Ruido blanco en la avenida, un cuento de Emiliano Pérez

Actualizado: 30 de oct de 2020



El horario de comida es de dos a tres, pero Juan sube a la una. El comedor de la compañía, ubicado en la azotea del edificio, cuenta con tres hornos microondas para los doscientos empleados. El pollo de Juan necesita tres minutos para calentarse y a él le gusta esperar acompañado sólo por el sonido uniforme del horno trabajando. Cuando hay alguien usando el microondas, come frío.


Aunque el edificio tiene ocho pisos, Juan usa las escaleras para trasladarse porque no le gustan los momentos incómodos en el elevador. Regresa a su cubículo y se esconde entre las paredes falsas, mirando la ventana que da a la avenida, esperando a que den las cinco. Toma sus cosas, se dirige a su Nissan y se prepara para el largo trayecto que le espera hasta su casa. El auto fue un regalo de su mamá en su cumpleaños número dieciocho. Ya tiene treinta y dos y su mamá acaba de morir. El coche sólo tiene FM y Juan detesta las voces falsas de la radio. El sonido de los claxons y los gritos de señoras que no quieren dejarlo incorporarse a la avenida, empañan el interior de su cabina, así que sintoniza una estación vacía para limpiar el espacio con ruido blanco.


Su departamento lo espera en pausa. Una tenue luz callejera se cuela por la ventana, iluminando un florero, un microondas y una cama. La paz del cuarto y su poca decoración apuntan directamente a la puerta de entrada. El sonido de las llaves intentando entrar en la cerradura rompe, por un segundo, con la tranquilidad del lugar. Juan entra a las ocho. Prende el microondas, cena pollo y cierra los ojos en la soledad.


Juan se levanta temprano, se sube a al Nissan y recuerda a su mamá. Sale a la avenida e inunda su cabina con el ruido blanco de la radio. La señal, normalmente uniforme como su vida, por momentos captura las ondas de los postes de luz que a veces cuelgan sobre la calle. Se deforma el sonido, se convierte en una nota, en una zumbido eléctrico. Cuando el poste se aleja, el ruido blanco regresa a su estado natural.


Un coche, detenido en medio de la avenida, detiene el flujo de automóviles que quieren llegar a tiempo al trabajo. Juan pasa media hora más de lo habitual en el Nissan, maldiciendo al auto que lo obligará a romper con su rutina. El cuello de botella, ocasionado por el auto detenido, crea una fila infinita. Finalmente, el Nissan se sitúa al lado de la piedra en el camino. Juan voltea al conductor, listo para insultarlo en silencio. Sus ojos enfrentan al personaje, quien llora desconsoladamente con la cabeza pegada al volante.


Un poste de luz distorsiona el ambiente del Nissan. El ruido blanco es interrumpido por otra señal. Entra un valle que reduce los decibeles del ruido y se prepara el escenario para concentrar la atención en el timbre del foco que cuelga sobre las cabezas de Juan y el hombre llorón. El zumbido habitual de la electricidad cobra vida. Se convierte en algo que Juan no había escuchado en mucho tiempo. El Nissan se aleja del otro auto y regresa al cauce normal de la avenida. Juan regresa a la oscuridad y las ondas sonoras regresan a su estado uniforme.


Juan sube a comer a la una. Calienta su pollo, cierra los ojos y escucha el ruido blanco del microondas. Intenta recordar el sonido extraño de la avenida. Aunque aprieta la cabeza no logra descifrar la señal. Regresa a su cubículo y se esconde entre las paredes falsas, mirando la ventana, esperando a que den las cinco y media. Toma sus cosas, se dirige a su Nissan y se emociona al pensar que volverá a cruzar por debajo de la luz. Se acerca a donde estaba detenido el auto en la mañana y sintoniza una estación vacía para captar la señal. Su corazón se acelera cuando su cabeza pasa por debajo del foco que alumbra el camino. Sube el volumen, regresa el hueco y se disipa el ruido blanco. Juan olvida la calle y se concentra en descifrar las ondas que entran a su cabina. Escucha notas familiares. Una voz. El auto de adelante avanza y el Nissan se ve obligado a alejarse de la señal. La voz desaparece, pero algo queda retumbando en la cabeza de Juan. En su casa, se pone la pijama, cena pollo y cierra los ojos en la soledad.


Juan se levanta temprano, se sube al Nissan y piensa en su mamá. Sale a la avenida e inunda su cabina con el ruido blanco de la radio. Se emociona al pensar que volverá a cruzar por debajo del poste de luz. La avenida fluye con normalidad y Juan llega al foco colgante más rápido de lo que pensó. Sube el volumen de su radio y, entre el ruido blanco, distingue una voz que le habla. Una palabra que había escuchado antes. Una voz de alguien conocido. Sube a comer a la una. Calienta su pollo, cierra los ojos y escucha al microondas. Recuerda la voz. Regresa a su cubículo y mira la ventana que da a la avenida, esperando volver a escuchar el sonido. Toma sus cosas y se dirige al Nissan. Se acerca al poste de luz parlante y sintoniza una estación vacía para captar la señal. Pasa por debajo del foco y el ruido blanco se disipa. Juan escucha a su mamá.


Su departamento lo espera en pausa. Una tenue luz callejera se cuela por la ventana, iluminando un florero, un microondas y una cama. La paz del cuarto y su poca decoración apuntan directamente a la puerta de entrada. La puerta se queda callada.

Un río de coches se detiene en la avenida. Un Nissan está parado debajo de un poste de luz. El sonido caótico de los claxons y los gritos de señoras atoradas en el tráfico son borrados por el recuerdo de la mamá de Juan.





Emiliano Pérez (Ciudad de México, 1995). Egresado de la licenciatura en comunicación con especialidad en cine por la Universidad Iberoamericana (UIA). Participó en el V Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes Jesús Gardea con el cuento Pármeno García. Su guion Apaga la tele fue finalista en el primer concurso de guion Nunca es Tarde. Escribió y dirigió el cortometraje Contra la pared, el cual se ha presentado en el Oaxaca Film Fest, en el Tijuana International Film Fest, en el Portland Comedy Film Festival y en el Big Shoulders International Film Festival de Chicago.