día que se acicala sobre su mano

seguido por flores alegres, extrovertidas, últimas

(que, vestidas de armaduras trémulas, aturden

los ojos de la tierra en harapos que las ve alejarse)

mientras el invierno se encrespa desterrado de su reino

al ver las verdes tropas que se expanden poco a poco

al oír el canto de lanzas de la hierba que marcha.

Una parodia de nieve, abrupta y plateada,

juega con el aire, lo hace llorar doradas lágrimas, ¡atento!

el parpadeo ríe aún, mientras en las colinas

los pinos se ahondan en virginales murmullos y lanzan

hacia atrás las frentes, hacia el cielo bárbaro y

brillante, y de pronto, desde el valle se estremece

la increíble y ascendente alondra

y ahoga la tierra entera y se mueve hacia la luz

(lentamente, en la ronda serena y perpetua de la vida

un pálido mundo recoge consuelo para su alma,

esperanza con holgura dispersada por el sol

invade el nuevo mosaico de la superficie

—sólo deja que el apático anochecer se dibuje

redes incomparables cuidadosamente se hilan

para atrapar al rocío brutal,—el rollo auténtico

de las manos de las hadas, y se esfuma con el alba).

La Primavera, que no omite la mención del deseo

en cada cosa rizada y curva, y aún así mantiene

relaciones continuas—a través de cielos y árboles

el humo de las lilas, el fuego pomposo de la amapola

la paciencia púrpura del pensamiento y la grave

fragilidad de las margaritas—por una extraña inquietud

reveladas de pliegues transparentes y provocadores—

con el alma superlativamente audaz del hombre.

Por supuesto, desde las túnicas de multicolor sosiego

con el desmayo de flores en la boca y unos ojos inexplorados

y un cuerpo tenue, lento, perfecto, amoroso

(más blanco que las lilas que nacen y terminan

por ser más blancas que este mundo) exhala

el perfume alto, suspendido, curioso

de ese único mes por el que todo el año muere,

resucitado por completo de unas venas que palpitan.

¡Oh, Mayo aún milagroso! ¡Oh, chica reluciente

inmaculada de tiempo! ¡Oh, manos virginales,

pequeñas, íntimas, gentiles, pies frívolos y

divinos! ¡Oh, perla singular sin aliento!

¡Oh, pose indefinible, frágil, última!

¡Oh, beatitud visible, dulce, dulce,

intolerable! ¡Silencio inmaculado

de la gran rosa evasiva y sonora de dios!

Canciones (Selección)

II

cuando la vida termine

y se marche di ¡ah!

mucho queda por hacer

para el ave que concluye

su vuelo en lo celeste;

cuando al amor se le acabe el llanto,

habrán pasado tal vez

un millón de años

(mientras la abeja dormita

en las amapolas, queridas;

cuando todo sea dicho y hecho, y

bajo la hierba

yazca su cabeza

por robles y rosas

deliberada.)


VI

Dónde está Madge, entonces,

Madge y sus hombres?

Enterrados con

Alicia en su cabello,

(si le preguntas a la lluvia

no dirá dónde.)

la belleza se arregla

con el tiempo y sus gusanos,

cuando la gracia

dulce dice Sí

al viento y al frío;

y cuánta tierra

vale Madge?

Pregunta la flor que se mece en otoño

nunca acertará.

Pero yo sé.

IX

cuando dios deje ser mi cuerpo


De cada ojo audaz nacerá un árbol

la fruta irá colgando de allí mismo

encima bailará el púrpura mundo

en medio de mis labios que cantaron

la rosa engendrará la primavera

que damas que malgastan las pasiones

tenderán entre sus pequeños pechos

Mis dedos vigorosos bajo nieve

Irá dentro de entusiasmadas aves

mi amor caminando entre la hierba

se tocarán sus alas con su rostro y

mi corazón por mientras estará

con el clarín y el beso de la mar



Selección de Iván Zurita

Traducción de Leopoldo Orozco

Edward Estlin Cummings (Massachusetts, Estados Unidos, 1894-1962). Poeta, pintor, ensayista y dramaturgo. Cummings es ampliamente conocido por su estética experimental, y por la alteración de la sintaxis y la puntuación inglesa en sus versos. Su estilo marcó un antes y un después en la poesía norteamericana. Parte de su obra está contenida en "Tulips and Chimneys" 1923; "Eimi" 1933; "No thanks" 1935 y "Collected Poems" en 1960.


Leopoldo Orozco (1996). Narrador, ensayista y traductor mexicano nacido en la ciudad de Ensenada, Baja California. Egresado de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM. Miembro fundador del taller literario De-lirio y de la revista que lleva el mismo nombre. Su obra puede encontrarse en las revistas Quimera, Liberoamérica, Punto en Línea, Reverberante, Taller Ígitur y Tintero Blanco.