Todas las Jacquelines, un cuento de Daniela Pinto Meza

Actualizado: 30 de oct de 2020




La Jacqueline se murió. Más bien la mataron. Fue Dios y la tierra. Dios la mató por nacer en el campo, por nacer enferma, por querer amar a un campesino que también nació infectado por desear estar con ella. No. La mató su hijo. Dios, la tierra y su hijo. Ahora los vidrios de los vecinos están sucios, los pastos de los antejardines, también. Nadie los limpia. Las manzanas se pudren en sus cajones porque ella ya no está sentada limpiándolas. El campo parece solitario. Y un halo negro envuelve el viento sur que se filtra por el bosque de eucaliptus. La Jacqueline se murió sola. Cuando nació no lloró. Sabía que no tendría tiempo de hacerlo. Sus hermanas la aceptaron en la medida en que su normalidad se los permitió. Y sufren igual que ella, por no saben de dolencias. Sus hermanas sufren pero menos que ella. Su hermano nació con la otra enfermedad. La gente les dice retrasados. Las personas no saben nada. Creen hacerlo, por eso siempre andan apurados empujándote hacia cualquier parte porque nacieron retrasados también. El hermano pronto morirá.


La Jacqueline creció en una familia muy pobre. Se crió sin educación y sin reconocimientos familiares. Solo el sol, la lluvia y el olor a tierra seca y pasto húmedo. Eran los más pobres de Marchant. Su familia no tenía luz, agua y alimentos cuando nació. Solo había adobe. Adobe en el campo, adobe en las murallas, adobe en un rincón esperando ser edificado, adobe en los músculos, adobe en el vientre. A la Jacqueline le gustaban los animales y el adobe. Las vacas, los toros, los caballos, las ovejas y los pollos. Creció jugando con ellos. No con sus hermanas y hermano. No con su padre que se murió hace muchos años. O con su madre, que de tantos hijos perdió el instinto y comenzó a aceptar la vida porque sí, porque hay que hacerlo. Pronto le interesaron las herramientas de trabajo. Era fuerte y sus brazos podían cargar tantos kilos como deseara. Chuzos, palas y sus manos se convirtieron en un ingreso esporádico. Se dice que tenía como cuatro millones de pesos en el banco de tanta mano sudorosa y años transcurridos viviendo en el mismo lugar. Cuando había que cosechar, allá la llamaban para que fuera a usar sus manos ásperas. Se le agradecía su labor, se le pagaba lo acordado y se olvidaban de su existencia. No le importaba. A los treinta y ocho años su vida cambió. Se accidentó en la bicicleta cuando regresaba de una faena, se peleó con sus hermanas, dejó un trabajo sin hacer y conoció el amor. Todo muy rápido. No entendía nada. El mundo daba vueltas y ella tenía que comer y pensar en la plata que tenía y qué iba a hacer con ella. Sin albacea que la custodiara, se propuso juntar más plata para hacer cualquier cosa. Pero, cuando la vida se da cuenta de que algo nos hace feliz, hace girar su rueda y quedas abajo, bien abajo. Entre el lodazal de invierno y la erosión del verano.


Y así fue. El cuerpo del Lucho era perfecto y para ella estaba bien. Todos se dieron cuenta. Era un secreto a voces. El hermano la delató y se acabó el idilio. La encerraron en su casa. La retaron las veces que pudieron o se acordaron y le prohibieron ver a su galán. Y no lloraba, solo maldecía y se enojaba. Me voy a ir de la casa. Me voy a ir con el Luis. Me voy a ir y ahí van a quedar. Y se quedaron observando. Sin buenos ni malos tratos. Los días pasaron muy rápidos y las noches, eternas. Y el secreto develado. A escondidas, entre los matorrales y el bosque se hizo la guagüita. La guagüita que ella quería tener pero que no sabía que existía. Había visto parir a vacas y ovejas, pero no era lo mismo. Algo cambió en ella. Hay algo en mi guata. Me duele. Tengo parásitos en la guata. Pasaron muchos meses antes de que la llevaran al hospital de Marchigüe. Y ahí mismo se dijo la verdad: la Jacqueline estaba embarazada. Ella, la Jacqueline, embarazada. La retrasada. La hermana del retrasado, preñada. La pobre retrasada campesina preñada de un Lucho hermano del Pepe. Y la casa se transformó en un eco de voces. Gritos iban y venían. Lamentos y llanto. Y todo cambió. Las peticiones a diosito para que cuidara a la pobrecita Jacqueline, los comentarios de los desconocidos y los vecinos sobre el cuidado de la guagüita, un sinfín de Ave Marías y Padres Nuestros para que no le quitaran el pan a esa pobre criatura. Y la madre del feto pidiendo tenerlo, porque ella lo quería, porque ella sería buena lechera y cuidaría a su hijo y viviría con el galán. Nada que hacer. Tarde como siempre se nos permite la felicidad. La criaturita decidió devolverse a los matorrales. Y se desintegró, solo quedaron los coágulos y la sangre, también un trocito de brazo y la mitad de una cabeza seccionada por la presión de la salida. Del hospital la mandaron de vuelta a casa. Todo bien. Todo como antes. ¿Y dónde está mi cría? ¿Por qué no me dejaron estar con el Lucho? ¿Y mi guagüita? ¿Y el Lucho? ¿Y para qué voy a vivir? ¿Y mi cría? La Jacqueline estaba enferma. Pero del alma. Y la internaron nuevamente. Y la guagua se le aparecía en sueños envuelta en sangre y placenta, deslizándose entre las patas de una oveja vieja. Y despertaba pensando en la oveja. Si le daría de mamar o la abandonaría como lo hicieron con ella. Al despertar sabía que era un sueño y se volvía a dormir. Y no lloraba. Nunca aprendió a hacerlo. Y llegó el límite. La última vez que soñó con su hijo muerto, ella estaba en los matorrales haciendo el amor con el Luis y la guagua le pateaba la guata pidiendo salir. Ella se sobaba y le decía al Luis que le diera leche de vaca porque le dolía el cuerpo. El Lucho le llevaba leche y se la esparcía en los pechos. Sus pechos sangraban y cubrían su vientre y sus piernas. De sus pezones emanaba la sangre oscura. La guagua pedía alimento y ella no sabía qué darle. Solo tenía borbotones de sangre. Luego, el bebé se aferraba a su cordón umbilical y lo tiraba fuerte. Lo apretaba y estrangulaba. El dolor era intenso. La guagua tiraba y tiraba y ella gritaba de dolor y le preguntaba a su hijo por qué le hacía eso. Y la guagua le respondía con patadas y puños. Y ella seguía preguntando, y el feto seguía golpeándola. Cuando el dolor la enmudeció, la Jacqueline, por primera vez en su vida, comprendió a su guagüita. Los recuerdos de su vida desfilaron lentamente mientras el dolor aumentaba. Estaba lista. Nació preparada para el dolor sin darse cuenta. Así que esperó pacientemente a que su hijo la destrozara por dentro mientras los demás rezaban por su bien.


Ahora a la madre le da miedo dormir en la pieza de la Jacqueline.



Daniela Pinto Meza. Entre sus publicaciones se destacan los ensayos académicos Palabra y pensamiento: diálogos entre literatura y filosofía (Cinosargo, 2014) y Amor y política en Agustín de Hipona: una visión crítica (RiL editores, 2018). Algunos de sus relatos han sido incluidos en la antología de cuentos Tríplice: escrituras fronterizas contemporáneas (Cinosargo, 2017) y en el Fanzine Letras Públicas (2016). En el año 2018 publicó la plaquette Recados (Inubicalistas, 2018). En el año 2018 y 2019 gana el concurso del Fondo del Libro y la Lectura del Ministerio de las Culturas, las Artes, y el Patrimonio, para la publicación de sus obras Intersecciones y Mixturas: Aproximaciones a la narrativa contemporánea. En la actualidad se encuentra trabajando en su segundo libro de cuentos, Casete.