Sin límite de tiempo, un cuento de Misael Maqueda




Para Polo y Sofi, a quienes les debo una lucha de campeonato.


I don’t give a damn what they are, they’re all on the list and that’s Stone Colds list

Austin 3:16



1ª Caída


Consumía las luchas como si fueran drogas. Sus primeros recuerdos están llenos de dvd’s grabados con funciones de pago por evento. La descubrió gracias a su padre, que deseaba perseguir una carrera en este ámbito y se dedicó con rigor religioso a entrenarse, y a las tardes que pasó junto a él en la sala llena de posters, máscaras autografiadas, boletos de entrada y fotografías.


La rutina empezaba desde la hora de desayunar. Se despertaban desde temprano para poner la tele y ver los encuentros clásicos o los más recientes (según fuera el humor del día) no sólo de México, sino de alrededor del globo: Japón, Estados Unidos, Inglaterra; cuanto territorio posible mejor. Era necesario aprender de todos los estilos, sin volverse ecléctico, para lograr dotarse de una personalidad, adquirir el respeto que se le había escurrido en varias ocasiones.


Llegaba a clases con la música y los alaridos dándole vueltas a su cabeza rapada. Cuando la maestra dejaba chillar el gis sobre el pizarrón y pedía que recitaran junto a ella las formas de conjugar los verbos, en su cabeza sonaban las entrevistas. Su pequeño cuerpo se transformaba en un colorido popurrí de licras listo para conquistar la villanía del más grande rudo del salón: “Tormenta gris” o, como las actas dictaban, Ismael Casas Domínguez. Le resultaba insoportable aquél tanque de niño: un bastardo rápido (técnicamente lo era y en la práctica no quedaba la menor duda) con su facción de dos guardaespaldas y su porra de cobardes. Alguna vez llegó a escuchar las conversaciones de los maestros que caminaban -casi corriendo- hacia la dirección.


- Es que ese mocoso es un verdadero tormento.


- Pues sí, hombre, pero, ¿qué le vamos a hacer? Ya hablaron con su mamá y nada.


- De verdad que la directora ya debería expulsarlo.


No le quedó entonces duda de lo que debía hacer, pero la preparación aun no terminaba. Aunque conocía bien las mañas y artimañas que podría jugarle su rival: piquete de ojos, jalón de greña, golpe bajo y otras; él era un técnico hecho y derecho: aprendió las mejores maniobras; el ras de lona lo manejaba a la perfección y ni qué decir del llaveo y contrallaveo. Las tardes en el gimnasio “Hércules” le sirvieron de entrenamiento. ¿A quién le importaba saber acerca de Benito Juárez si este nunca había pisado la Coliseo o la México? La verdadera lucha por el país se dio en el pancracio cuando el Santo abandonó la oscuridad y se acercó a su gente. ¡Esos eran sus héroes! Inmortales que podías encontrarte desayunando en la misma fonda y con los cuales una foto era segura; pero no se reduce a nuestro mundo, no, ya no, sino que ahora tenía a otros más alrededor del globo: americanos como Flair o Savage que lo llenaban de placer y le hacían volar la mente en clase de Educación Artística cuando pintaba batas elegantes o a un desproporcionado macho desplomándose con el codo listo para el impacto y miles de flashes congelando el momento.



2ª Caída


Aprovechando que su padre se había ido a entrenar empezó el proceso de creación. Agarró los viejos atuendos y entre destrozos, cortes y cosidas (con respectivos accidentes de pequeños sangrados en las manos) dio vida al diseño que tuvo en mente.


Trabajó como desquiciado. La capa fue lo primero que vio la luz de los reflectores: era sencilla en su tela y en el esquema de colores, un poco de rojo un poco de azul, pero con la leyenda no soy más que un servidor de la justicia y el bien ocupando el centro se sentía más que satisfecho, pese a que las letras no eran exactamente glamurosas. Eso no importaba cuando a un paso de ser finalmente el héroe que detendría los excesos y fechorías de aquel infernal.


Ya el plan estaba armado, salvo un detalle: la máscara. ¿En quién era posible transformarse? No podía simplemente llegar mostrando la cara de José Santos, no, no, no, pese a su edad comprendía que la vanagloria era intrascendente al carácter técnico que mostraba. Hacía lo que hacía porque era necesario hacerlo. Por quienes lo necesitaban. He ahí la necesidad de adoptar un alter-ego.


Recordó la anécdota que su padre refería siempre que le preguntaba por qué se dedicaba a la Lucha Libre. Su respuesta era la de siempre: cuando tenía más o menos tu edad, un año o dos más, yo vivía en un barrio allá cerca de la Central; no teníamos muchas cosas para entretenernos, pero de vez en cuando llegaban luchadores a darnos una función molera, no te voy a mentir; y a pesar de que el ring estaba que se deshacía, uno de los rudos que le arranca la capucha al único técnico que ubicaba y que se monta al esquinero gritándonos ¡ahí ’stá su pinche ídolo! Y que me prendo y le aviento un vaso de refresco, después todos hicieron lo mismo ¡y le llovió sabroso de mentadas de madre y de todo! Me sentí, cómo decírtelo, importante porque todos me siguieron.


Su relato se extendía por un buen rato más. En esencia, su padre logró una revancha simbólica. Una venganza, si se desea.



3ª Caída


La máscara harapienta, roja y negra: una prominente V recorriendo desde los ojos hasta la barbilla. El patio: diez de la mañana, el sol comenzando a calar. Sin playera y llamando la atención de todos sobre su oponente. Señala con el dedo a los de las gradas que no saben qué está ocurriendo.


Dijo todo lo que había ensayado frente al espejo la noche anterior en un careo improvisado donde “Tormenta Gris” se mostraba sumamente divertido con toda la fanfarria. Lo tomó del suéter y le propinó un cabezazo que los dejó aturdidos a ambos y a su némesis en el piso.


Se volteó para observar al público asistente. Decía que hicieran ruido, más y más, que sólo con su apoyo podría ganar la lucha. Sin embargo, todos parecían más bien consternados de que hubiera tomado el asunto en sus propias manos. Esto no era nada como lo que mostraban en televisión, no había apoyo, ni vítores, ni nada. Sólo unos murmullos y miradas entrecruzadas a la espera de estallar como risas.


Tan pronto como se levantó, Ismael Casas lo golpeó en la nuca, dejándolo de rodillas.


“El Vengador Jr.” sintió que le querían arrancar la máscara. Intentó evitarlo sin éxito. Se la aventó a la cara junto con un escupitajo. Vio su identidad desgarrada en el suelo. ¿Su respuesta? Una palanca al brazo que aplicó cuando Ismael estaba de espaldas. Casi sabía cómo aplicarla correctamente, pero se escuchó un crac fulminante seguido de un grito y después un sollozo.




Jugueteaba con su máscara rota en una silla de la dirección. Se llevaron a Ismael de urgencia con el brazo hecho añicos, mientras él se quedó esperando a su mentor. Después de unos quince minutos llegó y se fueron en coche.


Iban de regreso a casa, tendría que cumplir una suspensión de quince días y cumplir sesiones de terapia. Sin música ni platicas de qué iban a ver cuando llegaran a casa, únicamente los regaños de un padre y la mirada de confusión. Cabizbajo, observaba la V enorme en que tanto empeño puso. Comenzó a bajar la ventanilla. Sus ojos lloriqueaban pero su rostro estaba encendido de coraje. Rasgando su garganta gritó: ¡Ahí ’stá su pinche ídolo! Y lanzó lo que quedaba de su máscara sin voltear siquiera.




Misael Maqueda M. (Naucalpan, 1996). Egresado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la FES Acatlán. Ganador del concurso de cuento del Ateneo de la Juventud en 2016, participante en diversos coloquios de literatura por parte de la UNAM y diversas instituciones. No le gusta hablar en tercera persona, pero le encanta la música y la lucha.