Robin, un cuento de Iván García Mora




Realizarse un trasplante facial no es una decisión sencilla, pero Roberto ya no puede echarse para atrás. Ahora su futuro depende de los doctores, quienes observan a detalle su rostro oscuro, tendido en la cama del quirófano. Una vida con cuerpo humano y cabeza de micrófono no es para cualquiera, aunque en su caso fue destino familiar. Madre, padre y hermanos compartían la misma anatomía, la misma condición sonora.

La niñez de Robin, como le decía su mamá, nunca fue sencilla. Los niños en la primaria se burlaban de él. Esperaban a que se descuidara, se ponían tras su espalda, y gritaban a todo pulmón en su cabeza de micrófono: “¡Hey, cabeza de bocina!”, “¡Hey, cara de radio!”. La escuela entera se reía de estos chistes, a Roberto le dolían en lo más profundo de su corazón. Por lo menos una vez al día era el punto de encuentro para la felicidad ajena.

¿Y qué decir de su adolescencia? ¿Qué muchacha pudo haber salido con un cabeza de micrófono? Roberto pasaba días enteros imaginando a su chica perfecta. Cabello largo y castaño, cuerpo humano, cabeza de micro y con gusto por las cumbias. Ese era su sueño, pero en cambio obtuvo la indiferencia de todas las jovencitas. A lo máximo que llegó, fue a que una muchacha en la preparatoria lo usara como micrófono para declararle su amor a otro.

Ya en la adultez, trabajar se convirtió en su prioridad. Y sí que hubo muchos trabajos, porque Robin se cansaba muy rápido. Su primer puesto fue como micrófono de un open mic en una cafetería. “¡No puedo creer que existan poetas tan malos!”, pensaba para sí mismo. De ahí tuvo la suerte de ser contratado por una banda local de black metal, pero a nadie le gusta que le estén gritando todo el día en la cara. La cúspide de su carrera, fue ser usado de emergencia en la campaña de López Obrador, en su paso por Tijuana en el 2006. Aquellos tiempos del “cállate chachalaca”.

La anestesia comienza a hacerle efecto, el último recuerdo que viene a su mente es su madre, diciéndole que si se cambia el rostro ya no es bienvenido a casa. “¡Robin, es que ser un micrófono es hermoso! ¿Cómo no lo puedes ver?”, le gritaba su madre, consternada. “¡No me digas, Robin! ¿Qué no ves mi cara? ¡Yo no puedo ser un superhéroe!”, le decía lagrimeando Roberto. Sus ojos se cierran lentamente, ya no hay vuelta atrás en su destino.

Después de semanas de recuperación en el hospital, Roberto entra al baño antes de retirarse, se observa en el espejo. Su rostro ahora es el de un hombre blanco y con barbilla picuda, con ojos azules, con cabello corto, castaño y peinado hacia atrás: un Robert Pattinson con corazón de micrófono. Prueba distintas poses. Pose de Roberto galán, cerrando el ojo. Pose de Roberto revolucionario, alzando el puño. Pose de Roberto superhéroe, lanzando al aire su capa imaginaria. Se encuentra al cirujano que lo operó de camino a la salida. “¿Y ahora qué sigue, Roberto?”, lo cuestiona el doctor. “No lo sé, doc. Tal vez me convierta en modelo de manos”, responde Roberto, cerrándole el ojo mientras cruza la puerta del hospital.





Iván García Mora (Tijuana, 1993). Músico y escritor. Inició su formación en el Colegio Hispanoamericano de Guitarra y en la Escuela Superior de Música de Baja California, para después continuar sus estudios en la Escuela Nacional de Música (UNAM) con especialidad en piano. Actualmente cursa la licenciatura en sociología en la Universidad Autónoma de Baja California. Sus textos han aparecido en distintas revistas como El Septentrión, Verboser y Oajaca. Es autor del poemario Tadoma (Pinos Alados, 2020).