Qué pájaros serán memoria y otros poemas: Ramón Cote Baraibar



Qué pájaros serán memoria Cuando pasado el tiempo la noche nos pregunte por esa ciudad lejana de altos muros, con sus solares de sábanas blancas y de ropa sola, por su magnolio del patio y sus caléndulas delirantes, qué pájaros serán memoria. Cuando pasado el tiempo la noche nos pregunte por esa mujer que nos dio a probar el amor y sabía a granizo, por el improbable color del cielo de la infancia y por el tamaño de las ventanas donde se estrellaban los colibríes, qué pájaros serán memoria. Cuando la noche solitaria nos pregunte por este presente que mañana será pasado, por lo que le ocurre a lo que no vemos y padece, qué pájaros serán memoria. Sonata del ángel Al extranjero no se le reconoce únicamente por su soledad. Apartado y oblicuo observa cómo el tiempo es en otros tiranía, lumbre discutible. Aunque mucho se demore en otro país que no es el suyo y pierda sus giros indelebles y el lenguaje que no le bastaba para cubrir su timidez ahora le resulte en cierto modo familiar, intenta descubrirle cerca de sus hombros, bajo su única camisa amarilla, los vacíos orificios de sus alas. Memoria demolida En mi memoria hay un jardín con magnolias blancas y abiertas que aún huelen a estrella húmeda, barrios que fueron furias de amor, delgados afiladores de cuchillos que avisaban su llegada haciendo sonar sus dulces flautas de guadua. También un secreto circuito de ranas de metal en los andenes que me llevaban a una ventana donde cada tarde se postergaba el paraíso. Pero nada de lo que nombro hoy existe. En esta ciudad que desde el amanecer va demoliendo casas, va borrando recuerdos, va eliminando referencias que impiden el trayecto normal de los pasos, busco en este momento con los ojos cerrados esa ciudad, ese barrio, ese magnolio, para recuperar algo de ese que fui, ese que recorría por horas los muros sin caerse, ese que jugaba fútbol hasta muy tarde en las calles en penumbra, ese que hace años sin tomar impulso saltó de pura felicidad los rieles del tren, brillantes los ojos, después de haber abierto por primera vez la ventana y entrado al paraíso. Pero de esa ciudad nada queda, ni el rastro, ni el perdón del recuerdo. Apenas perdura una carrilera que ni siquiera es capaz de llevarme a lo perdido.


Aviso de tormenta Pasan las horas de la tarde y este gris acumulado durante semanas no se decide a ser tormenta. Por todas partes de la ciudad se siente un presagio de trueno, por todas las esquinas se huye de su amenaza de metal, como de un temible cuchillo. Quizás eso explique el esquivo perfil de sus habitantes, el retroceso de palomas en los parques, el angustioso pregón de los loteros y hasta la impaciencia de los vendedores de paraguas. Sucede que de su veredicto depende tanto cautiverio. Basta una advertencia, un tácito relámpago rasgando el cielo para que Bogotá sea limitada y muda, y para que los cerros del oriente, que parecían protegernos, se conviertan en cómplices de su resonancia. Así se vive en esta ciudad de las alturas: esperando que pase lo peor y llegue el día en que todos podamos habitar la merecida inmensidad del azul que desde hace siglos se nos niega.





Cerezas & Granizo

A María Baranda

Todo sucedió en la primera semana de marzo

cuando por fin cayeron las cerezas.


Y no cayeron por maduras, por redondas, por rotundas,

cayeron por culpa del granizo y su inexplicable cólera.


Después de la tormenta, sobre la compacta blancura del parque,

empezaron a brotar, aquí y allá,


mínimas manchas de color púrpura,

como si fuera el vestido nupcial de una novia apuñalada.


Fue tanta la prohibición de febrero y la excesiva codicia

entre las altas ramas las que provocaron esa avalancha de niños


a quienes no les importó cortarse los labios con esa nieve de vidrio

con tal de poder reventar su piel entre los dientes.


Cuando pasados los años alguien les pregunte

por el definitivo sabor que los devuelve a la infancia,


no dudarán en decir que el sabor de las cerezas,

el sabor a venganza que tenían esas cerezas heladas,


y enseguida añadirán que todo sucedió un lejano marzo,

en su primera semana, después de una tormenta,


como después su vaho, como las puntas de sus dedos,


como también su memoria, desangrándose, ahora al recordarlo.


De: Los fuegos obligados, 2009




Mis contemporáneos (o crisis de identidad tardía)


Mirando la cara de mis contemporáneos

me extraña que yo aún no tenga

la cara de mis contemporáneos.

Me explico: cuando los veo en las fotografías

que aparecen en los periódicos o en las revistas

veo en ellos ya una resolución facial,

una contextura ósea, un aplomo, un cráneo definido,

pero cuando me miro no me veo así de ajustado,

de propicio, de sereno y seguro como los tiempos mandan.


Pero al parecer este nunca va a ser mi caso

pues inevitablemente siempre salgo en las fotografías

con cara de perro perdido en una autopista,

con cara de decir adiós a lo perdido,

con cara de turista extraviado en Madrás,

con cara de llamarme Patricio, Bonifacio, Agustín,

Benigno, Arturo, Carlos Mario, Ismael, si no os importa.

Nunca como mis contemporáneos.


Envidio que sus fotos se repitan y se vean

iguales o parecidos a la edad y oficio que tienen. Yo solo veo

en mí lo que no es de mí. Es más, para ahondar en el error

no me reconozco ni a los veinte ni a los treinta ni a los cuarenta,

porque solo advierto el extravío, la carencia

o la equivocación y todos los que aparecen allí,

sobre ese pedazo de papel esmaltado, son tan distintos

que parece que se las hubieran tomado

a otra persona, a un desconocido, a Nadie.


Sé que todos se aproximan a los cincuenta y ya es hora,

me digo, de adquirir cierta rotundidad o estremecimiento,

pero no lo veo en mí fácilmente. Algo se me oculta

en el que me dice que soy. Siempre me hace falta la foto

definitiva en la que al fin pueda decirme a mí mismo

que ese soy yo, uno de mis contemporáneos,

pero tal parece que existe una conspiración

para que eso no suceda. Una fotografía, una máscara

al menos, por favor. Y pensar que ni siquiera

he podido a lo largo de estos años hacerme un retrato

con mis propias palabras pues estas, al revelarlas,

siempre salen borrosas. Eso nunca les pasa

a mis contemporáneos.



La ciudad de los puentes amarillos

Cuando llegas a tu casa por la noche

tienes por costumbre buscar esas monedas

que se han ido acumulando al fondo de los bolsillos

para armar con ellas mínimas torres

o altas columnas, según el día.

Quien desde la ventana de enfrente te vea

podría decir que pareces un mendigo

o un vulgar avaro que reúne con codicia

sus posesiones, aunque este no sea tu caso

y aunque a primera vista lo parezca.

Pero esas monedas de distintos tamaños y variadas

denominaciones son restos, gastados

testimonios que entregas y recibes diariamente,

y sin que tú mismo lo sepas alguien los va anotando

en su enorme libro de contabilidad,

para saber exactamente el precio que pagas

por cruzar esa ciudad de los puentes amarillos.




Orchha

A Santiago Gamboa


Escucha viajero cómo resuena

la noche en la oculta ciudad

de Orchha. Las cigarras y los jazmines

giran en el aire igual que los tambores

veloces y las ligeras voces lejanas.


Ya cuentas con los dedos de las manos

las horas que te quedan en la India

y después de todo lo que has visto

y que jamás podrás enumerar

sin que te falte la respiración,

sólo te resta detenerte un momento

para empezar a agradecerle a esta tierra

todo lo que te ha ofrecido en abundancia.


Agradécele entonces,

si puedes con hermosas palabras, el tácito fulgor

de su luna y sus diamantes en el agua, su generosidad

por haberte permitido ver tantos templos,

tantas águilas tenues sobrevolando las cúpulas

de los palacios, el firme terracota de sus fuertes

y la frescura de los mármoles blancos

para el pie descalzo del peregrino.


El viajero que se ha detenido en la oculta ciudad

de Orchha debe escribir un poema

en el aire por todo lo cumplido,

porque le ha llegado el momento de cerrar los ojos

y soñar hacia adentro donde en un pozo profundo

irán cayendo como monedas de plata

esa multitud de imágenes que más tarde serán

la imagen imborrable de su propia vida,

el dibujo certero que ya nadie

podrá quitarle, por más que la muerte

o el olvido se la quiera arrebatar.


Antes de que empieces a saber

que todo viaje es una suma de asombros

y renuncias que van dejando su ceniza en los dedos

y un polvo dorado en la memoria,

escucha detrás de las celosías

a las cigarras susurrar entre jazmines.


Entonces

vacía tus bolsillos en las estrechas calles

de Orchha en esta, tu última noche

en la India, y baja al amanecer hasta la orilla

del río Betwa y despídete de los palacios

que apenas surgen en la niebla como envueltos

por el vaho de un dios,

con sus chattris en lo alto que parecen campanas

que pronto resonarán con el primer rayo de luz.


Los pasos que de ahora en adelante

des por el mundo llevarán a donde vayas

este encantamiento, porque quien una vez ha sido

deslumbrado por la belleza será para siempre

el más fiel y devoto de sus emisarios.



Templo portátil

A Fabio Morábito


Si quieres hacer tuya cualquier esquina

acerca a la ventana más próxima un asiento

para detener el desorden de las horas.


Si ya escogiste ese preciso lugar de la casa

donde habitas, entonces enciende una vieja lámpara

que ilumine el perímetro de tu nuevo territorio.


De esa manera no será necesario que disimules

tu condición errante cambiando los muebles de sitio

o llenando las mesas con fotos familiares.


Pronto descubrirás la necesidad de estar allí,

inmóvil, rodeado de fugacidad y permanencia

en tu península con su faro solitario.


Sea cual sea el lugar donde te encuentres

sabrás que cada noche tienes una cita

en ese reducido espacio que amplía sus fronteras.


No habrá palacio que lo iguale

ni monumento de mármol que lo imite:

este será tu palacio y tu monumento.


Pasarás las semanas sucesivas sabiendo

que ya cuentas para el resto de tu vida

con un lugar que solo a ti te pertenece.


Basta elegir una esquina cualquiera, una mínima

ventana, un asiento y una vieja lámpara

para que viajes por el mundo y puedas repetir


tu ritual nocturno en tu templo portátil

acompañado por tus dioses domésticos. Así nunca

te sentirás extraño en ninguna parte de la tierra.


De: Como quien dice adiós a lo perdido, 2015







Ramón Cote Baraibar: Bogotá, Colombia (1963). Historiador del arte de la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros de poesía Poemas para una fosa común (1984), Informe sobre el estado de los trenes en la antigua estación de Delicias (1991), El confuso trazado de las fundaciones (1992), Botella Papel (1999), Colección privada (2003), premio de poesía de la Casa de América de Madrid, España, Los fuegos obligados (2009) XXIII Premio Unicaja de Poesía (España), Como quien dice adiós a lo perdido (2014) y Hábito del tiempo (antología) 2015. Además, es autor de Diez de ultramar (1992), antología de la joven poesía latinoamericana, del libro de cuentos Páginas de en medio (2002), de la biografía Goya. El pincel de la sombra (2004), de la Antología esencial de la poesía colombiana (2006) y de la Antología de la poesía colombiana contemporánea (2017). Además, ha publicado Tres pisos más arriba y los libros de cuentos para niños: Feliza y el elefante, El gato izquierdo y Magola contra la ley de la gravedad.