Un solo de trompeta, un cuento de Manuel Alcalde





Aquella no era mi casa, y me dio por pensar que, de un momento a otro, alguien entraría por la puerta, se disculparía por la confusión, y me pediría por favor que me largase de una vez. Era una idea muy tonta, pero de todas formas no lograba sacármela de la cabeza.


Conocía bien aquel cuarto, no era la primera noche que pasaba en él. Sin embargo, todo me resultaba de repente de lo más extraño. El pequeño piloto de la pared teñía la oscuridad de naranja y, bajo su luz, tenue, incluso mis botas me parecían las de otro.


Para calmar un poco los nervios, metí la cabeza bajo la sábana, y me dejé confortar por el calor de mi propio aliento. El televisor crujía de vez en cuando y en la cocina, a lo lejos, los aparatos eléctricos zumbaban como torres de alta tensión.


Lucas se agitó en su litera; apartó de una patada las sábanas, y se desprendió bruscamente del pijama, como si de repente le molestara. Luego se recostó de nuevo y, cuando ya parecía que se iba a quedar quieto, comenzó a sacudirse otra vez.


Yo seguía tapado hasta la cabeza, e hice todo lo posible por no prestarle atención. Pero Lucas seguía a lo suyo, y terminé por convencerme de que no iba a pegar ojo hasta que echara un vistazo. Así que aparte mis sábanas, y me asomé con cuidado. El suelo estaba helado y, al apoyar los pies descalzos sobre el linóleo, me estremecí hasta las orejas.


Lucas estaba desnudo, con los ojos cerrados y los brazos muy pegados al cuerpo. No dejaba de girar como si hubiera perdido la cabeza y, cada vez que se volvía sobre sí mismo, hundía toda la cara en el colchón. Al verle me entró la risa tonta, y tuve que llevarme la mano a la boca para que no se me escapara y se despertase, o lo que fuera.


Estuve mirándole como un millón de años y, cuánto más lo miraba, peor me iba encontrando. Llegué a sentir ganas de agarrarle por los hombros y decirle, “para ya, por favor”. Pero no lo hice, y el televisor crujió, y me asusté muchísimo. Aún temblaba un poco cuando volví a meterme en la cama y me tapé los oídos.




El día había comenzado como cualquier otro; la caldera seguía dando problemas, y había dejado el grifo abierto para que el agua cogiera temperatura. De vez en cuando metía la mano bajo el chorro y, mientras esperaba a que se pusiera caliente, me observaba en el espejo minuciosamente, con el interés propio de alguien a punto de cumplir trece años.


En esas estaba, cuando me llegó un rumor de voces a través del pasillo. Cerré el grifo, y traté de entender lo que decían, pero sólo pude sacar en claro que algo no marchaba bien. Me sequé las manos de cualquier manera en la toalla, y salí a toda prisa para el cuarto de mis padres.


Allí, la persiana seguía bajada, y no había más luz en la habitación que la que daba una lamparita de noche. Mi madre se afanaba en buscar algo dentro del armario, y mi padre, que recogía sus cosas de una bandejita metálica, se las iba guardando una a una en el bolsillo interior de la chaqueta.


Me aparté un poco y vi a mi hermana tumbada de lado, con los ojos cerrados, y arropada hasta la cintura. Me acerqué hasta ella y me senté a sus pies, con cuidado de no molestarla. Comencé a acariciarla tímidamente y, al deslizar la mano por su cuerpo, vi como se había hinchado de una forma grotesca. Retiré muy despacio una de las mangas de su pijamita, y cerré los dedos alrededor de su brazo. La presión fue muy leve, pero suficiente para que su piel cambiara de color de una manera espantosa. Aparté la mirada a punto de echarme a llorar, y me topé de nuevo con mi madre, que ya se abrochaba el último botón de la rebeca.




Nos pasamos todo el día en el hospital, nerviosos y sin probar bocado. Cuando llegamos a casa de Lucas ya era noche cerrada. Sacudimos los paraguas frente a su puerta y llamamos al timbre. Se escucharon unos pasos ahogados, y entonces aparecieron los padres de Lucas, que nos acogieron con calidez, y se compadecieron largamente de nuestras caras de cansancio.


Nos indicaron con amabilidad dónde podíamos dejar los paraguas, y nos suplicaron que, por favor, no nos preocupáramos en absoluto si mojábamos el suelo al entrar.


Entre los dos guiaron a mi padre hasta el salón, y por el camino se interesaron por el estado de mi hermana. Yo iba detrás, escuchando en silencio, pero la madre de Lucas se volvió de pronto y, con cara de sentirse fatal por haberse olvidado de mí, me informó de que su hijo me estaba esperando en su habitación. “Tiene muchas ganas de verte”, me dijo, y apoyó sus dedos delicadamente en el brazo de mi padre, dándole a entender que podía reanudar la conversación.


Yo me di la vuelta, y comencé a subir por las escaleras. Lucas estaba practicando con el piano, y me acerqué hasta quedarme a solo unos pasos de su puerta, que no estaba cerrada del todo. La canción que estaba tocando en ese momento me gustó tanto que me conmoví, y no me decidí a entrar hasta que Lucas cometió un error, y dejó repentinamente de tocar.

Al verme pasar bajó la tapa del piano, y no pudo reprimir una expresión de fastidio. Fue un gesto fugaz, podría habérmelo perdido con solo pestañear un momento, pero lo había visto, y me hizo sentir muy mal. Bajé la mirada para que no me lo notase, y comencé a desatarme la bufanda del cuello. Le pregunté de quién era la pieza que había estado tocando.


Es un nocturno de Chopin me dijo—. ¿Por qué?¿Te ha molado?


Me encogí de hombros, y le dije que no estaba mal.


Ya, no termina de salirme bien me dijo—. A lo mejor es por eso.


Yo le respondí que no, que no era por eso. Que el piano no era lo mío.


Pero me gusta la trompeta.


¿Ah sí? ¿En plan jazz?.


Si, Miles Davis, ese rollo.


Lucas parecía divertido por ese interés en la trompeta, y sonreía. Se quedó callado por un momento. Me miró con más atención.


Te has cortado el pelo, ¿no?


Sí, me lo corté ayer.


Te queda bien.


¿Tú crees? No sé, me veo un poco raro con el pelo tan corto.


No, que va, te queda bien.


Pensé que hacía calor, y caí en la cuenta de que seguía con el abrigo puesto.


Me lo quité.


Puedes dejarlo encima de la cama.


¿Eh? Ah, vale.


Es un abrigo un poco raro ¿no? Parece bastante viejo...


Sí, supongo que sí, era de mi abuelo. Oye, ¿no tienes algún sitio donde pueda colgarlo?


No, pero no te preocupes, de verdad, déjalo ahí mismo.


No sé si…


¿Y dices que era de tu abuelo?


Sí, de la mina. Pero en serio, ¿no tienes un perchero o algo así?


Abajo hay uno.


Ah, vale, ok, pues ahora vuelvo. No tardo.


Salí del cuarto sintiéndome un poco estúpido. ¿En qué estaba pensando? ¿La trompeta? ¿Miles Davis? A los pies de la escalera las luces del árbol de navidad parpadeaban con melancolía, y al verlas me puse muy triste. Dejé el abrigo en el perchero y, cuando retiré la mano, rocé sin querer el de piel de camello de la madre de Lucas. Aquel gesto me provocó un pequeño placer que me pilló desprevenido, y traté de sacudírmelo como si hubiera hecho algo malo. Metí la mano en uno de los bolsillos de mi abrigo, y toqué el puñado de pipas que había dentro. Esas pipas eran de mi abuelo, y se las había echado al bolsillo el último día antes de salir de casa, camino de la mina. Removerlas un rato, por algún motivo, siempre lograba que me relajara un poco. Era como un tic que tenía.




A la mañana siguiente, cuando entré por la puerta de la cocina, ya estaban todos desayunando. Lucas me hizo un gesto con la cabeza, y yo se lo devolví sin saber muy bien dónde meterme.


A pesar de que no serían ni las ocho, los tres daban la impresión de llevar en pie al menos una hora, limpios y frescos. A su lado, yo me sentía sucio, fuera de lugar. Aparté la silla para sentarme y, cuando retiré la mano del respaldo, casi me sorprendí de no haber dejado una mancha.


La madre de Lucas me dio los buenos días, y tostó algo más de pan para mí. Comía de pie, apoyada en la encimera. Se había recogido el pelo en un moño alto, y su ropa, como su voz, parecía suave y acogedora. Lucas me acercó una jarra en la que se veía oscilar la leche y, por un segundo, volví a verle desnudo, y girando sobre sí mismo como un poseso. Tal vez por eso, cuando añadí el cacao, se me fue la mano, y terminó por rebosar y manchar todo el mantel. El padre de Lucas me pidió la cuchara con una sonrisa y, en lugar de hacer que el Cola-Cao girara, lo hundió hacia el fondo. Los grumos se disolvieron sin ofrecer resistencia, y yo me agité en la silla, incómodo y avergonzado.




Llegamos al hospital temprano, y esperamos a mi padre en un pasillo frío y vacío. Lucas se aupó a una camilla que estaba aparcada junto a la pared, y comenzó a balancear los pies con la mirada perdida. Las suelas de sus zapatillas rozaban todo el rato contra el suelo, y hacían un ruido que ponía de los nervios a cualquiera.


Cuando mi padre apareció al fin, Lucas fue el primero en ponerse en pie, e interesarse por el estado de mi hermana. Hasta ese momento no habíamos hablado de ella más que de pasada, pero ahora parecía que le iba la vida en ello. Todo lo que decía le salía con tanta naturalidad, y parecía tan cómodo en su papel, que llegó incluso a bromear con no sé qué historia de la comida del hospital. Los demás se rieron con la ocurrencia, pero su madre se acercó más a él, y le cogió con fuerza por la cintura.




Cuando subimos a planta, mi madre me condujo hasta la habitación de mi hermana. El cuarto olía a sábanas limpias, y por la ventana entraba una luz clara y fresca. Mi hermana estaba sentada en la camilla, con la espalda arqueada, y las piernas cruzadas como un buda. Era todo ojos y cansancio, y parecía que había perdido diez kilos en una sola noche. Intentó sonreírme, pero incluso eso le costaba. Me hizo un gesto de resignación con mucha gracia, como de ser mayor, y me partió un poco el corazón. Al abrazarla, noté todos sus huesos, que se me clavaban en el pecho a través de su pijamita azul de hospital.




Cuando pisé de nuevo la calle me entró frío, y me arrebujé dentro del abrigo. El rocío cubría las lunas de los coches, y la escarcha curvaba los hierbajos que crecían en los bordes de las aceras. Tomé una bocanada de aire helado, y hundí las manos en los bolsillos. En el derecho seguían las pipas de mi abuelo, y las agité hasta que me noté más tranquilo. En el otro tenía algo de dinero; mi madre me lo había dado para que, ya que iba a pasar el día en Madrid con Lucas, me comprase mi regalo de Navidad. A mí me parecía que era mucho dinero, y no tenía ni la menor idea de en qué iba a gastármelo.


En Madrid se nos fue el día yendo de un centro comercial a otro, pero yo no encontraba nada que me hiciera al menos un poco de ilusión. Empecé a pensar que sería incapaz de comprarme mi propio regalo de navidad y cuando metía la mano en el bolsillo, y tocaba el dinero, me deprimía cada vez más.


Ya íbamos de regreso al coche para volver al pueblo, cuando me detuve en el escaparate de una tienda de instrumentos musicales. Miré de reojo a los padres de Lucas, que ya pasaban de largo, y les pregunté si podíamos entrar. Debió de pillarles por sorpresa, porque tardaron mucho en contestarme, pero al final me dijeron que sí, que aún teníamos algo de tiempo.


Una vez dentro de la tienda, mientras Lucas ojeaba unas partituras para piano, aproveché para acercarme al dueño. Le dije que quería comprarme una trompeta, que me valía cualquiera, y que me llevaría la que mejor le pareciera. Creo que le caí en gracia, porque fue muy amable todo el rato. Desapareció un segundo en la trastienda y regresó con varias para que las viera. Resultó que la que más me gustaba no me la podía permitir (no tenía ni idea de que pudieran llegar a costar tanto), y tuve que conformarme con la que más brillaba. De todas las trompetas que me enseñó, era la única para la que me alcanzaba el dinero de mi madre.


Cuando salimos a la calle, Lucas se acercó y me preguntó para qué quería una trompeta si no sabía cómo tocarla. Hacía un frío que pelaba, y no me vi con fuerzas de responderle. Saqué la trompeta de su estuche, y me quede mirándola mientras empezaban a caer unos pequeños copos de nieve.


Cómo brillaba, de verdad, no he visto otra cosa igual.





Manuel Alcalde Herrera (Barcelona, España). Licenciado en Filosofía. Ha publicado varios de sus cuentos en revistas literarias como El Coloquio de los Perros, El Narratorio, Littengineer, Cuervo&Castor o Primera Página.