Una muestra poética de Claudia Hernández de Valle-Arizpe



Todo lo que erosiona


Pero todo lo que se ama se hace enigmático, se vuelve incomprensible. María Zambrano

Sé que sólo puedo contar mi historia pero me obstino en la biografía de los árboles. Qué pasaría si olvidara, de memoria, todo el pasado y no pudiera verme en la euforia de este minuto; en su fasto amarillo que me celebra. Seguiría quedando mi rostro y en sus caminos y surcos, reconocible para los otros, una biografía incierta. Creo en la biografía de las piedras. Todo lo que erosiona deja huella. Y quizá las palabras nos lleguen tan sólo para preguntar a quien no puede respondernos. Miro la nacionalidad de lo que no tiene territorio sino puro silencio como la voz del agua en todas sus formas y en esa larga lista de maravillas, apenas quepo. ¿Y por qué, entonces, la palabra? El rostro es la palabra y el rostro es el cuerpo. Todo tiene un rostro.




De: Perros muy azules

UNAM / Ediciones Era,

México, 2012





Como Naipes (fragmento)



Madruga la ciudad su aire su agua hedionda su

éter descalzo en las calles con la acidez del

xoconostle picado por insectos que

invade el alma de quienes viven a intemperie

congregados por la miseria como si fuera normal esa

oblea de su hambre en nuestra boca


Pasillos como ofrendas

enjambre de cera flores frutas ante sus ojos

kakis rojísimos de haber llorado, qué

ímpetu cuando se enoja ¡Mañana

no salgo! le advierte a una anciana indiferente


Muerdan su brazo y pellizquen con el

ébano de otros ojos su corazón sediento;

xerografía de un órgano enfermo de ver e

incapaz de alterar la injusticia en

cada esquina en tantos sitios donde

ondean su bandera el terror y la muerte


Muertos y más cadáveres aparecen donde

él o ella (todos) se vuelven

xiuhtecuhtli sin luz sin resurrección que

impida el miedo a la hora en que caemos y

caemos ya sin ti sin mí sin el

oro del día que amábamos


Pekín amanece blanca de plomo y humo

elevando espirales desde las chimeneas de

kafkiano tamaño que observa tras el

íntimo refugio de su habitación

–no salgo hoy le dice a nadie–


Mar entre dos ciudades aire entre

ésta y aquélla entre sus mapas como

xantomas que extienden su enfermedad

imparable de personas que

corren todo el día a todas horas

obsesionadas con llegar o con irse


Puentes imaginarios para salvar la distancia

entre México y Pekín puentes como ráfagas de

kilómetros que ni en sueños recorrería

índole extraña su naturaleza de

nombres y sitios con historia


México de agua subterránea

émbolo que impulsa a no perderse en la

x de cualquier encrucijada que

impida ver del otro lado

cerros pelones que la estrangulan en su

océano de casas y de luces


Pasan ciclistas como insectos bordeando

estanques rocas sobre el agua y el reflejo del

kiosco en el temblor que alarga su

ípsilon hacia el cielo de esta

noche

Pasa un hombre con su nieto y

en medio de un camino de sauces:

Kuo Su quiero detenerme aquí un momento

ínflame este globo y

no digamos palabra mientras lo vemos perderse




De: México-Pekín

Conaculta, Col. Práctica Mortal,

México, 2013





Al centro de la lente


I

Entre la luz y el agua, entre un regreso y otro, el mismo lugar que no se mueve. Entre el ojo y la indiferencia del árbol, nuestra mirada. Hubo mar donde nunca lo veremos; en lugares suntuosos donde los siglos se hacen visibles. Al voltear hacia arriba somos nosotros quienes vemos el árbol porque nunca nos han mirado ni el agua, ni los árboles que amamos. Se pasa tiempo con ella sobre una repisa formándose en el vidrio, temblando hasta que desaparece; luz en reposo o en el baile de sus reflejos. Más allá, contigo, –ladera entre nubes bajas– la radiografía de un rayo. Al centro de la lente un niño escucha a los pájaros mientras en otra imagen se estira el sol sobre una barda. Ninguna foto es fija.


II

Cuántas veces ha caído distinta: lineal, oblicua, repentina, penetrante, eléctrica, blanca y amarilla, vertical, inesperada, tibia y fría. Ha sido frágil, fulminante, cegadora, descompuesta, artificial, sonámbula y categórica. Es helada, grosera, a medias, de cerradura.

De: Ninguna foto es fija Ediciones Papeles Privados,

México, 2015




Bruselas


Su cuerpo es el mapa de una memoria que comienza a equivocarse.

La miro desde arriba: su espina dorsal sus órganos las verdes ramificaciones que la tejen. Estando lejos ahora no importa si la estatua de dios medía dos metros de largo; sólo veo el brillo de esos pies que los turistas frotan para volver, o el fulgor de los ojos de Vivianne rasgados por el odio; su nuca gris reflejada en el espejo mientras me cuenta: “Dejó de amarme. Mi marido quiere a un muchacho que podría ser su hijo”.

La ciudad es el cuerpo de un deseo que sobrevive.

Qué importa en dónde se detiene el tranvía de la Brugmann si lo que dejó es el correr de las piedras bajo el agua y su cielo sin intermediarios, al bajarme. O como aguja que atraviesa la superficie, la tela blanca del día cuando salgo al balcón y de inmediato unas gaviotas se me abalanzan.

Cerrar los ojos o abrirlos da igual en este caso porque no busco la nitidez de los recuerdos sino sus batallas.

Qué importa el piso del hotel al que fuimos para ver nuestra ciudad desde otro ángulo si lo que permanece es tu cuerpo en el cristal y luego tus ojos en mi cara.

Tampoco importa el final de este poema. Sólo sus cables cargados de historia; su negro reumatismo hablándome despacio

del parque donde los versos de Yourcenar parecen recortes de periódico olvidados sobre el cemento; de la espera de Gottfried Benn cuando sale del hospital donde trabaja en la zona de los estanques; del jardín que James Ensor elige para la siesta con langostas, una máscara de carnaval y un par de coles decrépitas; de la Torre Negra de Santa Catarina cercada por mendigos del invierno y carruseles de animales fantásticos.

Cables que recorren sitios como a nuestro cuerpo, arterias.


De: Lejos, de muy cerca

ed. Parentalia, Col. Fervores,

México, 2012


Hemicránea


I

Vieja y alta, espigada torre es la culpa donde la ventana del domingo es la más terrible. Con los ojos sobre una fuente que desmenuzas ni la orquesta te tranquiliza. Tu cabeza sigue allí y quiere que ardan los bejucos de la casa materna. ¿Cuánto vale el cuadro que compraste? ¿Para qué sirve un aumento en la fábrica? Los domingos en la calle no son peores que los domingos en tu casa. Oyes el trajín de las mujeres en la azotea; puedes mirar la suela de madera de sus zapatos mientras tienden la ropa. Es blanca toda, blanca la voz de los niños que juegan en el piso de arriba, sobre alfombras tan rojas como el vino tinto que te prohibieron. Blanco es, también, el dolor que parte tu cabeza.

Tapones de cera dorada contra el ruidoso pecho del ascensor. Tapones de cera para no escuchar el martilleo de tu corazón.


II

Se deshoja cada libro que leo. Lo rompen mis ojos. Ayer la perra se comió Noche y día. Una mañana para tres páginas, la tarde en blanco y luego el deseo de oscuridad en mi cabeza. Marismas afuera y olmos al pie de la ventana configuran las primeras sombras del dolor. Digo taza y musculatura. Digo salmón, sangre, anzuelo. Pienso un bombardeo sobre las tejas mientras la lluvia cae sobre el cemento en su diario oficio de olvidar. Mis manos tienen la estatura del cuerpo y alargan sus raíces como las venas de la fronda. En otoño desciende a mi cama su follaje y logro pensar en la noche; bastan cuatro punzadas en las sienes. Bajo el hierro de un yelmo y de su frío, las voces son eco y la luz ojal de ciego.

III

Sobre la tierra mojada se descomponen señales: el temblor del agua, las fauces del mango en mi bastón: su marfil traído de África en un ir y venir de trenes imprecisos.

La oscuridad me devuelve el rostro de mi padre cuando descifra los ruidos que llegan de un circo. A mí nadie pudo retratarme bajo el tiempo en que hablaba con los pájaros en una lengua que no era suya ni mía.

La luz de la madrugada es como el cuerpo de la enfermera. Me gusta tocarla con guantes. Ninguna otra piel recubre mis dedos al momento de hundirse en las vísceras del pescado que desmenuzo para la cena. En mis sienes y en la línea que divide los hemisferios del cráneo destilan veneno sus rosas espirales. Podar con ungüento la carne, como se podan las palabras en el arbusto del lenguaje.

Y sin embargo no hay remedio. A su paso no queda rumor de las abejas o de otras joyas en la tinta del corazón. (Ninguna huella de aquel cúmulo de rosas). Y así como no hay espejo en la boca abierta del ciego ni piedad en la sábila llena de luz, cuando ella aparece cierran sus ojos los árboles y el viento decapita sus frondas.


De: Hemicránea

Ediciones sin Nombre,

México, 1998



Claudia Hernández de Valle-Arizpe (Ciudad de México en 1963). Es licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM. Ha trabajado como editora, tallerista y promotora cultural en radio y televisión. Fue becaria del FONCA en 1994 y en 1997. Poemas suyos aparecen en varias antologías nacionales y extranjeras. Ha publicado, entre otros, los siguientes libros de poesía: Trama de arpegios (1993), Hemicránea (1998), Deshielo (2000) con el que obtuvo el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta 1997, Sin biografía (2005) y los ensayos: El corazón en la mira (1996) sobre la poesía de Rubén Bonifaz Nuño, y Porque siempre importa. Sobre comida y cultura (2009). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Perros muy azules obtuvo el Premio Iberoamericano de Poesía Jaime Sabines para Obra Publicada 2010.